30.10.21

Una catedral en el aire



El paraíso es propiedad de quien lo sueña, de quien nombra y cuenta sus prodigios. El paraíso también pertenece a quien lo sabe lejano o inalcanzable. La luz es un milagro y adquiere cuerpo con la eclosión cómplice de la sombra. Una catedral es una emanación poética que preludia un paraíso. El feligrés es lector de la luz. Dios es el orfebre de esa geometría sin motivo.

29.10.21

3 minutos

 Hay canciones de menos de tres minutos que te reconcilian con el mundo y contigo mismo. Tienen esa brizna sublime de júbilo que a veces sólo encuentras en ellas o en un paisaje o en el abrazo de alguien a quien hace mucho que no ves o en la extraña plenitud que deparan algunos sueños. Hay canciones que atesoran un estado de ánimo perfecto y lo restituyen infatigablemente. Basta dejarse llevar, concederles esos tres minutos (menos) y regresar más tarde a lo que te estuvieras ocupando. La música posee la elocuencia de la gracia. Extrae de ti lo que no podría ser izado sin su concurso: posee esa asombrosa cualidad que no contiene ningún bálsamo y que, en su sublime restitución, los posee todos. Son canciones de una verticalidad milagrosa, de una locuacidad sin desmayo. Me han salvado la vida muchas veces y lo harán cada vez que las solicite o el azar las traiga. Preludian un goce absoluto. Concitan la unánime aquiescencia de los sentidos, súbitamente reconfortados, consolados, sublimados por el concurso inefable de la alegría. Porque es alegría lo que arriman al alma decaída. Tengo cientos de ellas que me asisten en júbilo. Pop de ligera trascendencia, melodías sublimes que no harán que vea el rostro de la divinidad, pero que me mostrarán la sonrisa de sus ángeles. No se me ocurre herramienta de más probada eficacia que esos tres minutos de vacuidad celestial. Están hechas del oro fugaz de una estrella cuya luz eclosionara en el cielo de la noche y desapareciera sin alardes. Esta canción de Aztec Camera (hoy la más alegre del mundo) está conmigo. La llevo siempre.

 La pereza es una bruma confortable de la que se tiene la imprecisa idea de que no se ejerce ni con solemnidad ni con entero empeño.

Quizá se ha alcanzado ya esa edad en la que duele el dolor mismo.
No tengo de mí mayor certeza que la imprecisión de mis vaticinios.
Di a la beneficencia mis pecados más populares.

27.10.21

Creo con la misma convicción con la que dejo de creer. Más que la permanencia de la fe, amo su tránsito poco fiable, esa especie de intriga teológica.

Los celos son la expresión más rudimentaria del capitalismo.


Hay palabras a las que no alcanza la visión pura del objeto que las nombra.

26.10.21

Dietario 210

 

El aire del despacho de Freud olía a flor carnosa, medio podrida, como huele la conciencia.

Manuel Vicent

La conciencia es una especie de flor podrida, leí anoche en El País a Manuel Vicent, en un artículo sobre objetos despojados de toda su carga simbólica, entre otras cosas, porque Vicent escribe de cien asuntos cuando parece que lo hace únicamente de uno. Hace la conciencia sus escaramuzas a la realidad y regresa a su confinamiento tembloroso y culpable con algunas lecciones aprendidas y otras todavía sin entender. Lo de los remordimientos ha levantado religiones y ha hecho caer imperios. Familias bien avenidas han sacrificado su estable residencia por no saber manejarlos: cuando irrumpen corrompen cuanto encuentran, lo devastan y convierte en algo insoportable, parecido al pecado o al delito a los ojos de un creyente o de un infractor. El desasosiego que causa lacera el alma, la zarandea, la expone a la inquietud y al caos. Expele su quebrado olor sin pudor y hace que flaquee la armonía o incluso la anula. Flor, sostiene Vicent, que pervierte su condición de belleza limpia por adquirir la mediocre sustancia de otros objetos a los que se les da menor responsabilidad. Triunfa lo vulgar, lo tasado con un número o lo sacralizado por las sordas huestes de la masa, que desoye el ruido de la inteligencia o de la belleza y cultiva el de la zafiedad o del insulto. El diván persa de Freud es ahora Instagram o el WhatsApp. La flor carnosa del despacho del maestro vienés es la flor  sin historia que se deja morir para que nadie la mire. Empieza a apestar a humo rancio de tabaco. Los pétalos parecen escombro. César Rodriguez de Sepúlveda  trae esta mañana a San Agustín, que dejó escrito que había tres potencias del alma: memoria, entendimiento y voluntad. Pero eso sería antes. Ahora solo hay una: el teléfono móvil, añade. Una flor extraña. Sin conciencia. Sin pecado ni delito.

24.10.21

Nomadland






Hay un cine que adoro en el que hay tramas lentas o incluso algunas que, en su contar sin que parezca que algo se está contando, dicen más que las tramas locuaces, las que abundan en sucesos y en palabras. Parecen no tener un principio que las inicie, ni un desenlace que las concluya. Es un cine mayúsculo si se encomienda al talento, pero invita en ocasiones al aburrimiento y desangela la sustancia a la que encomienda su legítimo desempeño. Cine de vidas grises o tristes o destrozadas que se explican en gestos, no en diálogos. Cine que fía su ardor o su melancolía a la elocuencia de las imágenes, con todo lo difícil que es manejarse con los primores de lo real, sin la intervención del montaje o la pura literatura. Cine impregnado de dolor. Un tipo de dolor que se ve sin que haga falta explicitar el instrumento que lo produjo. No sé cuántas películas excelentes se sustentan sobre esa cualidad de lo triste, la de la desolación de los paisajes y la de la sublime tristeza que lo impregna, si uno está atento, todo. Decadencia y plasticidad. Eso es Nomadland, que he vuelto a ver con otro afán, el de ver de nuevo, que a veces es primerizo. Película de rotos, de una amabilidad nula, ni falta que le hace. Necesarios también esos rotos y ese desafecto. Es un cine ingrato el de Nomadland, hecho para que el espectador se involucre  en la fragilidad de quienes, por unas u otras causas, no han tenido la vida que querían o se han dejado la piel (algo más, seguro) en conseguir que esa tierra prometida sea por fin la tierra pisada. Les basta perderse, tomar una carretera, da igual cuál, adquirir una residencia de la que deshacerse después. Nomadland es cine, más que de miradas, de paisajes y de eventuales dueños de esa huidiza realidad con la que azarosamente se dan consuelo. Nomadland es Frances McDormand de un modo absoluto. Es ella la que enhebra las costuras de esa realidad agreste y dolorosa. Mira con la hondura de quien celebra vivir por encima de cualquier otra circunstancia disuasoria. Con todo, a pesar de la bondad de la mirada de la cámara, la película no cuaja. Hay algo que la adhiere al desencanto. Tal vez sea esa árida vocación de continuo desaliento o la sensación de que lo que se está haciendo es documentar un modo de vida, no narrarla exactamente, no darle a sus partes la argamasa de una historia que valga por sí misma y no tenga que recurrir a cuanto no es de su entera propiedad, a todo lo que podría explicarse fragmentariamente: he aquí la caravana, he aquí la noche triste, he aquí la despedida, he aquí el horizonte. Revisada por segunda vez, Nomadland me deslumbra más que la primera: he visto cosas de Fern que no vi entonces, he visto destellos de luz que no aprecié entonces, he visto miradas que valen por una conversación de cinco minutos. Con todo, a pesar de esa reconciliación que agradezco en el fondo, hay algo que hace que no esté plenamente conmovido, al modo en que yo suelo estarlo cuando algo de verdad me cala adentro, a quién no le pasa eso, en fin. No creo que la vea de nuevo. Ayer un amigo me dijo que la vida es corta y hay que ir hacia adelante. Una especie de futuro prometedor y fresco en el que no se tuviera que volver a leer a Kafka o a escuchar otra vez las cantatas de Bach. No supe seguirle, no creí que estuviera hablando en serio. Probablemente se está probando, por ver si sonaba bien al decirlo y él mismo se lo creía. Luego nos bebimos nuestras cervezas y hablamos de los viejos tiempos, lo cual es un contrasentido. 



21.10.21

Pollock



 Se cae, en un descuido, el gris. Comido de vértigos, emerge el azul. Está la  luz decantando sin urgencia un arrullo de rojos y de negros. Se la ve aún así triste, se tiene la impresión de que está a punto de rendirse y pedir al pintor que se retracte y no la fuerce a explicar lo que no sabe. Es el comienzo de la época de las grandes palabras.

20.10.21

Ciudades inventadas




Hace unos días programó la televisión pública la estupenda Joker de Todd Phillips. Desde entonces, tengo Gotham City en la cabeza. La idea de una geografía ficticia depende de la idea de ficción y de geografía que uno maneje. Puedo asegurar que he encontrado el modo de que ambas ensamblen y constituyan un todo fiable o, en todo caso, un artefacto ilusorio al que puede atribuir cualidades reales, al modo en que ahora puedo pensar en Madrid y recordar la ciudad paseada y disfrutada o algún pueblo de costa en el que el verano (hace mucho) fue la delicia absoluta de alguien que lo tiene todo hecho y carece por completo de compromisos. Si me entrego con la fruición que el asunto merece, puedo concluir con que Madrid no existe o ese pueblo mediterráneo, por más que lo huela todavía, tampoco. Hay lugares que únicamente existen en la memoria. Ni siquiera las referencias tangibles (las topográficas y documentadas) se dejan abrazar por los recuerdos: en ocasiones no cuajan, la realidad las desaloja de épica. En mi adolescencia, Gotham City era tan presente como el Sector Sur, el barrio de Córdoba en donde vivía. Los años me han acostumbrado a idealizar los lugares en los que uno fue feliz. Le debo a Bob Kane y Bill Finger que mi imaginación de entonces se desbocase y encontrara huellas de lo que no es verdad en la extensión cartesiana de lo que sin duda se podía afirmar que lo era. En ese trasiego de imágenes inventadas y reales creí haber descubierto un sentido a la ciudad del que no me he separado en todos estos años. Cosa de fe, probablemente. Fe en la vigencia de la ficción. Acudo a ella a diario. Me asiste y me conforta. No sé si alguna vez he visto una luz temblar en el cielo con la figura de un murciélago de fondo. Quien la haya prefigurado en un descuido, sabrá sin que medie mayor esfuerzo la poderosa influencia de ese anuncio en la noche. 

Dietario 209

  Cosas que suceden a lo lejos y a las que no les sé dar asiento. Perros que conversan a su bronca manera sin que se sepa qué desorden les arrima a la discusión. La noche ocupando la blanda del extensión del día. La veo caer con su aplomo antiguo y repetido, pero ninguna irrupción suya se parece a otra, aunque todas exhiban la misma vocación de penumbra y de clausura. La luz tiene urgencia por desocupar el aire. Unos grillos rivalizan con la conferencia de los perros. La iglesia que se divisa al fondo invita a que busque a Dios. De pronto creo escuchar su voz con torpe claridad, pero me hago cargo de me estoy dejando llevar por alguna especie de epifanía de orden poético y vuelvo a la cartesiana opulencia de las palabras, que no siempre dan con la hendidura dulce por la que acceder a lo eterno. La propaganda de Dios es sutilísima. Mi alma no distingue a veces el oropel del gris adorno. Se entretiene en lo que la contenta mas que en lo que la consuela. Piensa en perros, no convoca ángeles. Se le ocurre escribir cuando otros rezan. No he rezado nunca o no he dejado de hacerlo, aunque mi súplica no contuviese hondura, ni diese con el volcado mecánico de su sintaxis. El tiempo discurre con pasmosa certeza y no sabe uno nunca a qué atenerse. Si a la memoria de la que se dispone o al yermo caudal del porvenir. Ya no se oyen los perros, escribo esto cuando amanece. Hay textos que se fraguan por partes, como si no se tuviera propiedad de ellos y surgieran a su antojadizo capricho. La luz se ha resuelto limpia y todo es de una vistosidad nueva también.

18.10.21

Botellones

 


No recuerdo qué filósofo esperaba que no tuviéramos miedo a ser los de antes, una vez que la pandemia remitiese y ocupásemos de nuevo las calles, un poco a la manera de la hermosa canción de Pablo Milanés. Retornaron los libros, las canciones y renacerá mi pueblo de su ruina, pero no habrá traidores ni culpa que pagar. El niño en la alameda hará lo de antes y, más que liberar plazas o llorar por los ausentes, así cuenta la letra, se harán botellones y se brincará con ciego escándalo en la mirada, como si de pronto se nos hubiese devuelto un mundo que se nos retiró y permitido echarlo abajo con la autoridad que da la fiesta. No sé tampoco qué diagnóstico emitir para mis adentros, ya que no he vivido la zozobra existencial de tener veinte años (mucho más arriba o mucho más abajo) en estos tiempos inéditos, cuáles no lo son. En los míos, que tendrían su escándalo en sus ojos también y brincaríamos sin resuello, imagino, teníamos sitios a los que ir, en lugar de montar la representación de la felicidad (música alta, alcohol, etc.) en jardines municipales o descampados a las afueras, cuando los jóvenes voluntariamente alejaban su teatro a la periferia, como no queriendo ser vistos. No tener coches que coger y en los que desplazarnos eliminaba de la ecuación de la fiesta la variante periferia. Los pubs estaban en el centro. Ibas de uno a otro con el mayor decoro posible y el único problema urbano residía en el ruido que el local produjera. Los decibelios del infierno, sentenciaba J.. Nada nuevo eso de que la hostelería, en ocasiones, perjudique al vecino con el que comparte acera o bloque de pisos. Luego el pudor desapareció. Lo hace cuando no ha pasado nada al mostrarte ebrio unas cuantas veces frente a los demás, que irían posiblemente igual de ebrios y razonablemente igual de ciegos. Lo de tener un lugar al que ir cuando se va de parranda parece una evidencia de poco peso, pero tiene mucho. Mi amigo J.M. decía que lo mejor era entonarse con alcohol de marca. Decía diferenciar unas de otras, aunque alguna vez le pillamos en contradicciones que él atribuía a la pérdida de sensibilidad gustativa cuando se ha ingerido más de la cuenta. Las veces en que le llevamos a casa borracho (no crean que eran muchas) pedíamos invariablemente un taxi. No nos movía la filantropía, ni la recomendable posibilidad de que nuestro amigo no se exhibiese de camino de vuelta a casa de un modo indigno. Lo que perseguíamos era despachar con prontitud el fardo ajeno y buscar de regreso al pub el propio. Si la hora era tardía, volver a casa en ese estado de pequeña embriaguez constituía el momento de mayor provecho en todas aquellas maniobras etílicas. Recordará M. nuestras contribuciones a la teología o A. podrá todavía pensar en la rotundidad con la que dábamos fin a los conflictos del mundo. Hacer constar aquí que yo era en todos esos devaneos festivos el más prudente no convendría, ni se ajustaría a la verdad, si es que todavía puedo esgrimir alguna y no me falla la memoria. Habrá alguien que lea y tenga con qué rebatir esa licencia mía. En todo caso, era uno joven y hasta parece que aquel de entonces no tenga nada que ver con el de hoy. La policía no cargó jamás contra nosotros, no destrozábamos mobiliario urbano (no se nos hubiese ni ocurrido) y no dejábamos los restos de nuestro desenfreno en el suelo del escenario que surgiera para nuestros desempeños. Ni la palabra botellón existía; menos, macrobotellón, con ese prefijo antológico y casi bélico.

Dicen que el botellón es una forma de contestación, lo cual me hace pensar que las palabras están siendo reemplazadas por el vómito o por la cinética del cristal o de un adoquín cuando vuelan y buscan hacer daño. La frustración de la juventud se canalizaba antes de otra manera. Porque frustrados estábamos. Imagino a unos adolescentes griegos en los ágoras de las polis. Oh, qué mundo más cruel, qué cavernoso y frágil, dirían. No hay edad en la que no cunda esa decepción, ese no saber o no tener con qué avanzar, un poco sobrepasados por la incertidumbre o debilitados por los fracasos, pero no era la nuestra ninguna revolución y no se armaban ejércitos en las calles. No había una militancia subversiva o, de haberla, era más de decir y de argumentar, da igual con qué fortuna ambas cosas. No se nos ocurría quemar nada. Hacer del vandalismo una consigna es de una gravedad terrible. Un político dijo ayer en una tertulia radiofónica que no se pueden meter en el calabozo a mil jóvenes cada noche. No hay calabozos para tanto gamberro, concluyó. La corrección hizo entonces acto de presencia y corrigió con entusiasmo: no todos son gamberros, algunos van a divertirse y no representan un peligro (para ellos y para los demás, añadió). La diversión siempre es impune. Sucede, se disfruta, acaba y más tarde, cuando los años empiezan a emborronarla y la memoria hace su balance de recuerdos y de olvidos, se hace alarde de ella. Yo me corrí mis juergas, dirán los melancólicos, quién no lo es o no se las corrió. Lo terrible (ahora concluyo yo) es que todas estas bacanales de hoy, las que salen en los telediarios y estercolan el suelo de botellas, condones y bolsas del McDonald's, carecen de todo protocolo. Ni tienen sacerdotisas que manejen la alquimia de los líquidos y elijan los cánticos de la disipación, con lo que vestiría eso. Tener veinte años con la mascarilla puesta debe ser una condena inimaginable, es posible. Por otro lado, voy de uno a otro, en las plazas se puede hablar mejor, no te lo impide la música atronadora de los recintos cerrados, eso es cierto. Y el poder adquisitivo. Se me había olvidado el poder adquisitivo. Nunca fuimos delicados en lo que bebíamos. Ni entonces ni ahora. Garrafón barato. Litronas calientes. Lo que importa de verdad es juntarnos. Eso decíamos, también eso dirán ahora. Mi querido A.L. pedía tercios de cerveza y pedía que se la abrieran en su presencia. Así de exigente era. Una vez juntos, ya beodos, en la pompa de la curda, vernos sin vernos del todo, ese era el lema, advertir sombras huidizas, escuchar palabras que van y que vienen, pero que no se asientan. Qué has dicho, no te oigo. Da igual, yo a ti tampoco. Vamos a pillar algo por ahí. No hay nada en las bolsas. Habrá algún garito abierto. Es temprano todavía. Lo de ponerse místico, etéreo y lírico con la priva sucederá con la misma borrosa frecuencia. Daría lo que fuera por escuchar las ocurrencias teológicas que surgían entonces a su antojadizo capricho. 

16.10.21

Dietario 208


No creo haber escrito nada sobre los escrúpulos. No obstante, no han cejado nunca en su afán de pureza o de pulcritud. Acuden con perseverancia, aplican su remilgo antiguo a lo que antojadizamente eligen y desaparecen sin revelar su intimidad afectada.  Considerada (en principio) con molestia su impertinencia, acaba uno apreciando la vocación profiláctica que lo anima: valen para apartar cuento nos repele o disgusta. Las melindres de las que mi abuela hacía platica costumbrista tenían también un poso filosófico. No se puede ser tan escrupuloso, decía. Creo escucharla y hasta fantaseo con palabras que probablemente no pronunció, pero que ahora me parecen suyas de un modo irreemplazable. Constatan la suprema aflicción por sentir el olor del cuerpo cuando afloran sus humanas debilidades o cuando el aire se empuerca y da arcadas el alma. Hay escrúpulos de una reciedumbres casi insoportable: hacen que flaquee el ánimo y se aficione a precaverse con maniática fiereza. Hay una versión moral de los escrúpulos que desatiende lo físico y se concentra en lo moral, que creo más peligrosa. Se tienen en ella escrúpulos a lo distinto o a lo nuevo. Huye el escrupuloso del que no comulga con su doctrinario o del que lo contraría o (más dolorosamente) irrita. Y a veces no sucede solo la huida, ese echarse al lado, no querer ver, ni tomar parte, sino que irrumpe la contienda, la declaración de guerra, el principio por el cual todo lo que no me cuadra está equivocado y se precisa combatirlo y, poco a poco o abruptamente, erradicarlo. Es conocida y lamentable esa versión.

El vano fulgor

 

Los años acaban por delatarse, 

publican sin pudor sus vicios. 

Libran los recuerdos 

una batalla íntima con las palabras. 

Las desautorizan, las censuran, las rebajan. 

La vida dicta 

severas instrucciones de uso, 

disciplinas precisas. 

Duele vivir. Cansa incluso. 

Somos el vano fulgor 

de todo lo que no pudimos hacer. 

Así el tiempo mide su espanto en días. 

Así lo oscuro es luz 

con un misterio adentro. 


Fuengirola, agosto 2008

Villafranca, octubre 2021

14.10.21

Dietario 207

Qué delicia embrumarse uno, perder la conciencia a sabiendas, no tener los pies en el suelo, sentir que milagrosamente se flota, ayuntar el aire al corazón y adquirir la facultad del vuelo. Lo malo de tener tanto con que ocupar el tiempo es que se pierde una parte preciosa de ese tiempo disponible en decidir cómo ocuparlo. Si en desoír el ruido o en acunarlo y darle motivo y residencia. Si en hacer memoria y convenir una trama inédita o en desprender las palabras del eco que las convoca. Y el espíritu elude la responsabilidad de entender el porqué de su zozobra y el cuerpo vaticina un esplendor del que los poetas extraerán la sustancia del cosmos. He ahí el recado del vuelo, su trampantojo dulce y alado. 

13.10.21

4 hormigas

Mary Poppins
Las musas corrigen la trayectoria de los astros. Mary Poppins cubre mi cuota diaria de cariño parvulario.

Semiótica
Hay palabras como óxido que riman consigo mismas. Sin oficio, destrenzan el alma, se aúpan. Luego mueren en heroico acto, frente a una estatua ecuestre con palomas en un parque público donde los niños, sabatinos y díscolos, juegan y fingen que mueren bajo los árboles sin fronda del otoño.

Patio de colegio
La voz de una niña en un patio de colegio se somete al dios terrible del miedo a que la pillen en un desliz y se le caigan al suelo todos los postres del sábado.

Naufragios
La vida se escora a la muerte como el barco hunde su duro cascarón antiguo en el tembloroso oleaje que lo mece. La vida, si amor la mece, carece absolutamente de tragedia.


12.10.21

Hispanidad

 Tras siglos de nigromancias y conjuras, traiciones e incestos, apocalípticos e integrados, patanes y genios, fanatismo y miserias, reyezuelos y bufones, invasores e invadidos, catedrales y burdeles, estragos y pandemias, soldados mal pagados y vírgenes con patrimonio, lobos y ovejas, ilustrados y palurdos, moros y cristianos, rojos y azules, iluminados y entenebrecidos, España es Machado, Góngora, Lorca, Lope de Vega, Quevedo, Cervantes, Miguel Hernández, Juan Ramón Jiménez, Galdós, Delibes, Baroja, San Juan De la Cruz, Bécquer, Unamumo o Cernuda. Es el español la argamasa con la que prevalece la construcción de la patria. Hoy festejamos las palabras. Es el día de nuestro bendito idioma. Esa bandera enarbolo. Todo lo demás, lo que cada uno declare a beneficio de su hispanidad, es extensión de la lengua, la esgrimida como hermosa herramienta de la cultura. Ah, la cultura. Mi país es su cultura. Tan enorme, tan antigua, tan amenazada y tan a salvo siempre. Eso último que he escrito me ha parecido atrevido. Se ve cómo la lancean y zahieren. Defender a España (eso pregonan muchos hoy) empieza por prestigiar el lenguaje. Luego que cada uno arrime los motivos que considere. Algunos hasta los comparto. Mi padre celebraba con proverbial respeto este día: quien no ama su país no puede amar su casa, decía. Algo de lo que sudó y para lo que se esforzó en su afanosa vida fue útil para que su patria siguiera avanzando. Hoy se habría sentado a ver su desfile con todos esos soldados y esos aviones. Como quien ve a su equipo favorito de fútbol.

10.10.21

El fotógrafo del pánico


 

Consumimos imágenes, no creencias: es así este siglo y también (fundacionalmente) el anterior. Es de Baudrillard la cita. Roland Barthes, en La cámara lúcida, distinguía dos formas de ver una fotografía y, por extensión, cualquier imagen insertada en la realidad. A una la llamó studium, que venía a ser la aproximación canónica, en la que la imagen se decodifica conforme a unos parámetros consensuados, sin que una agudeza selectiva raspe la superficie de la imagen e indague en ella hasta dar con algo que la haga sorprendente, esto es, llena de asombro. A ese indagación, que no tiene por qué ser trabajosa ni revestir instrucción alguna para acometerla, la llamó punctum. Al contemplar una fotografía, uno puede prendarse de algo que pase desapercibido a otro espectador. Habría tantos punctums como observadores. Lo curioso es que de esa punzada no se tiene una percepción buscada, sino que surge azarosamente. Es ella la que espera a que se la descubra y, una vez conocida, abre un campo enorme de influencia. Fascina que sea algo sea irrelevante para unos y, sin embargo, trascendente para otros. Opera al modo en que lo hace el amor o la fe. No hay amor que se pueda trabajarse o inducirse, ni fe a la que se acceda por laborioso afán. Nadie se enamora ni cree adrede, por voluntad, motivado por una necesidad. De ahí que la fotografía sea un arte mayúsculo: es capaz de extraer emociones de una intimidad absoluta, sabe conmover con la elocuencia y la conmoción de lo grande y de lo pequeño. Mirar es un acto racional e irracional a partes iguales. Unas veces vemos la realidad con ojos cartesianos; otras, por más que lo refrenemos, con ojos delincuentes, obscenos. Michael Powell filma con obscenidad a la obscenidad misma. No porque las imágenes que nos muestra sean de una depravación insoportable (la película no muestra material que ofenda el buen gusto) sino porque hablan de la naturaleza pecaminosa de la mirada, que desea mirar y no contenerse. El inconsciente pulsa al deseo, lo conmina a que se exceda o a que salga de cualquier zona de bienestar en la que se encuentre y merodee (primero) realidades incómodas (la de una mujer que sabe que está a punto de morir) y (más tarde) enloquezca de placer cuando ha tomado posesión de ella. El ejercicio cinematográfico de Powell (repudiado en su día, entendido después) es un espejo en el que cualquier espectador puede encontrarse a sí mismo. Vemos al trastornado Mark, fotógrafo y cineasta amateur, empecinado en filmar a las mujeres a las que mata (o tal vez sea más apropiadamente al revés) y nos vemos a nosotros mismos, sin pudor, sin que una brizna de apuro nos azore, siguiendo la coreografía de la muerte, su liturgia privada. Seguimos con la mirada la mirada del mal y no la apartamos. El cine, la grabación de imágenes en movimiento, es el advenimiento de la realidad que la misma realidad no nos permite observar. También la literatura contiene esa dualidad: la de hacernos depositarios de las vidas ajenas. El que ve una película o el que lee un libro es un voyeur privilegiado. Nos inmiscuimos en la ficción como si no lo fuese. Tal vez la realidad contenga briznas de ficción de la que no somos capaces de percatarnos. Viendo anoche El fotógrafo del pánico, comprendí que son el cine y la literatura los que nos permiten mirar con apartada lujuria, como si no estuviéramos. El punctum de Barthes lastima o acaricia a quien da con él. Hay más veces en que no se produce ese hallazgo. No hay un deslumbramiento. El pobre Mark, enfermo, atormentado por un padre desquiciado, suele pasar, descubre que se excita al ver en una pantalla las muertes que su propio desquiciamiento ha producido. Se sienta en una silla humilde en un cuarto oscuro y se extasía en la contemplación del miedo en el rostro de sus víctimas. Una criatura que nos produciría un rechazo visceral si la tuviéramos cerca o supiéramos que fue vecino nuestro o amigo de alguien a quien conocimos, pero que nos fascina si lo vemos en la intimidad de nuestro propio sillón, con la profunda convicción de que no es real, de que asistimos a una representación. El fotógrafo del pánico, aparte de una estupenda película, es un panfleto subversivo, una especie de declaración apasionada de amor al cine. Que el ojo codicie que se le excite es de una obviedad absoluta. Lo que le irrita (no sabremos cómo expresará su disgusto) es que todo sea studium, no delicioso y blasfemo punctum. La parafilia de Mark recurre a la cámara (y al estilete punzante que se esconde bajo la protección de la pata de su trípode) para que se exterioricen sus pulsiones más privadas. Frustrado y reprimido, la llegada del amor hace que nuestro psicópata piense por primera vez en sí mismo como desviado. Protegerá (hasta con su vida) a su amor, no se obcecará en disimular su vicio, ni huirá cuando presienta que ha sido encontrado. Su enfermedad (será otra cosa, pero Mark está enfermo) hará que se prende de la belleza deforme (la de una modelo que posa para las revistas pornográficas a las que surte de fotografías) y no se cohíba a la hora de expresar su entusiasmo al coger su cámara y buscar en ese rostro roto (la belleza será convulsa o no será, dejó escrito Breton) un rastro de dignidad o, tal vez más certeramente, ese punctum ineludible al que el observador se inclina, apartando todo lo demás, invalidando cualquier injerencia de la normalidad. Quién es normal, podríamos concluir. 

Dietario 205

 Uno cree haberse depurado lo bastante y no tener sustancia que purgar ahí adentro, pero no hay método que nos asista ni esperanza de que alguno milagrosamente exista y nos procure el bálsamo anhelado.. El cuerpo es una maquinaria hecha a desentenderse de quien lo gobierna, si es que en sus trajines hay algo parecido a un mando. Hace lo que quiere, crece a su manera, enferma sin dar indicios previos, se deteriora con una eficacia que desalienta al usuario que cree (infelizmente) que podrá convenir un aplazamiento o un receso en su recaudación tributaria. Lo de depurarse viene porque alguien ha dicho que está a punto de hacerlo y confía en que de esa purificación surja un yo nuevo, como si de verdad pudiéramos repudiar al antiguo y reemplazarlo con otro. Entusiasta, narraba con un tanque de cerveza en una mano y un cigarrillo en la otra su estrategia depurativa, una especie de diálisis emocional de la que saldría un ser de más elevado espíritu. Constata el alma entonces una providencia de afectos, un repunte de gozo que ocupa la extensión misma de la vida, entera ella. Al levantarse y despedirse de sus compañeros , dejó unas monedas en la mesa por su consumición y se alejó con más o menos decoro cinemático. No tiene arreglo, sentenció uno de los que quedó. Pero se lo cree, añadió otro. No hace daño a nadie. Mañana deja el gimnasio. Eso último lo he aportado maliciosamente yo. Quién no se ha pronunciado alguna vez de parecida manera. Quién cree estar a salvo de mentirse con esa inocencia. Yo, en la mesa aledaña, bebía y fumaba también, debo añadir para cerrar la anécdota.


8.10.21

Nobel

 Para anticipar a quién se dará cada año el Nobel de Literatura basta revisar la nómina de los entregados en años anteriores. La Academia Sueca es un bastión intachable de corrección política y su escrutinio de candidatos apela a la inclusión, que es palabra de fuste moderno y sostenible. Este lector voraz aprende con ella y amplía su bagaje de autores desconocidos y sin duda merecedores de ese abrumador galardón. Lo que cansa (y también ya a esta altura irrita) es que no premien escritores de igual talla, pero de mayor popularidad, pongo por caso. No es mala la popularidad, creo yo. No es la Literatura disciplina que discurra con fervor entre las masas clientelares a las que aspira a conmover, pero no estaría mal que el insigne claustro de numerarios de esa Academia mirara más por la literatura, sin que ese afecto mudara en obligaciones de género o de raza o de religión, asuntos todos que no deberían ser considerados como animadores del hecho mismo de dar un premio a un buen escritor. Los premios suelen prestigiar a los premiados y se me ocurre que también a la reversa. No en los Nobel. No en esa camarilla de burócratas ágrafos. Y mi buen Borges sin el suyo. Así que otro año sin coscarme de por dónde van los tiros. Ni siquiera fue mi indigesto Murakami ni mis adorados Marías o Banville. El tanzano no es santo todavía de ninguna de mis muchas devociones. No sé si acabaré creyendo. Ni el nombre sé decir, madre mía. Deberían cerrar los suecos el kiosko. O hacerlo oficina de compensaciones históricas. El próximo año seguro que va a Latinoamérica. Por nivelar. Novelar no, ojo: nivelar.

Tres sillas de jazz


 

 Hay sillas de velatorios y de cine de verano. De iglesia muy pobre y de fiesta de barrio. Sillas de festejados directores de cine y de papas en su bóveda de santos. Las hay huérfanas de historia y ungidas de épica. De las sillas se tiene la certidumbre del uso y hay quien las prestigia con la pompa de la orfebrería. Cuando descubrí la foto en una de esas búsquedas caóticas que uno realiza cuando enciende el ordenador sin un propósito fijo, escuchaba a Clifford Brown. Así que una de ellas es suya. Asignada. Como si de verdad estuviese a punto de tocar Cherokee con Max Roach, versión que rivaliza con la del propio Charlie Parker, padre de la venturosa criatura. La silla de Clifford Brown. Las otras dos no tienen todavía dueño. ¿Miles Davis y Kenny Dorham?

7.10.21

Dietario 204

 Se hace de noche de pronto. Se clausura el día, pero el día no acaba. Hay veces en que empieza de verdad cuando anochece. En eso, en lo de percibir que el día empieza cuando a uno le conviene, tengo las cosas muy claras. Recuerdo una época en que decidía cuál había sido el mejor momento del día. Lo hacía al irme a la cama: pensaba si había sido uno u otro, pesaba dentro de mi cabeza cada uno de ellos y elegía uno. Después, a poco de caer dormido, fantaseaba con ese momento, lo acariciaba, agradecido. Hoy pensé que el día no comenzaba del todo hasta que yo le imponía un comienzo. Deseché de cuajo esa ocurrencia. La voz traviesa de la cabeza decía que el día arrancaba a la hora en que suena el despertador y acaba cuando entenebreces los ojos y te encomiendas al sueño. Pues ahí vamos. No ha sido un mal día. Los hay peores a veces. Lo bueno de que haya algo malo es que se aprecie con más consideración lo bueno. También concurre la reversa, más tenebrosamente. Nos movemos a diario en base a este equilibrio sutil y maravilloso. Lees lo que te incomoda porque hay una lectura que te conforta. Amas porque conoces lo que es no amar. Escuchas jazz (como hago ahora, muy bajito, en los cascos del móvil mientras espero en la puerta de un comercio y escribo) porque así el día se enfila a su término con más dulzura.


6.10.21

Dietario 203


 Cree uno saber registrarlo todo, contener los datos, apresar la intensidad de los días con la firme idea de regresar después, por el motivo que sea, al lugar en donde fue feliz o en donde le sobrevino la tristeza, pero se escapan las cosas, no se dejan registrar, no quieren que se las aprese ni, por supuesto, que nos adueñemos de ellas y las usemos después a capricho. La realidad es así de tornadiza,  me dijo K. No basta con desear algo; hace falta esperar que la providencia o el azar o la suma de todas las providencias o de todos los azares sea amable y nos permita esa extracción doméstica, ese entrar en la memoria y recuperar lo que, en esencia, nos pertenece. No se puede, no hay manera, no es posible toda esa libertad de movimientos. Ayer mismo pretendí volver a los diecisiete después de vivir algunos  más y no pude o pude apenas, por ser más preciso. Lo que vi no me pertenecía. Eran fragmentos de una vida más mía que de otros, pero no mía enteramente. No sé a quién, al final, pertenece la vida que vamos dejando atrás en todos esos calendarios inservibles. Si perdimos el infinito pasado, no nos va a importar perder el infinito futuro. Lo dejó escrito Borges, que era un metafísico de más hondura, aunque luego (imagino) se comería la cabeza en soledad y contaría la historia a su manera. Por eso, tal vez, inventó a Funés, que era un tipo capaz de recordarlo absolutamente todo, sin fractura, sin que en el acceso se perdiese una pequeña certeza, como si volviese a vivirlo de un modo íntegro. La memoria de Funés es del tamaño del universo. Un mapa 1:1. Esas cosas, tan gratas al maestro, no son nunca exageradas. Ya saben. Hagan un mapa que se corresponda con la realidad que cartografía, una especie de réplica absolutamente fidedigna. El problema reside en la incapacidad que poseemos de confiar en la memoria. Lo recordado se noveliza, se impregna de ficción al modo en que lo fabulado, si se cree de veras, adapta el rango de realidad. La verdad y la mentira se entrelazan, cohabitan, se cruzan, copulan. Ahora mismo no sé si los recuerdos que poseo de una calle de Priego de Córdoba, en la que viví acontecimientos trascendentes, del tipo yo esto no lo olvido nunca, son como los traigo ahora. Me pregunto si no habré alterado algo en la extracción. Como aquel principio de incertidumbre, el de Heisenberg. Existe esa indeterminación, el no ubicar con certeza los acontecimientos o, en cierta manera, el ubicarlo a beneficio del ubicador, para que todo se adapte como un guante a la historia que ocupa el presente. Porque es el presente el que manda. No hay pasado, no hay futuro. Es este ahora irrenunciable, tangible, confiscado al futuro, el que mueve la trama. He vivido lugares en donde nunca he estado y no he vivido en absoluto algunos en los que estuve. Serán los libros. Será la voluntad de vivir adrede. Sin filosofía. Como si no hubiese con qué rebatir el roto.

5.10.21

Dietario 202

Fracasar es la única forma de ser decente

Miguel D´Ors

I
No se pide perdón, no se disculpa nadie. Quizá se desprenda que desear ser perdonado implique una disminución de nuestro prestigio, si es que alguno tenemos. A los niños, en los que veo a diario, también les cuesta admitir que han errado. Será el signo de los tiempos, que es una expresión que siempre me ha encantado. Debemos ser los mejores en todo momento, no debemos dar muestras de flaqueza. Ese es el discurso reinante. La belleza de la disculpa tendría que ensayarse en cuanto surja la ocasión. Hacer ver que no hay nada malo en expresar lo equivocados que estábamos o lo que lamentamos haber hecho mal algo. No todo puede ser conducido a la escuela, tan frecuente ese recurso; no debe la escuela acoger la pedagogía de  todas estas desviaciones de la corrección, pero seguro que hay un lugar en el marasmo de las programaciones y de las competencias y de la burocracia tóxica que nos inunda a los maestros para enseñar la belleza de la derrota. No sé qué dirían los padres. Si reprobarían esa licencia poética, la de prestigiar el reconocimiento de nuestros errores y no callarlos. Enmendarlos sí, hacer en lo posible que los más graves no ocurran sí, pero incluso la repetición en la equivocación cuenta (si no sucede adrede, si no se ha buscado con intención). No siempre puede salirse uno con la suya. No siempre podemos ser sublimes. Lo dijo un poeta y a mí me gusta repetirlo de vez en cuando. Incluso está bien que sea así. Perder es un asidero fiable, uno poco tóxico. El triunfo lastra la emoción pura de ganar, la hace vértice y no poso. La corrompe. Produce una sustancia enfermiza que se apresta con rapidez a perpetuarse y a no sucumbir al gris de la derrota. Tan hermoso es errar que deberíamos considerar seriamente incluir el fracaso en la posible lista de habilidades emocionales y sociales. A veces conviene perder, aunque sólo sea por trasegar en el camino que va hacia la victoria. El hecho mismo de ganar implica un cese abrupto, una especie de relajación de la épica del éxito. 

II
Uno cae a veces porque quiere, por levantarse, por ver el cielo desde más abajo, por perder una dimensión, por hacer que nos miren desde arriba y les de por mirar a otros cuando se cansen de ver que hemos caído, cuando ya no tengan nada más que ver porque ya lo han visto todo. Hay quien cree que caer es lo peor que puede sucederte o que detrás de haber caído no hay nada más. Como si fuese un abismo, una tarjeta black que de pronto ha aparecido en tu bolsillo. A la gente le gusta verte caer. No porque ellos no hayan caído, sino precisamente por eso, por ver que no son los únicos y hay otros que hincan la rodilla igual o en peor postura que ellos. Uno se cae porque cansa estar de pie. Cansa hacer lo que se espera que hagamos. Se cae porque de vez en cuando es bueno retirarse, no proseguir, dar por terminado el camino, aunque sea por empezar otra vez o por andar algún camino nuevo. En poesía, en la construcción de un poema, todo es caer, todo es ir acercándose y retirándose, buscando y errando, hasta que das con el adjetivo perfecto. Has estado la mañana entera buscando un adjetivo y no hay nada mejor en el mundo que dar con él y verlo en tus manos, como una criatura desamparada a la que das cobijo y con la que entablas una especie de idilio semántico. Los desórdenes más difíciles de corregir son los de índole semántica. Hay días en los que buscas una palabra y te acuestas sin que haya aparecido. También los días en los que sobrevienen las palabras, las que buscas y las que se precipitan sobre ti, sin que las haya llamado. Son las palabras las que nos salvan. Cuando caes son las palabras las que te hacen izarte. La idea de que puedas equivocarte en algo en lo que tengas un empeño especial hace que lo hagas con más oficio. Es bueno salir a la calle intrigado por lo que pasa. No saber nada de la trama que está por venir. No poseer ninguna propiedad fiable de la realidad cerniente. Cuanto más sabes, más aburrida es la vida. Hay días en los que lo sabes todo y te acuestas sin nada que contarte a ti mismo antes de conciliar el bendito sueño. En cambio, hay días formidables, viajes que van de un error a otro hasta que ves que nadie mira en qué has marrado y te permites equivocarte con más entereza. Como si fuese parte de ti y te hubieses esmerado en hacerlo mejor cada vez. Cada fracaso anticipa un fracaso menos estrepitoso, tal vez. Después se ha despedido. Ha dicho adiós. Hay veces en que hace estas visitas. Como queriendo hacerse ver. A mí me da también por convidarme a verlo.

4.10.21

Mi padre recitaba versos de Bécquer



 Tengo un recuerdo brumoso de mi padre leyendo. Para enredarse en los libros hace falta quietud y él no la tuvo nunca. Era más apremiante entonces traer a casa un jornal y hacer acopio de fuerza para saludar con ánimo la jornada siguiente, pero sorbía las palabras ajenas, las memorizaba, las hacía suyas de un modo asombroso. Sin poseer una cultura libresca, era capaz de recitar versos sueltos de Lorca, de Machado o de Bécquer, que recuerde. Le oí las veces suficientes como para fijar en mi agradecida memoria una especie de mantra lírico y sencillo que flotó en casa mientras mi madre se esmeraba en cuidar de todos (abuelos incluido en el pack casero) y que no se notasen más de la cuenta las penurias de aquel tiempo duro que luego (por fortuna) fue más venturoso. Hacía mi padre escasa impostación de la voz cuando se soltaba en rimas, pero la timbraba con intención de actor, arrobado por la elocuencia de las palabras y la música del ritmo. Le echo de menos a diario. A mi manera, de la que no sabría dar rendición pública, trasiego con su ausencia y casi no hay día en que algo casual no me transporte a los recuerdos que me dejó. Esa fue su mayor herencia. La de los detalles minúsculos, en apariencia. La de los gestos sencillos. La de las miradas hondas que él dominaba como Dios sus nubes. Ayer di con el libro de Bécquer trasteando en la biblioteca de casa. No sé qué hacía ahí, siendo la suya (menor, pero igual de cuidada) el lugar en donde debía estar. Es de una edición humilde. Lo compraría en un buscado descuido en sus trajines de la imprenta al hospital y tendría de él más la propiedad de tener en casa las rimas y las leyendas, tal vez escuchadas en la niñez, cuando su escuela extremeña, en plena guerra, cuál sería, que la certeza de que su horario le daría oportunidad de volver a ellas. Vivió entre los anhelos de la poesía y los peajes de la realidad. Supo admirar a su pequeña asamblea de poetas y agradecía que su hijo arrancara en letras y llenara de libros su dormitorio. Cuando ese hijo empezó a publicar libros, alardeaba en las tertulias entre amigos. Guardaba las columnas que escribía en el periódico en una carpeta antigua que fue engordando hasta que decidió usar uno de esos álbumes de fotos. Murió un mes antes de que yo publicara un nuevo libro, en el inicio de la pandemia. Privado del habla, no supo decirme lo feliz que eso le hacía, pero hablaban sus ojos y su mano apretaba con sus pocas fuerzas la mía. Un buen ciento de libros siguen ocupando un par de muebles de estantes en su casa, que es la mía también. Están Espronceda, Delibes, Unamuno y Galdós. De Bécquer me dijo una vez que había muerto demasiado joven. Fue una apreciación que no entendí entonces. Quiero entender ahora que se refería a la vida que queda sin disfrutar si se nos retira pronto de ella. Él vivió con intensidad la suya, deteriorada indecible mente al final. De Lorca le dolía que lo hubiesen matado. No se puede matar a un poeta, pudo haber dicho. No era hombre de esos alcances. Sus libros eran ediciones baratas, humildes y dignas, y él mismo fue un lector humildísimo, que de vez en cuando se envalentonaba recitando versos, sin pretender dárselas de culto. No tuvo tiempo para la cultura. La pilló en ratos libros, se apropió de ella con la mansa resignación de los que no viven para los demás. Eso hizo. 

176/365 Nora Barnacle

 176/365 Nora Barnacle Nora Barnacle, la esposa de James Joyce, no leyó nunca Ulises.como él hubiese querido, no como Vila-Matas lo ha leído...