30.6.21

Trigo limpio, fuego dulce


 

Hay días que, más que transcurrir, arden. Lo escribe Juan Manuel Gil en la espléndida Trigo limpio, Premio Biblioteca Breve 2021, felizmente recomendado por mi amigo José Luis Martínez Clares, almerienses notables ambos, me permito esa licencia. Lo hacen hasta quedar en un montoncito de ceniza. Un fuego hermoso a veces. Al acabar, cuando se clausura el esplendor vibrante de la llama, se tiene la idea de que vivir es justamente eso: una quema, un fulgor, un heroico sacrificio sin tragedia. Porque todo regresa. Hay una brizna de luz que irradia su memoria. Como si perdurara ahí adentro, en lo ardido, en lo devastado por el infatigable fuego. Días de una consistencia rocosa. Fuego que tarda en deshacerse. Acabo de ver el ardor juvenil de una panda de chavales en bicicleta que me ha hecho pensar en que yo no tuve ninguna. Hay una edad en que una bicicleta lo es todo. Cualquier cosa buena o mala que suceda en esa alegre edad tiene una bicicleta. He visto arder las ruedas. Las he mirado con envidia y he imaginado una de esas aventuras de mocedad en las que el peligro era una condición de la trama. La de peligros que no tuve. Me los perdí todos. Ahora, al leer la travesía de los vividos por otros, he regresado al ayer ya ocupado por el ingente ahora o por el anhelado mañana. Leer es regresar. Como si la novela de Gil (espléndida, insisto) borrase mi memoria y me incrustase una nueva y en la que creyese y de verdad pareciera que una vez fue enteramente mía. Bendita literatura. Hagan un hueco y lean. Hayan teñido bicicleta o no. El humor y el ansía de que nos cuenten lo inunda todo. La narración idónea es ésta: ella lo compendia todo. Vida que pide expandirse. Pasadizos que lo ensamblan todo. Verdad y fabulación mezcladas sin que el asombrado lector se encomiende la tarea de deslindarlas. Leer Trigo limpio es concederse un regalo. El de volver o el de ir: todo es (al cabo) lo mismo. A mi me han hecho regresar a mi infancia. Cuándo pasa eso.

Recado de ser

 

Ser tan sólo el que observa, sin adelantar el gesto, ni ocupar con el verbo el aire, el aire desavisado, el que está en desconsuelo y columbra a tientas el paisaje. 

Ser desocupadamente el claro vigía que registra el rumor leve de las cosas más pequeñas y no percibe la dura comisión de las más terribles y oye a la hormiga arrastrar una hoja y no sabe de la tormenta cuando con escándalo arrecia. 

Sentir el fluir delicado de la sangre en el corazón de un árbol y no tener noticia del bosque. 

Estar en el centro mismo de la luz y enloquecer en la danza del caos de las sombras.

29.6.21

El amor después del amor


 Se envejece a diario. Va el cuerpo convidándose de lentitud y de achaques. El cansancio dicta la realidad a su tornadizo antojo y hasta el paisaje se aleja y se torna un obstáculo. No se sabe de lo que no se conoce, pero cada edad tiene su vejez anticipada, su arresto de pérdida en algo, aunque sea el flojear de la vista o la pesada carga de la espalda, que se comba y se entrega a dolores que antaño ni nombre tenían. Envejecer al lado de la persona con quien has recorrido el camino no asegura que se culmine en esa compañía, pero qué digna la estampa de los ancianos, qué enseñanza a cualquiera que los mire desde abajo, sin haber todavía pisado el largo hollar de ese camino que cada uno recorre como puede. Del amor nadie sale indemne. El deterioro que impone el cuerpo no afecta al fulgor de la travesía compartida. Fulge y duele, resplandece y torna gris, aunque fulja de nuevo y resplandezca otra vez. Es un libro que empieza justo cuando está acabando, una especie de trama infinita que, las más de las veces, acaba cuando la misma vida acaba. No hay siempre un trecho dulce, ni todos los días son de bonanza. Los hay quejumbrosos e incluso suceden arrimados a los que ilumina la dicha. Es amor tras el amor, júbilo completo una vez que se ha creído que no podría haber más júbilo ni que sea más completo. Se envejece a diario, no hay día en que el cuerpo no se entenebrezca o clausure algún vigor suyo en la que se confiaba. Hay veces en que una pereza grande nos ocupa y se atribuye a razones peregrinas. Es la edad, querido amigo, me comentó J. el otro día. Ella es la que escribe, aunque el escritor seas tú. No es una consecuencia de algo que hayas hecho y que te haya derrotado. Es la edad, remachó con una pequeña risa como adorno semántico. No le contradije, no era conveniente, aunque bien podría llevar razón. El entusiasmo ciego de antaño (tan valiente, tan atrevido) es ahora luz que se pesa y se mide, no vaya a ser que marre por hacer bien los cálculos, por no contar con uno mismo como siempre se hizo. No se da puntada sin hilo, habría dicho mi abuela. En el hoy que no es el previsto mañana todavía hay entusiasmo, hay vértigo, hay fiebre, pero enternece (poca cosa es la ternura, es otra la emoción) la fotografía de la que no conozco autor. Habría visto amor ese autor desconocido. Amor después del amor o mientras el amor todavía sucede, quién sabe si con el brillo con el que no se exhibió antes. Como un largo paseo que se hace paisaje. Como un triunfo de la lealtad y de la confianza. 



28.6.21

Dietario 143


Dicen de ésta que es la sociedad del cansancio. El terminó lo acuñó Byung-Chul Han, un filósofo surcoreano enamorado de Kant y de Heidegger. De ese libro, que tiene unos años, ha sobrevivido en mi memoria la infeliz asociación de palabras. No puede haber una sociedad que se declare cansada. Ni que presuma de no tener interés en la cultura. Ni que premie al iletrado, al que adquiere notoriedad sin que exhiba talento en alguna disciplina. Ni que escatime en fomentar la cultura a pesar de la mala prensa que siempre se le dio. Ni que mire mal al que lea. 

El problema (uno de ellos, más bien) viene de ahí, de cuando se mira mal (lo he visto, de verdad que lo he visto muchas veces) cuando vemos a alguien leyendo en público. Propicia cierta sospecha de que no todas las intenciones de ese lector pedestre sean buenas. Siempre hubo esa inclinación a pensar en la maldad de los libros. Cada vez menos, por suerte, pero todavía hay gente que presume de su ignorancia y otra, un poco más formada, que no se escandaliza al escucharlo. Como maná oscuro, el terror también cae de las alturas de los despachos de los ministerios. No hay quien haya pisado uno de ellos y haya hecho que su trabajo brille. A la cultura y, por ende, a la educación, se le da poco o ningún aprecio en quienes la legislan. Parece que tienen ese temor ancestral de imaginar que no hay que preocuparse por el ignorante. Que no dará problemas, que al no saber podrá ser manipulado mejor. El pueblo, lerdo, se maneja mejor. Por eso apartan la filosofía de los planes de estudio. Por eso, en televisión, se premia la carne, su opulencia, su desprejuiciada exhibición. Por eso (además) el cine que más se ve es (casi siempre) más zafio que ocurrente, más pedestre que inteligente. Por eso no se llenan los museos. Por eso las orquesta municipales tocan piezas de Haydn o de Mozart con el desánimo de pensar que su oficio esta siempre en peligro. 

La cultura es una mercancía, un negocio que explotar: todo lo que la rodea es fácilmente convertido en objeto de consumo. Se la aligera tanto, cuando se la mercantiliza, que pierde la esencia que la alumbró. Sabemos que Bach es un compositor con una peluca y que hacía música seria, de la que impone cuando se la escucha con atención, pero no concedemos un buen par de horas a tener a Bach de fondo, en casa, mientras hacemos las labores domésticas o estamos en el salón pasando la tarde junto a la chimenea. 

La tristeza proviene de la sospecha de que todo esto irá a más. Pronto ni sabremos quién era Bach. Tendremos tan a mano la solución a toda esa ignorancia nuestra que no nos importará reconocerlo, ni haremos nada por solventarla. Nos pondrá en el mundo el indexador del google. Youtube nos restituirá alguna pieza de Bach tocada por alguna orquesta y diremos en nuestras redes sociales que hemos escuchado a Bach. No por presumir, sino por hacer otra anotación en un muro digital. Sólo por añadir una línea más. Es una línea falsa, en todo caso. Una impostada.Todas esas generaciones deslumbrantes que nos guiaron en el pasado, las que ahora guían a los que vienen, acabarán perdiéndose. Me atrevo a proponer una causa, que no un remedio: se ha creado un monstruo de alguna forma que no somos capaces de razonar y ha ido creciendo. Hasta se le ha permitido entrar en los hogares y sentarse en nuestras mesas. Ignoro qué nombre ponerlo, no tengo tampoco la intimidad suficiente con él como para contar ampliamente cómo es y las maneras, las idóneas, de vencerlo. Sé que vive de la comodidad ajena. Se crece a medida que nosotros nos hacemos más cómodos. Gana si nosotros no tenemos interés alguno en ganar. Su clientela es la que nunca va a un museo o la que pone TeleCinco o la que no ha pisado una librería en su feliz vida. 

No hace falta escuchar a diario a Bach, ni leer a Kavafis al terminar el día, ni ver películas de Bergman los domingos en la sobremesa. No, ninguna de esas refinadas costumbres son exigibles. Lo que sí debería fomentarse es el deseo de que todos ellos (Bach, Kavafis, Bergman) estén al alcance de todos. Lo estén de un modo asequible. La decisión de adherirnos a lo que ofrecen es personal. Habrá quien se duerma viendo a Bergman y no se le erice el vello y el alma al escuchar una cantata. Quien no necesite leer las tribulaciones espirituales de Marco Antonio cuando le abandona el cortejo invisible de los dioses, como dijo Luis Cernuda. 

No hacen falta estas cosas y, sin embargo, habría que acercarlas al pueblo, conseguir que están a mano y que sea fácil (en todos los aspectos) escuchar jazz en las plazas de los pueblos o ver en versión original (convenientemente subtitulado) cine turco en la televisión pública. Mientras tanto, ay, se lamenta uno en privado, se consuela en casa, escuchando hoy a Johann Sebastian Bach, poco antes de cenar algo ligero. Suena sin estridencias, de fondo. Conmociona pensar que toda esa música ha sido pensada y escrita por un hombre. Si fuese creyente, diría que fue Dios mismo el que pulsó el numen, pero ése es otro argumento y hoy no tocaba. No lo soy, no me dejo convencer aún. Si quien cree escucha a Bach con más arrobo que yo, sólo espero que me confíe qué siente, que se siente conmigo y divague y me invite.

27.6.21

Dietario 142

Probé ayer a llevar una piedra en el bolsillo. Cogí una sin excesivo apresto de piedra. No pesada, ni tampoco ligera. Tenía el tamaño y la consistencia apropiadas para que tuviese conciencia de su presencia. Conforme avanzó la mañana, sentí la necesidad de escribir algo sobre ella. No sobre la piedra en general, la piedra antigua, la que presenció el albur de los tiempos o la que persiste en el interior de todas las demás piedras como una especie de memoria compartida, sino aquélla cogida sin demasiado esmero del suelo de una calle y alojada en el bolsillo. No fue así después. No quise que fuese así después. Pensaba las palabras y las rehusaba después, hilaba un verso que me parecía prometedor y sacaba el móvil con la intención de apuntarlo. El poema se fue construyendo durante una parte del día. Comprendí que si sacaba la piedra del bolsillo no habría poema, no tendría posibilidad alguna de que algo saliese de ahí. El mismo hecho de que una piedra en el bolsillo conduzca mi actividad mental podría ser considerada una anomalía lo suficiente llamativa como para extraer de ella cualquier otra consideración, incluida la de que escriba poemas en mi cabeza mientras ando o junte unas palabras con otras por ver qué tal suenan, si se abrazan o hasta copulan, por festejar el regocijo intenso de esa sobrevenida unión. Al término del día, cuando volví a casa, saqué la piedra del bolsillo en la que había estado junto a un manojo de llaves. La arrojé a la acera. Tendrá su oscura vocación de verso suelto de un poema mayor al que finalmente no pude dar entera forma. Hubo una tentativa, nada más. No me incomodó que el ingenio o la inspiración o la terquedad diesen con las palabras adecuadas, lograsen conmover el silencio con el volcado del ruido. La poesía es ruido que ocupa la propiedad del silencio. La piedra fue palabra y fue objeto. Duró mientras que ambas ideas congeniaron. Cuando el objeto, la piedra que arrebaté al suelo, dejó de parecerme cosa mía, el poema surgió con pasmosa naturalidad. No tuve que escribirlo: se mantuvo hasta que pude disponer de tiempo y anotarlo. No se corrigió una palabra. Era la piedra la que absurdamente dictó su inútil contenido. Sin título, con lo que me gustan a mí los títulos, el poema quedó así:


La piedra se obstina en su condición tosca de sustancia sin motivo. 

Hoy la tierra es un eco suyo, el de todas las piedras 

que han obedecido la velocidad del invierno 

y se han acogido al rigor lento del verano. 

Es de piedra o de veneno el tiempo. Cántico y ofrenda. 

Luz que agoniza en la piedra, piedra que agoniza en la luz. 



26.6.21

La música del aire

Una vez conoces el temblor del pájaro 

al ver flaquear el vuelo 

tienes conciencia de la debilidad de la tierra. 

El aire es un espejo 

en el que comprendes 

la tornadiza ocupación de las horas. 

Espléndido, el vuelo tasa 

la locuacidad de mis ojos. 

Veo pájaros trenzar una catedral invisible. 

La ocupan con el inasible fulgor de lo eterno. 

Cree quien la observa que es posible todavía 

la verdad y la belleza y la felicidad. 


Villafranca de Córdoba 

26 de junio, 2021

Dietario 141

De las guerras se extrae siempre un sentido épico, arrimado sin pudor a la barbarie y al desquicio, alimentado por la mitología o por las hazañas bélicas de los libros de texto o del cine. No ha dejado de haber guerras desde la época de los sumerios  y van a continuar exhibiendo su brutalidad y su condena del amor y de la inteligencia. Mark Twain dejó escrito que Dios había inventado las guerras para que los norteamericanos aprendiesen geografía. Zanjó así el padre de Tom Sawyer y de su colega Huckleberry Finn las derivaciones filosóficas que urdieron Platón y los pensadores chinos de no sé qué dinastía. La pandemia las ha borrado del mapa. De hecho, ha eliminado una escandalosa (casi promiscua) cantidad de noticias que antaño (el mundo sin el damocles de los contagios) ocupaban el frontispicio mediático. No sabemos qué habrán hecho con ellas. Si no estar ahora, sucediendo como en verdad suceden, querrá decir que no había motivo para que estuviesen antes. Estamos en manos de cinco guionistas. La trama la sirven ellos. Nos la tragamos sin chistas. No nos preocupa que escatimen en las de valor y se empecinen en las frívolas. Las guerras (la de Camerún, la de Siria, la de Etiopía, la de Yemen...) siguen oscureciendo la Historia. Cosa de la geopolítica, creí entender ayer en una tertulia de radio. Contra la idea extendida de que estamos en el mejor de los tiempos, propongo ahora que es justamente al contrario: es el peor. Por seguir enterrando soldados. Por todas las ciegas banderas. Por todos los toscos himnos. Por no haber entendido todavía algunas de las palabras más hermosas de cualquier diccionario, escrito en cualquier lengua, pronunciado por cualquier ciudadano: dignidad, educación, altruismo, belleza. Ninguna de esas construcciones morales ha tenido jamás oportunidad alguna contra la injusticia o la locura o el terror. Fascina más que dos se lían a hostias que se besen. Hasta la contemplación de la violencia está más asentada que la del amor: se prefiere ver un cuerpo roto que un cuerpo desnudo. Uno pasa la censura con más soltura que el otro. Falta tal vez una educación visual. Qué miramos, qué queremos mirar. 

24.6.21

Dietario 140


                                                                       (Jana Sterbak)

A Rafa Padillo 

Se tiene en ocasiones la costumbre de llevar más peso del admisible. También la de desoír a quienes aconsejan rebajar la carga. A lo que se teme de verdad es al tiempo, nos esmeramos en trabajos baldíos por no hacer frente a los relevantes, llenamos las horas de trabajos baldíos, somos ese inútil equipaje. A lo que se le teme de verdad es al tiempo. Él es el peso relevante. Hay quien, no sabiendo qué hacer con él, trajina en lo que no le llena  y quien, convencido de su cometido en la vida, le falta ese tiempo y quisiera alargar el trajín de los días. Como si leyésemos un libro de arena o de piedra. Como si llevásemos a cuestas esa dura mole por tan sólo apreciar la liviandad del camino una vez que lo hemos dejado caer. Lo dijo mi amigo Rafa al ver la fotografía: hacemos la vida muy complicada. 

23.6.21

Dietario 139



Amar la intimidad, convenir que es el único refugio, hacer ver a quienes la asedian que es allí en donde se está verdaderamente a salvo. La escritura, a medida que uno la frecuenta, conforme se va adiestrando en su ejercicio, se manifiesta a veces como refugio. No saber de qué nos escondemos, pero esconderse, encontrar el lugar en el que desaparecer. El placer viene después, cuando se hastía uno de esa precaución excesiva, cuando necesita encontrarse con el mundo y que el mundo lo encuentre a uno, lo toque, le haga ver lo innecesario de la ausencia. No es estar solo, no es desear que nadie nos importune ni nos acompañe siquiera: la intimidad es la sensación de que hemos llegado al centro, de que el viaje ha finalizado y de que podemos retirarnos (un breve espacio de tiempo) sin la obligación de rendir cuentas, volcado en uno mismo, sintiéndose. Hay veces, por cierto, en que uno no se siente. Se deja ir, se traslada de un lugar a otro, expresa opiniones, hace como que todo sigue un orden, pero no hay conciencia de que es uno mismo el que está adentro. El vértigo y la fiebre. El pasajero oscuro que otro nombraba para razonar sus delirios. Todo se emborrona cuando se le mutila la parte privada, la que no precisa de nada salvo de uno mismo, pero siempre el texto regresa al mismo gastado asunto, la persona propia, el sentir personal, sin que se pueda hacer nada para evitarlo. Escribir es una actividad de riesgo, escribir es un acto subversivo, escribir es un ejercicio de transparencia absoluta, pero no siempre se da uno íntegramente, guarda para sí algunos matices, se reserva la intimidad o, en todo caso, la presenta de otra manera, la convierte en otro asunto. K. me dijo que yo escribía para salvarme del aburrimiento, sólo por eso. No le contradigo. No me he aburrido nunca: he tenido refugios, he sabido buscarlos, he procurado mantenerlos. La escritura es uno de ellos, un biombo tras el que ocultarme, del que salir un poco traviesamente, como afectado por el pudor que nos enseñaron, aunque orgulloso de no tener miedo alguno, de dar todo en cada párrafo. Este me ha salido largo.

22.6.21

Dietario 138

 La realidad existe porque creemos en ella. La fe es el aliento que mueve su maquinaria hermosa e impredecible, la que percibimos y la que no. Fe en que llueva con fiereza y en que luzca primorosamente el sol. Fe en la niebla y en el frío. En el dolor y en la ausencia de quebranto. En el indefenso llanto y en la festiva risa. Hay que creer en los paisajes y en las palabras. En los gestos. En la dulzura de la vigilia y en su repetida aspereza. Creer en lo limpio de la mirada y en lo áspero de la memoria. En el olvido. Cosa de fe. De creer.

20.6.21

Dedos de leñador / La vida en cien días


Salvo que pese y no haya el consuelo que se le encomienda o el placer al que se anhela, escribir un diario es una tarea fragilísima. Concurre en ella el ánimo del que escribe y hasta el propio pulso del diario, que adquiere cierta vida propia, ajena a quien vuelca en él su peripecia de vida y el que lo alumbra y luego pule. Lo ideal es que las notas que se consignan en él no requieran demasiada corrección y no haya distancia entre lo escrito y lo leído, sin que flaquee su espíritu, cualquier consideración emocional que acerca suya se exhiba como brújula de viaje. Para lo que pueda servir después no se tiene noticia fiable. Leer diarios (uno de mis recientes placeres) requiere un plan de lectura, un modo de avanzar y hasta un modo de que el lector no se convierta en un voyeur, aunque todos lo sean en cuanto observan sin que se advierta que lo hacen o en cuanto hurgan y diseccionan sin que tengan quien los censure por la osadía. 

El diario de José Ángel Cilleruelo es un pequeño catálogo de causas y de azares, una rendición meticulosa de un tiempo concreto y de una visión concreta de ese tiempo. No podría ser leído sin que se tuviera a mano el contexto en que fue escrito, el de antes de la pandemia y la extraordinaria vicisitud de su travesía. Dedos de leñador / Días de 2019 se concibe (creo, me aventuro a pensarlo) desde la levedad. No ya porque el género no precise alargamientos, digresiones que amedranten al lector de diarios, que busca fogonazos, fotografías de una realidad a la que no pudo asistir y confía en que otro se la ofrezca, sino porque el propósito que lo anima no es la rendición exhaustiva de lo que va inadvertida o morosamente sucediendo. Es más bien, si he leído con atención, la sutilidad con la que esa travesía debe constar, a beneficio de la memoria, por no hacer recaer en ella el depósito de tantas y tantas cosas y contar con un inventario (meticuloso el de José Ángel, articulado día a día, como debe ser) que acote las tramas, las haga prodigiosamente independientes y, al tiempo, las dote de una urdimbre reconocible, una especie de hilo que las cose. Más que contener, ese desatino en el escrutinio de lo real, se expande con absoluta calma y cree uno, mientras avanza la lectura, estar conversando con otro, dejándole explayarse o concentrarse, según la cuestión de la que diserte. Nada a lo que no aspire la buena literatura desde que comenzó a recorrer su hermoso camino entre nosotros.

Hay imágenes que duran más que la propia palabra, aunque ese mérito provenga de la virtud de saber manejar esas palabras. Es esa colección de imágenes la que da el tono al libro. Cree uno que verdaderamente hay un decir honesto y limpio de la vida de una persona en esos pocos meses en los que transcurre la trama del libro. Honestidad y limpieza y esmero en que ninguna de esos dos atributos aboquen al conjunto a la dulzura o a cierta intimidad incómoda. Se trata (lo cuenta él mismo en un apunte concreto del diario) de consignar lo cotidiano, no permitir que se difumine o que se olvide, pero cumpliendo ciertos protocolos: el de no dejar que todo se asiente una vez se cuenta, sino que se propague, y también el del recado de tener siempre algo que decir y no que no haya nada (en eso es admirable su capacidad de hacer literario lo que no tiene viso alguno de serlo) que no merezca atención o nada que no exhiba cierta belleza. 

Buscar unas gafas durante un mes y hacerse de unas nuevas, el hijo que se va a Munich, la literatura de aula en tiempos del youTube, poetas devocionales de la India tocados por la pericia y sensibilidad de Jesús Aguado, la agonía del pájaro en una mano en la dulzura de Rafael Pérez Estrada: apuntes sin hilvanar y, con perpleja compostura, anudándose todos. El escritor se reconcilia con la vida y consigo mismo: escribir permite esa armónico quererse uno, podría pensarse así, darse el arrobo necesario para que el tráfago de los días (con su fuego y con su gris en el aire) no sea únicamente un camino, sino un destino, una especie de residencia amplia de la que uno se siente responsable y también propietario. No es la memoria la única invitada, no es ella la que se arroga el papel de albacea de lo vivido: cuando se transcribe hay una verdad permanente, extraída de su anómala o prevista ubicación y volcada con mimo (esa sensación es la que cunde, la escritura como cuidadoso regalo) en los apuntes diarios. 




Dietario 137

Amanece con la cándida elocuencia de lo conocido y se resuelve en claridad el aire. Unos pájaros conversan en la calle. No ha pasado ningún coche todavía. Ni se oye el rumor de la gente. Salvo por la eclosión de la luz, todavía tenue e indecisa, o por la conversación de los pájaros, no hay evidencia de que el día prospere. Cuando irrumpa de verdad, la vida hará el ruido acostumbrado. Nos quejamos poco del ruido: es algo nuestro, se ha hecho familiar, no le hacemos casi aprecio. Pero cuando se percibe el silencio, en ese instante, parece que hasta el cuerpo mismo lo agradezca. Se aligera el desánimo, cunde una especie de bondad de la que más tarde nos desharemos, sin que ni su propiedad ni su abandono hayan tenido trascendencia alguna. Me he asomado al balcón a mirar el cielo, más que a la calle. Se pierde en él la mirada, lo contempla con torpe vehemencia. La misma con la que a veces se mira al mar. Vinimos del mar y vamos al cielo, nos dicen los científicos y los clérigos. Es de los poetas el amanecer. Es posible que cualquier pequeña posibilidad de inspiración suceda en ese instante, en ese declinar de las horas, en la impronta que la luz limpia de la mañana deja en la mirada. El tiempo transcurre con fuego pálido, con su ardor lento. El domingo es un género literario. El de hoy es de los pájaros todavía. 



19.6.21

Dietario 136

 Parar a tiempo. Mejor ahora que más tarde, dijeron, eran dos los que dieron en coincidir en la sentencia. Esa música tenía: la de máxima, con su voz impostada y hasta su gesto cooperativo. Lo escuché ayer y de pronto me vi pensando en qué habría podido detener yo que, caso de que continuara, me afectara o me rebajara o peligrase cualquier otra consideración favorable de las circunstancias que lo cercan a uno (imprevistas o buscadas) y con las que se maneja para seguir avanzando. Alguna hay, razoné. Cosas que requieren ser censuradas o apartadas o reservadas para mejor ocasión, esto último en previsión de que decidamos volver a ellas, no creer que nos afectarán o rebajarán o harán que peligre algo a lo que no deseamos mal alguno, pero por otra parte, qué sensación de vida completa la que surge de esa zozobra, la de no saber, la de tantear, la de sentirse tentado y convidarse a la incertidumbre y seguir ahí hasta que algo a lo que no sabremos nombrar nos hace recapacitar (qué gris y qué triste a veces ese verbo) y no continuar o ni siquiera empezar algo. Es tan complicado vivir. Tan sencillo también. 

Vamos, Miles, sopla


18.6.21

Leer (una vez más)


 Cuando el acto de la lectura rivalice con el de ver la televisión no nos preocupará recordar dónde dejamos el mando a distancia. Lo que nunca hará la televisión es convidarte a imaginar. Por mucho que se afane, no es cosa de hacer sangre, algo bueno tiene, no logrará igualar al hecho sencillo de pasar de un renglón a otro y pasar después de una página a la siguiente. Si el veneno de la televisión se administra en edades púberes (o anteriores) costará extraerlo, aunque sepamos qué antídotos lo neutralizan. Quiero pensar que la lectura es una especie de deslumbramiento. Puede inducirse su hallazgo, pero no hay una receta milagrosa. En todo caso, la única que ahora se me ocurre es la de la fascinación misma, la del amor puro por lo que el libro cuenta. Es dar con uno que nos seduzca y todas las demás seducciones vendrán sin esfuerzo: las buscaremos sin esfuerzo, vendrán sin que ni siquiera las solicitemos. Yo empecé a leer tarde y creo haber compensado ese inargumentable retraso. Lo que no tuve fue el dulce refugio de una novela de Julio Verne cuando el único refugio del mundo es una novela de Julio Verne en la edad en que leer es vencer al demonio del aburrimiento. Acude con tanta frecuencia que no he logrado entender cómo es posible que haya quien prescinda de la literatura o del cine o de cualquier arrimo a nuestra vida que la adorne o la llene o la duplique o la convierta en la delicia absoluta de escuchar lo que a otros se les ocurrió para que nosotros (felices lectores) pudiéramos alimentar nuestra inquietud y ese hambre infinita de belleza y de inteligencia que a veces únicamente proporcionan los libros. 

Una rueda de salchichón


 A Toñi Tirado 

Una rueda de salchichón a la que ni siquiera se la ha aplicado un tibio bocado que la menoscabe tirada en el suelo evidencia una anomalía en la historia de alguien o extrañeza en quien la advierte y conversa consigo mismo sobre la naturaleza de su hallazgo y si durará en esa misma posición o la mordisqueará un perro o la tragará al completo o si una columna de metódicas hormigas la conducirá al hormiguero, lo cual hace pensar en si la trocearán previamente o rehusarán con fastidio y la someterán al escrutinio de otros criaturas voraces. Por más que me esforcé, no pude dar con la rueda horas después, en el camino de vuelta a casa. Barajé unas cuantas posibilidades sobre el charcutero destino de la pieza, pero ninguna me satisfizo del todo. Tal vez se descompondría en partes irreconocibles que se mezclarían con otros desechos de la acera hasta que formasen un todo incongruente, al que no sabríamos dar nombre. Me contentó saber que todavía el tiempo no había despojado a la rueda de su salchichón de su apresto heráldico, digamos. Continuaba digna, se exhibía orgullosa, mantenía con visible altanería su antigua condición de vianda. Todo esto sucedió ayer. El hoy gris todavía de viernes (santo él, todo mi afecto a los viernes) no tendrá piedad. Hará su antojadizo capricho. Eché de menos a las hormigas. Igual no entra en su dieta el noble salchichón o éste, en su humilde ofrenda, no era del gusto del fortuito comensal, quién podría saber. La vida es un desacato a la razón. 

17.6.21

America




 JFK en Elm Street, Elvis en Sun Records, máquinas tragaperras, el revólver de Bronco Billy, Highway 61, Nixon en televisión, la noche de la iguana, el precio del poder, suicidios brevísimos en un motel de Utah, Edward G. Robinson mirando un cuadro, Shane de vuelta al miedo, Ford Knox, el puzzle de las barras y estrellas, la ley seca, el blues del delta, los riffs pantanosos de Alvin Lee, la becaria golosa, el traje impecable de Cary Grant, los versos malditos de Jim MorrisonEdgar Allan Poe en un callejón de Boston, George Bailey en un puente en blanco y negro en navidad, la prima voluptuosa de Jerry Lee Lewis, B.B. King tocando en las cárceles, una niña pide una hamburguesa infinita, un tarado enciende una sierra mecánica, la vía láctea en la calle 42, Ginger y Fred en una melodía de Cole Porter, la Bahía de Cochinos, Bonnie y Clyde apartando cadáveres, Iwo Jima, las horas muertes en el corredor de Alcatraz, Harry el SucioJohnny Guitar, Cagney en la cima del mundo, Lolita bebiendo coca-cola, The send en el Mekong, Woody Allen deconstruyendo la prosa enfermiza de Kierkeegard, la cabeza cortada de Jane Mansfield, John Holmes abriendo boquetes, John Ford filmando Monument Valley, Biden en el Air Force One, la Quinta Enmienda, Peter Parker besando a Mary Jane, Bruce Springsteen pensando en el asiento trasero de un Cadillac, Atticus Finch de primoroso blanco como un quijote, Los Beatles bajando de un avión, los fantasmas del Mekong, los francotiradores, la calle Bourbon, Kim Novak enloqueciendo a James Stewart, Monumentalmente Valley, un negro vendiendo el alma en un cruce de caminos, In the mood, el tío Sam recolectando valientes, Jimi Hendrix en Woodstock, un tocho de Stephen King, Humbert Humbert en moteles con su nínfula, hojas de hierba, Annabel Lee, máquinas de follar, King Kong en Nueva York, Oz, Juro que jamás volveré a pasar hambre, el camarote de los hermanos Marx, el hongo atómico, el banjo, las carreteras comarcales, la Creedencewelcome to the Hotel California, la única sesión de fotos de Robert Johnson, Las uvas de la ira, la alfombra roja del Teatro Kodak, el edificio Dakota, las gafas de pasta de Bill Evans, los restaurantes italianos en las películas de Scorsese, los mofletes de Louis Armstrong, Jack Nicholson con un hacha en la mano, Pat Garrett y Billy the Kid, Billy Joel en el estadio de los yankees, Paul Newman comiéndose cincuenta huevos, puentes sobre aguas turbulentas, Viva Las Vegas, la Cosa del Pantano, Gotham, el vaquero de Marlboro, las cogorzas del Rat Pack, el parche de John Ford, la RKO, la pistola en la mano de Charlton Heston, el hoyuelo de Kirk Douglas, Frank Sinatra en Columbia grabando Stormy weather, la mafia, los indios tirándole flechas a un tren, Peter Parker, la cosa del pantano, Seinfeld, Coca-Cola, My darling Clementine, Surfin’ USA, el gospel negro, el león de la Metro, el bendito jazz, Steve McQueenPopeye, Sunset Boulevard, Give peace a chance. 

16.6.21

Una muerte imprevista


 

La hormiga cubrió la distancia que la separaba de mi zapato ocupando una tarde entera. La vi avanzar sin desmayo. Desafiante, heroica, desplazaba una hoja escandalosa en tamaño. Como una catedral para un feligrés en pecado. Tampoco sabría ahora decir si le costó o no. Sé que se plantó allí delante y no se movió en un par de horas. La hoja a su espalda, haciendo planes tal vez del propósito que secretamente le encomendaba. Mientras que ella andaba en sus cosas, yo entretenía mi ocio en las mías. Nunca había sentido una compañía tan insignificante. Ninguna que me causara zozobra y ahí la hormiga avanzando, acercándose poco a poco al banco del parque, acarreando su hoja hacia yo estaba muy cómodamente instalado, leyendo. En esa tarde, concluí la novela de S. Era buena, sin ser magnífica. Me encantó la manera en que la trama iba desquiciándose sin desmoronarse la entereza de los protagonistas. Uno de ellos, uno particularmente obcecado en alcanzar su destino, conjurado a esa meta a riesgo de su propia vida, moría fortuitamente nada más conseguirla. Dolía que ahí concluyera la novela, que no hubiese una posibilidad, por pequeña que fuese, de que otras circunstancias de la trama me sacasen de la tristeza enorme que esa muerte imprevista me había causado. Fue entonces quizá cuando la emoción de esa pérdida irrecuperable hizo que se cayese el libro al suelo y un canto aplastase a la hormiga. No fue voluntad mía. Fue el azar, por pensar algo.

15.6.21

Árboles


 Con los árboles tenemos un diálogo antiguo desoído con frecuencia. No habría otro sin ése. De lo que cuentan se podría extraer lo que nos vamos lentamente contando y que, con similar desatención, tampoco escuchamos.

Dietario 135

 En las ganas que tiene uno de verano lo de menos es el verano. De hecho, hay cosas suyas que se prefiere eludir. Se es más de invierno y lo que lamenta la voluntad es que no pueda mudar el verano y colocar su tránsito por el calendario en donde le plazca. Es curioso el verano y es lamentable que acabe y no se hayan hecho las cosas que programamos para ocuparlo. Yo, al menos, ideo tantas que el acúmulo previsto, cuando se mira en detalle, aturde. Sucede invariablemente. No hay verano que, cuando finaliza, se tenga de él la idea de que no ha transcurrido ni un día (o uno largo, largo) y que debería comenzar de nuevo para tomárselo en serio. Nunca he hecho eso. Los días van a su antojadizo capricho y yo voy al muy tornadizo mío. No hay día en que algo buena suceda, ni día en que algo que debiera hacer no haya encontrado hueco para llevarlo a término sin que otra empresa reemplace a la anterior.

Pensar que la pereza es un argumento perezoso, pero tendrá que ser ella la que finalmente todo lo gobierne. Es inevitable que se adueñe del ánimo y todo sea de una placidez escandalosa. Conviene esa mansedumbre, qué podría decirse contra ella. La pereza es un arte y no se nos instruye con conveniencia en su manejo. Los días en que no se hace nada parecen pesar como una losa, pero son los mejores. Esa sensación de maravillosa orfandad que te ocupa cuando concilias el sueño y llegas a la feliz conclusión de que nada ha habido que te haya alterado más de la cuenta y, con triste frecuencia, nada que te haya entusiasmado sensiblemente. El calor es un duro adversario. Por muchos años que lleve acostumbrado a su rigor, no logro hacer gobierno de su injerencia, cruel con colmo, desaforada, incluso trágica. Qué difícil hacer fácil lo que parece fácil. Se arrima siempre lo imprevisto. Ama uno el frío, lo cual no es ingrediente veraniego, salvo que se abone el cuerpo a la sombra o al traicionero aire acondicionado, que es un bicho tan útil como venenoso. Tendrá el verano su ración conocida de placeres. Los hay a espuertas, a pesar de todo. Noches inmensas en que no se tiene prisa por que amanezca. Mañanas que invitan a salir antes de que la calina aprieta y, sabido es en el sur, bien que lo hace, con qué furor lo hace. Tardes para sestear y cancelar el flujo cartesiano de las horas. El hecho de que se haga esa no premeditada holganza no es materia metafísica, pero es cosa de ponerse y ponerse trascendente. Este verano ya principiado será festejado como suelo. El de este año tendrá novedades. Espero que todas salgan conforme a como se planearon. Si no es así, no habrá quebranto. Es norma. Se suele flaquear cuando uno con más ahínco desea ser coherente. Nada nuevo. Que sea dulce y fresco el vuestro.

14.6.21

Dietario 134

Walter Benjamin escribió sobre Baudelaire que era el único poeta capaz de ver al muerto desde adentro. Él era, en cierto modo, el objeto de la pesadumbre, no el que la observa: un poeta al que se le facultó para que viese la realidad desde el interior, pero es probable (me dice K.) que ésa sea la vía más certera para desentrañarla. Curiosa la expresión: proviene de las tripas mismas, como si la realidad fuese un ser vivo, uno tangible y dotado de órganos que están abocados a enfermar y a morir. De esa acepción rota del arte nace un modo de escribir que descree de la belleza o que la reformula. La muerte es un elemento de la trama, ni siquiera su clausura. Leído anoche otra vez Baudelaire sigue pareciéndome duro, como antaño, cuando abrí Las flores de mal por primera vez y sentí un trastorno, el primero (creo que sí) que provino de un libro. A Baudelaire se le tiene que leer de joven, pero también en la edad adulta en la que uno está ya al tanto de casi todo y sabe qué olor tiene el dolor y con qué familiar apostura se exhibe cuando se le antoja. Vivir es dolor y es dolerse, pero la poesía (la de Baudelaire con más empeño, más profesional) hurga y saca lo que oprime o, llegado el caso, arrima el dolor al objeto que no lo padece y se pavonea por ahí adentro. Ahí los abismos amargos, los pétalos pútridos, el aire enfermo, el beso oscuro. Pero también la fragancia de la luz, su esplendor, la sensación de que todo está a medio hacer y el poeta, el pobre Baudelaire, hizo constar su hastío, pero nunca la claudicación. Gana la belleza, por más que irrumpa la enfermedad, es ella la que lo vence. 

13.6.21

Una anomalía


 No hemos venido al mundo a comprenderlo, sino a sentirlo, pero una cosa y la otra tienen su puente levadizo con el que a veces, si se alinea el sentido común y el sentido estético, se produce la epifanía absoluta y convergen el corazón y la cabeza. En esas raras ocasiones, por más que se repitan o por mucho que nos visiten, la belleza lo ocupa todo. Está a mano, pero no siempre se resuelve su hallazgo. A veces está tan a la vista que no la percibimos. Cuánto más cercana se ofrece, más distancia impone su adquisición. Estos cuadros deben estar en una galaxia lejana. Si se miran de cerca se aprecia el pulso de la oscuridad, la secreta urdimbre de las estrellas. Tal vez no sean los cuadros (son tres, eso es un hecho objetivo) lo que el artista quiso exponer, sino el paso de los observadores, de modo que la obra de arte es (con más precisión) la que sucede cuando se miran, la escena en la que desaparece el vacío delante de ellos y se ocupa con los accidentales o avisados espectadores. Todo el arte, en cierto modo, opera de esta manera. Es el principio de incertidumbre de Heisenberg. No se llaman ni cuadros: son dispositivos artísticos. Es el metacuadro. El blanco exhibido es rutilante, perfecto. El casual concurso de las tres figuras son de un negro perfecto, que rivaliza con el blanco puro. Desentona el suelo y la línea que impone una frontera frente a las pinturas (qué he dicho, qué hay pintado). Al mirar se desentiende la razón de su vigía cartesiano, que reside en el cerebro. Miramos con todo el cuerpo. Habrá quien sienta cómo se le eriza la piel o note que las palabras acuden y necesita explicar lo que acaban de proponerle. Es que eso eso: una tentativa de algo, un secreto a medio contar, una pequeña anomalía de la luz. 



Dietario 133

 Algo me endemonió hoy. Lo dijeron en la tele, nada más ponerla. Lo escuché sin dar crédito y, al tiempo, sorprendiéndome de que lo escuchado me hubiese afectado tanto. Pensé si empezar el día endemoniado no sería un lastre y no habría manera de volver al primerizo y entusiasta ánimo con el que me levanté. Antes de acabar el café, conforme la televisión iba ofreciendo su horroroso carrusel de desastres, adquirí la inesperada certeza de que no era para tanto o de que esa importancia excesiva no era conveniente. No es que me forzara a pensar así: es que de verdad lo hacía. Endemoniarse es cosa poco novedosa y no le da uno más importancia. Tan pronto se zambulle uno en su veneno como se sale de él sin percatarnos de su efecto. Esa imprevisible manera de comportarse hace que no haya que darle más aprecio y dejar que todo regrese a su ser natural. El mismo asunto al que antes se le daba trascendencia discurre después con pasmosa irrelevancia. Lo que nos encrespó es más tarde liviano asunto que apenas nos entretiene. Los domingos son así. Se endemonian y se dulcifican con inusitada frecuencia. La realidad que nos encabrita es la misma que después nos apacigua. A veces no tienen que hacer uno nada: dejarse ir, no creer que siempre estaremos endemoniados (qué locura) ni que la dulzura que viene después (ese estado de idilio con uno mismo y con la armonía del cosmos entero) tampoco durará para siempre. No he visto domingo que no tenga esa tornadizo condición. Digo domingos y podría decir lunes. Esos tienen más que decir, pero no me apetece ahora. Vendrá con su habitual firmeza y hará que las inquietudes del domingo (tan altas, tan nobles) sean frívolas, no contengan nada que merezca recordarse. Escribir ayuda a que los días no se salgan con la suya. Los combate la escritura con su secreto oficio de coraza. Escribir es traducir el trasiego de los días. Creo que no es la primera vez que se me ocurre eso y es posible que hasta haya usado las mismas palabras. No obstante, es la primera vez que lo digo ahora, por lo que es la primera vez que lo estoy diciendo. Lo que sí me está quedando claro es que en ocasiones la semana es domingos y lunes, como si los otros días sólo fuese un adminículo torpe o irrelevante que tiene una mera función de engranaje. No nombro al viernes porque el viernes merece él solo un escrito aparte y debe ser entregado en viernes, nada más arrancar el día. Eso haré. Vamos. 



Las apariencias

 


De La regla del juego recuerdo (era yo joven) la sensación de teatro que me produjo, pero también la de sentirme por primera vez ante una película adulta. Imaginaba yo, en ese descubrir novicio y festivo, que la película de Renoir no era un hueso, así llamábamos al cine fuera del circuito fácil de las salas, como me advirtió un compatriota de edad que la vio. Una de las cosas de la memoria es que no está cuando se la requiere, pero suele acudir cuando no se la llama. Anoche, al escuchar en un programa de radio la palabra Renoir, sin que ahora sepa en qué contexto estaba embutida, viajé a mil novecientos ochenta y muy poco. Me vi en un cine de arte y de ensayo. Creo que quedé con un amigo, pero acabé entrando solo. Y sé también que no hubo ensayo más tarde. No tuve a nadie a quien confiar mi asombro, nadie con quien hablar de cine en el camino de vuelta a casa o en el recreo del instituto (era esa época, de eso estoy bien seguro). Me guardé la película como el que guarda un tesoro y solo mucho más tarde, en uno de esos coloquios a muchas bandas en los que uno habla de cine con absoluta fruición, entre iguales, entusiasmado y comprendido, conté algo de la cinta de Renoir. Incluí la soledad en la que la vi y referí la sospecha de que sería una película que me acompañaría siempre. Luego está la etiqueta con la que la hoja que se nos entregó la vendía: Una de las más grandes obras maestras de la Historia del Cine. Algo así presumo que pondría. Apabullado, convencido de no estar a la altura, me la despaché sin pestañear, comprendiendo que ése era mi sitio. Que aquella butaca de la sala era una especie de cabina de mando desde donde yo podía gobernar el mundo. Es ése uno de los cometidos que se le encomiendan al cine: el de procurarnos un estado de embriaguez intelectual, la de sabernos depositarios de una rara joya, bruñida con esmero, hecha de unos diálogos magníficos, de una inventiva paisajística soberbia, por cierto. Porque las escenas de caza son modélicas. Las recuerdo con extraña precisión. Hacen que no dude, como a veces sucede, de mi memoria, prodigiosa en el prodigioso pasado, ya saben, cuando el cine lo es todo, lo mueve todo, a todo alcanza y todo lo impregna. También los equívocos, la planta de arriba de los señores y la de abajo de la servidumbre.  De algún modo el cine continúa haciendo que la vida sea más dulce y sea también más feliz. Ya no voy a los cine-fórum. Ojalá los hubiese en donde vivo. Que nos citemos alrededor de Renoir o de Lang o de Peckinpah y distraigamos la tarde hablando de cine. Ya no hablo de cine. Lo escribo con cierto tristeza, una soportable, a la que extraigo el beneficio de la escritura. Quizá sea la tristeza de lo que uno tuvo y ya no posee la que hace que escriba. También será ése uno de los cometidos del cine: el de tomar conciencia - y transcribir esa conciencia y volcarla en palabras- del peso maravilloso de la cultura, que es inteligencia y es belleza juntamente. Gracias, Renoir, por cierto. Luego están las conversaciones magníficas (como en Lubitsch, como en Wilder) de la trama, el ir abriendo y cerrando puertas (más Lubitsch), el sostenimiento de cierta liviandad aparente que, por debajo, acude a la gravedad del asunto que trata, el de las clases, el de la hipocresía, el de la complejidad de los sentimientos, el de la evasiòn de la realidad, el de la muerte (presente siempre, dramáticamente presente al final), el de la comedia un poco bufa también de la servidumbre y quienes los gobiernan, el de la acometida lenta de los fascismos, el de la preeminencia de la palabra como motor del mundo. En este mundo ocurre una cosa terrible, y es que todo el mundo tiene sus razones, dice un personaje. Pues bendita sentencia.

11.6.21

Dietario 132

 Poseo la habilidad de abstraerme y recluirme en mis cosas, en la creencia de que estoy bien abastecido de ficción como para esquivar el imperio de lo sensible, de lo que la realidad nos tiende a modo de reclamo. No sé si esta fuga conviene siempre. Sé que es fantástica cuando uno la busca de veras y la encuentra. No habiéndome aburrido casi nunca, no he sentido en ninguna ocasión pereza para abrir un libro, perderme en la historia de una película o acudir a quienes tengo a mano (los amados, los amigos, los allegados) para no sentir el pánico de no saber qué hacer. Suelo pensar en algo que leí de Caballero Bonald y que ahora, una vez se ha ido, me viene con más atropellada frecuencia, no sé bien la razón. El verano es propiedad de la infancia. Ahí está el azul primoroso del mar, el del cielo de las mañanas. Recordadas ahora, vuelven con una limpieza asombrosa. Observo tejados ocres, la playa a poca distancia, palmeras de verano puro, toda la consistencia impasible del día ofrecido como un don primario, pero el cerebro posee sus leyes internas y procede a su antojo, libando lo que le place, entrando y saliendo caprichosamente de mis vicios a sus vértigos, impidiendo (en todo caso) que se malogre la inocencia sobre la que construyo a diario mi estar en el mundo. El cerebro es un pobre iluso, en el fondo. Los billones de células nerviosas que soy me hacen sentirme un emperador de cuento. Dentro del cerebro, cabeza adentro, a ras de todos los secretos y de todas las revelaciones, el hombre es un dios. Y en alguna habitación sin amueblar, despejada de distracciones, guardo el azul del verano de la niñez, los paseos por un paseo marítimo a la caída de la tarde, recién abierto el mundo. Eso es a lo que se refiere Bonald. Probablemente el verano fija con más entusiasmo los azules y los verdes inagotables, pero ahora (qué quieren que les diga, soy caprichoso por naturaleza, no tengo orden, me lo dice mi mujer) pienso en mi infancia en la calle Jaén, en Córdoba, despertando un sábado por la mañana, abrigándome como debía y saliendo con mil juegos en la cabeza, sin pensar en la temperatura del cosmos, desprovisto de los argumentos disuasorios que después, en la edad adulta, arruinan tantas aventuras prodigiosas.  La memoria es un vértigo y una fiebre. Uno la domestica como puede, la adiestra para que no se haga perezosa y pierda fuelle, brío, la rutina formidable de volver a contar las cosas de vez en cuando. Escribo para que no se me pierda lo que amo. Busco las palabras para saber cómo contarme el mundo. Confío en las palabras. Cuando me faltan, en el momento en que no acuden si las llamo, flaqueo, me pierdo en el azul impecable, en la abstracción sin propósito del universo considerado como un mapa de mi cerebro. Incurro en darle residencia fiable a la memoria, que es otro mapa, quién sabrá de qué país, pero único y hermoso y nuestro. 

10.6.21

Un drugo


 En el Dorova Milk Bar. Pete, George y Dim, los drugos. Luego Alex. Beben leche plus con venloceta o con drencomina. A partir de ahí el vértigo. Las calles. La oscuridad absoluta. Beethoven. La ciudad sucia con el cielo encapotado. Los drugos buscan mendigos. Tienen sus palos. Los palos rítmicos. Los ondean, los hacen bailar. El aire se encoge, el aire se asusta. Alex sabe que va a terminar traicionado por sus drugos. No se ejerce el poder todo el tiempo. Al rey se le corta la cabeza en algún momento de la trama. Las cárceles están llenas de reyes decapitados. Una cabeza de rey es aleccionadora. Abran los ojos, miren lo que hemos hecho, hasta dónde estamos dispuestos a llegar. Ludovico: van a reventar a Alex. Va a flipar en neutrones. El método Ludovico, ya saben: reprimir la ultraviolencia con una terapia de aversión a la propia violencia. Como si cayese uno en un barrica enorme de cerveza y nadara en cerveza y no se le fuese el olor a cerveza, de modo que nunca volviese a pedir una y ni quisiese oírla mentar, saber que alguien bebe una. Alex va por los bosques. Recuerdo a Alex vagando por los bosques. Está aturdido. No es Alex. Ni un drugo es. Otra cosa, pero no un bebedor compulsivo de leche plus. El bosque. Una pena que cantaras Singin' in the rain, hermanito. Te han cazado. Te van a hacer que odies a Beethoven. Te saldrá Beethoven por las orejas. Estarás curado. Te hemos curado, pequeño hijo de la gran puta. No podrás volver a beneficiarte a ninguna muchacha. No tendrás drugos con los que ronronear de fenómenos. Serás nuestra imagen más convincente. Estás en la carrera otra vez, pero no vas a correr nunca más. 

9.6.21

Dietario 131

 Eran con triste frecuencia sábados de llover mucho y pillarte en la calle, pero había remedios inmediatos: bares o librerías en los que guarecerse y dejar que amainase el chaparrón sin que se te apremiara por acabarte el café o se te urgiera a decidir qué libro comprar. Las más de las veces era un sencillo café, no daba el bolsillo para más, ytampoco había con qué pagar el libro (nunca era uno) que me había elegido. Tenía la sensación de que eran ellos los que te buscaban: había una recurrente sensación de que te esperaban y eras tú el lector elegido, no sabría explicar cómo, ni tal vez convendría. Cuando el sábado pasado amaneció encapotado y el cielo rompió en lluvia, mi memoria regresó (tal es su azaroso oficio) a la librería de viejo donde un señor de pelo blanco y piernas cruzadas (lo recuerdo así) permanecía invariablemente sentado, quieto, ocupado en un periódico, lo cual era del todo absurdo, habida cuenta de la lectura allí ofrecida, de la que tendría absoluto dominio. En un par de altavoces pequeños de madera (soy capaz de recordar la marca: Vieta) en una balda muy alta sonaba clásica: masas orquestales atronadoras, voces de timbre heroico o pianos de una dulzura casi narcótica. La misma que la del por fuerza improvisado bar al que encomendabas la restitución del ánimo o la oferta barata de un rincón en el que pensar o no hacerlo en absoluto. El estado de placidez idílico consistía en disponer de dinero suficiente para adquirir un libro y abrirlo con morosa delectación en una mesa apartada en ese bar. Y que cayese sin objeción mía el mismo cielo si así terciara. Aún hoy me procuro bares y librerías y procedo con idéntico ardor adolescente. Me eligen ambos, como los libros: tiran de mí, prescinden a veces de mi escasa (por circunstancias) reticencia, Son tiempos que hacen que la memoria (la de la lluvia, la de los libros, la de los bares) aflore. Lo hace con ternura infinita. La acojo con emocionado arrojo. 

8.6.21

Dietario 130

 Suele argumentarse (mal, en mi opinión) que los lectores de libros de aventuras o los espectadores de películas de acción son malos lectores o son malos espectadores o malos lectores porque, llevados por el interés de la recompensa inmediata, ese frenesí instantáneo, ignoran el ritmo del argumento, su trabazón interno, se saltan capítulos, líneas, escenas, todo bajo la máxima de una especie de satisfacción inmediata que en nada beneficia al verdadero entendimiento de lo que se lee o lo que se ve. Vienen a ser como los amantes (o como cierto tipo de ellos) que van de cabeza al desempeño de lo genital (por decirlo sin brusquedades) y omiten el protocolo previo, el juego de la piel, toda esa fiesta de los sentidos. Nada de esto es tampoco ajeno al porno, género que suele consentir espectadores que perdonan el relleno accidental (digamos) para acceder al acto fundamental (valgan la rima involuntaria y el chiste fácil). En realidad, el cineasta del porno, algo de eso hay, trabaja consciente de estos vicios y acepta otra máxima: no debe haber relleno o debe haberlo en cantidades insignificantes: el usuario es el que manda en el montaje, en la escritura de las escenas y, al final, tan sólo podemos observar lo esencial, la quintaesencia del género: la coreografía mecánica de los cuerpos, que cumplen a la perfección los patrones aprendidos. No aburrir, decía Howard Hawks: sobre todo no aburrir. 

A la vida le pasa lo mismo que al porno: a veces queremos que no se entretenga en lo prescindible y vaya a lo primordial, que se desembarace rápido de la trama secundaria y nos ofrezca, limpia y eficaz , la ocuoaciom primaria, la que nos hará sentir mejores o más felices. Somos malos lectores: leemos mal. También vivimos mal. Esperamos que llegue el instante precioso, pero descuidamos todos los demás o los miramos de reojo, como no concediéndoles la importancia que tienen. Se la negamos en la mayoría de los casos. No aburrir, no aburrirse: todo lo que nos ocurre debería entusiasmarnos. Quizá porque no va a volver a ocurrirnos de nuevo. No, al menos, de esa forma. Pero desoímos toda esta didáctica sencilla, nos agriamos, caemos en ese vicio antiguo de creer que siempre debemos ser felices y andar siempre con la sonrisa en la boca. Lo mejor lo dijo Hawks: hay que procurar no aburrir al espectador. Si llega el aburrimiento, se derrumba todo lo demás. No la felicidad, sino el arrimo de la alegría, ese sentido de lo ameno. Sencillo. Locuaz. Lírico. 

7.6.21

Ordet



No hay modo de saber si uno está muy cerca de Dios o no lo está en absoluto, si ni siquiera tener un buen corazón hace que seamos buenos o hace falta algo más, quizá la fe, la creencia en que hay algo más allá de lo que nos confían los sentidos. No basta con creer: hace falta ser un hombre bueno, le dice la mujer al marido, mientras le toca el pelo y lo mira como si no hubiese ninguna fuerza en el mundo que pudiera hacer que el amor se desvaneciese de pronto. Creo que Ordet (La palabra) es la película más austera que he visto. De una austeridad que te hace pensar en la austeridad misma, en la idea pura de austeridad. Y te traspasa y andas después por la calle pensando en el hombre sin fe y en el hombre creyente, en la beatitud, en el pecado. Ah, el pecado, esa invención diabólica. Porque no la inventó Dios y le pasó el hallazgo moral a sus voceros en el mundo: el pecado es una construcción moral de una dureza apabullante. Al mismo diablo es a quien debemos el pecado, por supuesto. El hombre es un diablo para el hombre. En Ordet, vista de nuevo, como si fuese nueva cada vez, no hay una advocación directa al mal, aunque está impregnando toda la trama; si es que hay trama, trama tangible, de cosas que van pasando y conducen a otras hasta una última a la que ya no le sigue otra. La trama en La palabra es muy directa, muy cotidiana, de poco asiento en la ficción narrativa clásica. Cuando terminé de ver anoche la película de Dreyer, en la confusión, pensé que era un pecador y que de alguna forma debía expiar mis culpas. Dreyer me conoce mejor. Posee esa facultad: la de saber cómo dar con la parte de mí a la que ni yo accedo. Es posible que hiciese Ordet pensando en una criatura como yo, una fascinada por el misterio. Porque la fe es uno de los misterios más impenetrables. Ah, la fe, Dreyer, no hay mejor tema de conversación. La fe es un milagro. En sí misma, la fe es la verdadera dimensión del milagro de que Dios exista o no. Dreyer parece no juzgar, no da indicio de que tenga un criterio con el que pensar a sus personajes, sino que los deja fluir por las palabras y confronta la fe con su ausencia. Ordet es metafísica a última hora de la noche, cuando todos duermen. Te acuestas con una plenitud novedosa: has estado en una catedral y has visto la tiniebla y la luz entablar su antigua liza. Te da igual quién ganara, se alternan. Mientras, aquí seguimos. Los milagros son descuidos de Dios. El amor es un desvarío del que apenas podemos extraer otra enseñanza que la del azar: acude, se posa sobre quien misteriosamente elige y permanece ahí un tiempo maravilloso. Hay amor en Ordet. Fe y amor. No sé por qué hay películas austeras que emocionan como si toda esa terca sequedad (la severidad en el gesto, la parquedad en el diálogo, la dureza del gesto) contribuyera a que todo adquiriese un tono limpio y feliz, a salvo del desatino del tiempo. 


Dietario 129

 “Los poetas inmaduros imitan, los maduros plagian”

T.S. Eliot


En realidad no hay novedad: todo es un palimpsesto. Habrá más o menos variaciones, pero la escritura de las cosas se hace sobre material ya impresionado, sobre cosa hecha. La vida misma lo es, aunque forcemos (cada uno con su aprendido oficio) cierta injerencia de la improvisación y de la imaginación, juntamente las dos, no siempre al alcance ni a satisfacción de quien interesadamente las convoca. Vivimos sobre lo vivido. El que adquiere la virtud de urdir novedades tiene otra virtud: la de festejar el camino que se anda y hacer nuevo cada trecho, da igual que ya se haya recorrido antes, incluso es  mejor que se haya recorrido antes. Este texto ya lo habré escrito. Seguro que tú lo has leído. A mí. A otro. Aire viciado. Palabras quemadas. El corazón se aburre: late con monótono compás, percute con idéntico pulso. Vivir, cuando todo es inicio y festejo, es una imitación, un vuelo en que todo el aire es alegre ala, pero luego, al avanzar los años, la imitación torna plagio: se sabe a quién copiamos, tenemos certera idea de su nombre. Tal vez uno mismo. 

6.6.21

Dietario 128

Escribo para ser leído por los demás, eso es una obviedad, algo que se da por sentado, una cosa de Perogrullo, pero de no haber nadie que leyera, en ese no tan alocado horizonte, escribiría con el mismo afán. Es eso: afán, convicción, vicio, si así zanjamos el asunto. Por lo demás, celebro cada lector, aprecio que mi trabajo se extienda, hago sencillo festejo de que I. o A. o M. o P. o J. concedan un hueco en sus menesteres y conversen en la distancia conmigo o me escuchen. Porque escribir es contar sin que intermedie tu voz o sin que se precise la cercanía, el hecho incontestable de que alguien tenga a alguien enfrente y usen las palabras y las palabras suenen. Me es grata la idea de que tengo un único lector, al que no conozco o incluso a quien no tengo por qué conocer. Ese hipotético lector ocuparía el lugar que un creyente le concede al Dios al que venera y con el que conversa. Al final prospera esa fe. Un texto parecería un rezo, muy extremadamente sacado de quicio el argumento. Cuando alguien comenta lo que escribo siento una punzada de curiosa gratitud. Por un lado se viene abajo la idea religiosa de la escritura, cosa que me en cierto modo me agrada; por otro, se hace tangible la sencilla (en el fondo) función conativa del lenguaje. Yo hablo, alguien escucha. Saber que eso se realiza a diario me sigue pareciendo un maravilloso milagro doméstico. Por todo lo cual, oh, lector anónimo o conocido, gracias por leer, gracias por escuchar. Algunos de vosotros lleváis años ejerciendo esa labor callada. Qué osadía la mía al recabar vuestra atención con tanta obstinado ímpetu. Son años y no sé cuántos escritos (dice el editor que va para tres mil) y algunos continuáis a la escucha. ¿Hay alguien? Sí, soy yo. Así vamos. Yo no flaqueo, pero entendería que el lector lo hiciera. De ahí que, al final, tasado todo, comprobado y pensado, se escriba para uno mismo. Dura ese placer lo que se tarda en escribir. No me enredo en releer lo escrito. No me gustaría. Yo no sería un buen lector de mí. Qué manera de empezar el domingo. Que sea alegre. Que lo apuren con ganas. 

5.6.21

Dietario 127


Hoy el día abrió de un gris que intimidaba y no hubo traza de que el verano ocupara la certeza del calendario. La tormenta cubría la entera extensión del entenebrecido cielo. El pueblo estaba afantasmado, como si progresara en el aire cierta pesadumbre y el ánimo, a poco que se le exigiera izarse, argumentara un pliego de excusas: dame un respiro, déjame perderme en el desencanto. El escenario sobreescribe la trama familiar, la de las cosas que se hacen y, por repetidas, no se piensa en ellas. A veces conviene uno de estos días flacos de luz y escandalosamente tristes. Se les invita a que apacigüen el rumor loco de las cosas, se les anima a que nos persuadan y hagamos un receso. Ahora, en Córdoba, el sol desdice la flaqueza del ánimo anterior. A todo le insufla su conocido ímpetu. Hace que incluso este texto no tenga sentido y parezca impostado, sacado de la memoria, volcado por la tristeza. Luego volverá el verano. El aire caliente hará su festejos antiguos.

Alrededor de la medianoche

 


No sé qué haría sin Thelonius Monk. Tampoco a veces sé qué hago con él. El problema final es volcarlo todo en la idea de que algo pueda ser entendido. Monk es un pianista que no entiendo. No cuento con que algún pianista deba ser entendido o ningún poeta o ningún. Entender algo es darlo por concluido. Cuánto más tarde entendamos algo, más se goza. El hecho de no saber es una invitación a que el placer continúe. El jazz es un biombo tras el que esconderse. Cortázar lo dejó escrito en El perseguidor, la historia impostada de Charlie Parker. Hacía unos días me propuse escribir algo sobre Monk. De hecho hice un escrito. Lo hice de noche. He comprobado que escribo con más soltura de noche. Contaba cosas sobre lo que hizo y lo desamparados que estábamos los que lo admirábamos. Un desamparo sobrellevable, pero real. No es cierto que nadie se muera del todo. Se mueren si los abraza el olvido, pero de vez en cuando pongo Misterioso o Straight no chaser, dos de los discos que tenía en vinilo y luego hice mutar en CD. Tengo muchos. No sé si son los mejores, los que se nombran en las antologías. No llego tan lejos. Lo que sí sucede es que cada vez que los pongo me parecen nuevos. Como si acabara de conocer al señor Monk. Eso es lo que decía sobre no saber nada de jazz o sobre no entender nada de jazz. No hace falta saber, no hace falta entender. Ni de poesía. Ni de la vida. Las palabras, las que tanto amo y a las que tanto debo, no me sirven para expresar nada de lo que me hace sentir Round midnight. Esa pieza, esa por sí sola, contiene la esencia del jazz. Además leí su biografía (no sé, una de ellas) y era un tipo curioso. Las evidencias habituales: introspección, narcóticos, una sensibilidad dañina. A gente como a Monk los mata lo sensibles que pueden llegar a ser. El jazz es un país de gente frágil.


Yo nunca quise ser Thelonius Monk. No ha habido ocasión en que esa idea cruce mi cabeza y se quede ahí o me preocupe o haga que no me sienta feliz con lo que soy. Cada vez que le escucho me imagino la felicidad de ser Thelonius Monk, pero de inmediato razono que habría problemas con los que este buen hombre lidió y de los que pudo no salir o que él mismo, viendo a los demás, tuvo el deseo de ser otro y que el azar le permitiera dejar de ser Thelonius Monk. En lo que no hay discusión es en la disposición con la que acometía su oficio, en su amor al jazz. Del hecho de que yo desee ser Thelonius Monk de un modo transitorio podría deducirse que no tengo el apego que se puede prever de ser Emilio Calvo de Mora Villar. No es una carga que uno anhele a tiempo completo. En ocasiones, según qué haga o deje de hacer, qué esté observando o a quién, mi voluntad es la de ser invariablemente otro. Ignoro si ese hipotético otro, en su discurrir un poco extravagante, querría ser yo, aunque fuese un fragmento del día o una parte no considerable de su vida. Son pensamientos que ocupan el final del día, a poco de conciliar el sueño. Ojalá, a beneficio de narrativa, Monk se incorpore a la trama de esos sueños. Estaríamos los dos en uno de esos clubs de Nueva York, Antes de que salga al escenario y toque Blue Monk, me habría confesado que está cansado de ser Thelonius Monk. Que preferiría cierto anonimato. No sabe bien si un contable de una pequeña compañía de transportes o un periodista de sucesos, de los que van al lugar de la noticia y toman nota con una libreta pequeña, como hacen los detectives en las películas de cine negro. En el sueño, los dos fumaríamos toda la noche, beberíamos bourbon del bueno y él me presentaría a Charlie Parker o a Bud Powell. Hablaríamos de bebop y de mujeres. 

4.6.21

Dietario 126

 Sentado, cerrados los ojos, en un apartado jardín, sin el estorbo del ruido ni de la memoria, Buda consiguió la iluminación. Quiero decir que accedió a la luz (o que permitió que la luz le invadiese) sin que ninguna claridad exterior certera lo bañara. No es la luz de verdad a la que aspiraba Buda, sino otra, menos tangible, si eso es posible, de un peso más etéreo o incluso sin que haya peso alguno que la tase. Así uno desea ser iluminado, sin otra injerencia que la de las metáforas. Ellas nos conducirán. La luz es un metáfora de otra cosa. El objeto al que aluden es sutil y es frágil y a veces únicamente cerrando los ojos, negando la misma luz, se accede plenipotenciariamente a él.

3.6.21

Felones

 Tiene felón en su acuñación fonética un fajado aire de cosa contundente, de verdad por encima (paradójicamente) de la misma semántica de la palabra. Es felón el que omite o descuida la fidelidad a quien le encomienda un proceder y lo desobedece. Traer el vocablo traidor o, más inclinado a su acepción en inglés, criminal, el que comete un delito, es reducir su amplio campo de influencia. Felices felones hay por doquier: obran sin miramientos, pervierten el empeño que se les dio y, finalmente, prosperan en el mal y sacan de él cuantioso rédito. No se arredran cuando se exhibe su falta: hasta la airean con perplejo orgullo. Diría uno que han pensado en la bondad de sus actos, como si pudieran tener alguna. Dicen y se desdicen; maquinan y se retraen; actúan de incendiarios y más tarde de bomberos: he ahí la voluble materia del felón. No tienen ni conciencia de su delirio. Ofrecen una imagen nítida, pero en realidad esa imagen fluctúa, da borroso el trazo. También el felón que ignora su condición y medra en el oficio con ignorante eficacia. Desleales hemos sido todos alguna vez, pienso ahora. Adrede o sin propósito. Traidores a posta o a ciegas. Desleales a nosotros mismos, por qué no. Se levanta uno con un motivo firme y desoye ese aviso. Cuántas veces eso y con qué débiles tentaciones. Se cae con nada que nos tienten. La frágil voluntad acude y se retira. Vence el felón, su querencia a dejarse caer afuera de su lugar previsto. A ver en qué marro hoy y cómo me aparto.

2.6.21

Dietario 125


 Tiene el verano el contenido exacto de pereza para que nos parezca una estación idílica, cuando no lo es. El abuso de la luz quema la retina, la sensación de estar continuamente sudando agría el carácter y las noches, cuando no nos permiten respirar aire que no sea tórrido, avanzan con una lentitud a la que no le hace oposición el sueño, que tarda en llegar o llega mal y nos sobresaltamos con la obsesiva idea de que debiéramos haber nacido anfibios o peces, directamente peces. Es el agua el referente inmediato y consolador. La bebemos, nos zambullimos en ella, hasta la incorporamos a la conversación y se cita con más frecuencia que en las demás estaciones, donde (salvo que llueva) apenas se solicita. Hay un momento de excepcional comunión con la vida (en su más bondadosa extensión, en su lírico apresto) que consiste en sentir que todo en nosotros es agua. Será porque es así, sin que intermedie ninguna licencia poética o ninguna hipérbole humorística. Somos agua. Huimos del sol. Escribo en plural y tendré detractores con fundada capacidad de contradecirme. Huyo del sol, pues. Hago casa en la sombra. La persigo en las calles en cuando la obligación me tira a ellas. Cada vez que arranca un verano (el comenzado ayer fue tímido, con fresco incluso hasta media mañana en mi pueblo) pienso en todo lo que me apetece hacer y que, por unas causas y por otras, he ido postergando. La lista sería inacabable. No la recorto: continúo arrimándole tareas. También eso es un place: pensar en todo a lo que dedicarías tu tiempo, declaradamente libre, ofrecido a esa pereza aplazada tantas veces y que, cuando irrumpe, no sabes qué hacer con ella. Huyo  del sol, pero amo la luz. Ella lo impregna todo. Claridad y conciencia de que está. Este verano será el de la claridad. Me empeño en ello. 

176/365 Nora Barnacle

 176/365 Nora Barnacle Nora Barnacle, la esposa de James Joyce, no leyó nunca Ulises.como él hubiese querido, no como Vila-Matas lo ha leído...