31.3.26

37 notas sobre "Manual para sacar un conejo de la chistera" de Juan Ramón Mansilla





1

El poema / El poema no existe, empieza a desvanecerse en cuanto el poeta o el lector lo concluyen, da de sí hasta que se pronuncia. Entonces adquiere la inconsistencia de la que luego podrá hablarse cuando se nos requiera dar explicaciones y no tengamos con qué decir o con qué escribir y parezca que ni siquiera hemos leído el libro que leímos. Es precisamente esa inconsistencia, esa fragilidad, esa galleta que se ha hecho reblandecido al mojarla en el café y nos ha salpicado la camisa. Debiera la poesía desdecirse, arrimarse la cualidad del fantasma y no mostrarse jamás, aunque advirtamos su presencia de antemano. Debiéramos saber que ningún modo al que confiemos el recado de intimar con ella rendirá detalle alguno sobre cualquier cosa que creamos haber percibido, apreciado, entendido. De alguna manera, es menos tangible si pretendemos agotarla. Se goza, he aquí el propósito primero de esta nota sobre "Manual para sacar un conejo de la chistera " de Juan Ramón Mansilla, mientras se lee. Cabe la posibilidad de que nada perdure, salvo ella misma, entera ella, la poesía, el poema, algunos versos incluso, sueltos ellos, comprometidos a no abandonar nuestra cabeza nunca e irrumpir a su antojo cuando les apatezca. Eso es lo primero que pensé mientras leía el Manual. Que no sería un viaje de ida y vuelta, sino que me quedaría dentro y yo mismo sería el viaje, el inicio, el fin, el camino. 

2

La teoría de las palabras / No debería tener un libro de poesía propósito alguno. Se le tendría que pedir  únicamente que nos acompañara y, en el trayecto de su lectura, hacer que no nos sintamos tan solos. Haría que lo malo no cundiese o que la imposibilidad de ser enteramente feliz no nos cause mayor estrago que el sobrevenido al comprobar que no se tiene propiedad alguna sobre el sueño que tuvimos, malograda al imponerse la vigilia, tan evidente. Creo que esto lo he pensado muchas veces y quizá alguna vez lo haya dicho (lo haya escrito), pero leer el Manual es reconfortante, da ganas de leer más, da ganas de escribir (si eres de los que a poco que se te motive te lanzas y no pones brida a la criatura recién azuzada contra el silencio). Debo decir que no he escrito un poema desde hace meses. Me hubiese gustado haber escrito el Manual. Hubiese sido el libro que querría haber escrito. Como esa cosa es imposible (no soy Pierre Menard ni estoy en la cabeza de Borges) me aplicaré en contar todo lo que de ese libro se me vaya ocurriendo. Lo haré conforme lo vaya leyendo o cuando haya concluido o días más tarde (alguna semana incluso). Las palabras deben salir despacio, aunque cuando la primera irrumpe las demás se atropellan, pugnan por imponerse a la realidad, quieren danzar, anhelan que se las lee o, más modestamente, que sea posible que al autor no le incomoden en demasía y permita que se queden un tiempo. 

3

Vencejos / Las palabras traen "olor a siega reciente", traen moras, verano, toda esa elocuencia que el pájaro recibió al tender su cuerpo en el aire hecho "el nido más nuestro" y aplicarse en el recado del vuelo. Luego está el paisaje. La tierra diciendo y desdiciéndose, ocupando la extensión avara de la palabra con la que se la nombre y de la que se precave. Por si un día todo deviene sequedad, invierno con el abuelo fumando, dejando de fumar. Todo es ese temblor con el que "los pequeños cadáveres" de las "ranas que golpean la tierra".

4

Dios da leche / Que Dios dé leche no debería causar estupor alguno. Un auriga borracho (leo de nuevo, reescribo) hace que piense "en el rastro que deja en la nieve". Es la nomenclatura de la luz. El desayuno tras el que la luz se desvanece porque Dios se ha echado a dormir. No hay noticia suya, no se le espera y, sin embargo, "la leche de dios es sencilla como las preguntas / de un niño en un viaje". Hay que escuchar a las piedras. Ellas sostienen la memoria de las cosas. También ella es de una sencillez que apabulla. Como Dios, que debe ser pequeño, asustadizo, una especie de piedra primigenia en lo hondo de un tazón de leche a primera hora de la mañana. 

5

La muerte de las moscas / La lluvia del invierno / El poema puede ser un desatino lúdico, una chanza, un decir de moscas que prefieren la casa como nicho en lugar de la calle. Les importuna el viento, les agrada la confianza de un refugio, el olor al café, la cercanía de unos libros, la inminencia de lo que una mosca podría entender como un hogar. El poeta hace un dribbling metafísico: "Cuando mueren las moscas nadie sabe adonde van". Son criaturas menesterosas, el don de lo pequeño ante la opulencia del aire y 

6

El conejo imposible / Ruiz Mansilla escribe "Manual para sacar un conejo de la chistera" sin que se tenga idea sobre si de verdad anhelaba dar con el conejo y cogerlo de las orejas, impuesto a la realidad, extraído del limbo de lo sobrenatural, de lo mágico perfecto. Pero hay que entender que lo importante no es el acto en sí, el de ofrecer el conejo a la audiencia, sino la voluntad de que cualquiera que observe el número en el escenario cavile para sí, fatigue otra idea extraordinaria: la de si la irrupción del conejo no causaría mayor asombro y se pidiera más. La poesía hace eso: hacer que se desee más, que lo tangible no cuente, que sea infinitamente más interesante no encontrar conejo alguno. Que el amable público entienda que lo buscado en esa representación es la posibilidad del conejo, no el animal en sí, que es irrelevante, que no cuenta. 

7

Maletas / Siempre pensé en trenes y en habitaciones de hotel al pensar en maletas. Se me ocurría que el viaje era inverosímil. No habría un lugar en donde abrirla y sacar su contenido. Una maleta no tiene que ser abierta. Más que un objeto útil, es un artificio de la imaginación. Cuando digo que no existen las maletas (tampoco los conejos) me refiero a que ninguna llega a ser considerada maleta hasta que se pierde. Entonces cobra sentido su existencia. Es lo que le sucede al poema. Empieza a tener entidad cuando no nos acordamos de sus palabras, cuando pensamos en la ropa contenida en su cóncava generosidad, cuando creemos percibir una especie de temblor (inefable siempre) que nos evoca el peso de la vida, el trajín de ir de un sitio a otro, la sensación de que algo nos hemos dejado en algún lado o de que algo nos terminaremos dejando. No preguntes "de dónde vienes". "Una maleta solo pregunta a dónde vas".

8

Cuando la luz del amor empieza a brillar a través de sus ojos / Un tren medita descarrilar en el sueño de alguien. Las Supremes cantaban. César cruzaba el Rubicón. Eso fue hace tanto tiempo. No saber si nevó ese día (diez de enero, uno de abril) o si madre te dijo algo importante de lo que no guardas recuerdo alguno o si en alguna ciudad del septentrión llueve como si se acabara de inventar la lluvia y se probase de esta manera y de esta otra. Una de las cosas que fascinan de la poesía de Ruiz Mansilla es esa incertidumbre absoluta, ese decir sin que lo dicho tenga que significar algo y, sin embargo, todo acaba ensamblando. Las palabras en su danza se convidan de aire. La música. El fulgor de lo que se nos escapa. 

9

Terminar el poema, terminar la vida / Hay autorretratos amables: se dan las facciones previsibles, ninguna que evidencie algún roto interior, el peso de los fracasos, el olor de toda la mugre, la sangre avanzando a mordiscos. Se tienen hijos, se cambia el domicilio, enferma uno, escribe poemas, se duerme poco, lee mucho, paga su hipoteca, se ama también. A mí lo que me gusta es que un poeta sea capaz de contar lo más acendradamente humano (echar barriga, llenar maletas, vaciarlas, tener hijos, tener o no tatuajes) y, al tiempo, expresar un sentimiento universal que, las más de las veces, no podría ser contado si no se echara mano de todas esas pequeñas cosas, tan pequeñas algunas, tan de poco interés, con las que vamos construyendo la persona que somos o que nos dejan ser. Esa es la poesía de Mansilla, ese es su mérito absoluto. 

10

Los zíngaros / Qué podrá decirse cuando todo haya acabado, me pregunto. Cómo dar cuenta de lo vivido, de lo que pudo vivirse. Contarán los detalles, imagino. Tendrá uno la imagen de una llave "con la que abrir una puerta", aunque no haya puerta, ni siquiera llave, si me apuro. "La infancia viaja en el carromato de los zíngaros, / enciende una lámpara de aceite / y moja en leche migas de pan". Ahí esta todo, poeta. Esa es la poesía. Yo soy de los que piensan que escribir poesía (leer poesía) es hacer receunto (baldío, muchas veces) de lo diminuto, de todas esas pequeñas cosas con las que vamos haciendo camino (estoy pensando en Serrat y en Machado, inevitablemente). Todo lo que está diciendo adiós. Porque nos vamos despidiendo constantemente. Todo es un decir adiós a cada instante, pero el poeta (este poeta) fija una imagen: un carromato, un poema que es un "plumón disperso en la acera". Palabras que explican (tratan de explicar) el porqué "de una mancha de mora en la camisa". 

11

La muerte del padre / Se echa en falta al padre cuando no está. Se reproducen en la cabeza, es falsa esa súbita comparecencia, las conversaciones que no se tuvieron. Se esmera uno en echarle de menos, en estar bien, a pesar de su ausencia. Recuerda, más por añoranza que por otra cosa, el tiempo compartido. Se acuerda de que tenía una mano cerrada al morir. Se tienen esas cosas. El puño. La tensión. La esperanza de que la fuerza traiga una fuerza nueva y no se muera la sangre."Apretaba semillas en el puño / para sembrar de espliego los linderos de la muerte".

12

Pan, huevos, cebolleta  / La madre sienta a los hijos a la mesa. Humilde banquete, celebración de la rutina. Tú aquí, tú allí. Los sitios están concedidos. La escena parece una cosa teatralizada, pero era la vida la que nos guiaba, la que daba el nombre a las cosas. Qué verdad era estar juntos. "Mi padre, mi hermano y yo". Era el cielo. Lo dice el poeta. Nadie lo supo, ni la madre lo supo. Ella era la que había escrito la trama, pero no podíamos pedirle que restituyera las palabras. No leerá el poema del hijo. Si lo hace, sabrá. Tendrá de nuevo el amor a mano.

13

Grullas / Saber que las grullas rezan. Que son "sílabas de una oración". Será nuestro el reino si mantenemos los ojos cerrados, escribe el poeta. Habrá un dios, aunque nunca sepamos qué luz lo abraza, qué río nos hará volar para encontrar un sentido al agua. 

14

Contarse uno / Creo que lo que más me gusta de la poesía es la imposibilidad de que algo de lo que nos ofrece se comprenda. Sucede el mundo para que un gallo muera y no muera, dé algo para que los hijos sepan cómo era vivir entonces. El padre viniendo del trabajo. "... el claxon al volver a casa...". Lo que hace de escribir algo relevante es que uno pueda registrar lo que de verdad cuenta. Que el desamparo de la memoria no nos abata del todo. Que podamos escuchar el ruido del tiempo cuando se empecina en que no escuchemos.

15

Te beso, mi hígado / Todo lo que puede uno decir debería ser dicho. "Los dedos de Plutón hundiéndose en el muslo de Proserpina". Bernini hacer mármol de la carne. Mozart está melancólico y le escribe a su hermana: "pequeño pulmón, te beso, mi hígado". Mientras que yo estoy aquí escribiendo sobre un poema (Lo real, Manual para sacar un conejo de una chistera, Juan Ramón Mansilla") el mundo fluye, el mundo se agita, aletea, se le ve morir y nacer de nuevo. Como un muerto imposible. Como si vivir fuese un juego. Como si algo pudiese contenerse en un verso. 

16

Los esclavos de Puerto Príncipe / De lo que no existe qué podría decirse. De un bombón en una mesa o un lápiz (copio con esmero) o del alma de los muertos. Nunca he sobrevolado los Alpes y, sin embargo, he visto las montañas blancas, el precipicio del tiempo, toda la elocuencia del Danubio (qué lejos está, qué ciego su cauce) a primera hora de la mañana. "Hay que ser precavidos. Doblar la esquina de la página". Espera el futuro. La locura del hombre frente al hombre. El amor, oh, mi amor, no puede confiarse a las palabras. "Aquí no hay quien crea a los dioses". 

17

Cala Chica / Qué mar hay tras el mar, qué amar tras el amor. Serán herida la voz que nombra a la piedra y la piedra misma. La tierra se arroga el derecho a hablar. Están el espejuelo y la aulaga. Qué fonética más hermosa, qué inquietud al pronunciar espejuelo, aulaga. Me oigo decirlas. Las repite después. Para que queden. Por no quedar fuera. Por seguir algún tipo de rito del que no sé mucho o al que me entrego sin esperar nada. Como el tiempo. Como vivir como un ciempiés, vuelvo a citar al poeta. Él sabe del idioma de las piedras, él conoce la música de la esperanza. 

18

De Job / Pierde el que piensa en perder. Dentro de la cabeza de Dios "huele a sandía y brillan al sol escamas de peces". A mí me parece bien que pasen estas cosas. Quién diría que son falsas. Un milagro está a punto de comparecer. Esa inminencia escribe el poema. Es el cántico del hombre cuando se sabe hombre o cuando cree que podría haber sido posible llegar a ser hombre alguna vez. Porque no hay nada fiable en ese oficio: en el del anhelo de serlo, en el vuelo de unos pájaros, en la rendición (pìadosa, melancólica) de una criatura sencilla cuando se encomienda registrar lo sencillo. Pienso en Job, pienso en mí, pienso en ser. 

19

El frío, la infancia / Cómo me gustan los poemas que me hacen volver a la infancia. Saber por ellos que "la memoria es un pájaro / en la copa de un árbol en llamas". Hay versos que nos reconcilian con nosotros mismos. No sirve para mucho ese reconciliarse. Se pierden de nuevo los detalles, la minuciosa rendición de los años de entonces, cuando niños. No sabemos para qué sirve el tiempo. Tampoco se esmera en darnos alguna explicación sobre el motivo del frío. Pero hace frío después de leer. Tengo frío. 

20

Para que exista el aire / Para que exista el aire debe existir Dios, pero tenemos los pulmones rotos, tenemos el corazón roto, tenemos la vida rota. Respiramos para que la luz vibre al mecer la semilla del aire. El poeta Mansilla sabe qué es el frío. Nos lo cuenta y no se sabe bien qué nos contó, una vez contado. Me digo estas cosas para volver a leer. Para dar con la evidencia. La poesía es siempre un regreso. Hay que leer el poema cien veces, doscientas. En una de ellas recibimos una claridad, una contundencia semántica, léxica, espiritual, sobrenatural. Dura un instante. Luego muere un momento. 

21

Uncirse / "La calima" es un poema excepcional. Trata de lo que nunca sucede, de lo que conduce a la esperanza también. Para que el aire atraviese el aire y la tierra sea tierra sin que ni el aire ni la tierra sepan el oficio y deseen ser lluvia. De ahí el petricor, la danza de la luz en los esponsales del agua y de la tierra. 

22

De ángeles familiares, de mecánica cuántica / Nunca hay que confiar en los ángeles, en los magos, en los poetas. Vine el ángel, vino el mago, vino el poeta. Tuvimos la desviación exacta para que la línea no fuera la predecible. La sintaxis es un ejercito ciego. Todo es elusivo, ilusorio, evanescente, fragmentario, inefable: lo visto muchas veces hecho asunto inédito, hecho fulgor. Esa es la poesía del Manual, ahí está y, al tiempo, no está nunca. Se diluye, se desvanece, alcanza el rango de lo fantasmal. Como un cuento sobrenatural. No vamos a ningún sitio, no venimos de ningún sitio. Pareciera que siempre hemos estado sentados en la misma butaca y que el mismo mago (el mismo poeta, el mismo ángel) hace sus maniobras circenses. El conejo está, el conejo está. Como el gato de Schrdinger. Se advierte la tragedia, que es una operación doméstica. "Nada que decir, nada por hacer". 

23

Todas los poemas posibles / Leyendo "Manual para sacar un conejo de la chistera" tiene uno la convicción de que es de algo vivido de lo que se lee. Que es de uno de quien se habla. Que el camino de ida y el de vuelta lo andamos conforme leemos. Esa sensación de inexplicable cotidianidad. Porque  la realidad que esgrime (todo libro de poesía da una) no difiere de la que podamos considerar propia. "Lo que crece de nuestras manos / tiene el deber de cantar" (Resolución).  Da igual que estamos en la grupa de un "ángel negro". Todos lo son, al cabo. Ninguno es puro sin interrupción. Ni la vida lo es. Somos el poeta, lo somos al modo en que el fuego es el árbol en su lecho de muerte o somos el humo tras haber ido a tomar la "ültima clase de historia" y tener el monte cerca y perdernos adrede, felices en el extravío.

24

Lugares donde no se ha estado nunca / El corazón: nunca hemos residido en él. Tampoco sabemos qué dicen las inscripciones, las palabras celosas de su significado. "Puede ser el río que quedó varado en el ayer" (Nochevieja en el Nilo). Siempre viene esa imagen: la del río fluyendo, la del tiempo reacio a que se le confine en un reloj o en un verso. La niebla del tiempo, su sed de cauce. Y qué festejo habitar la casa que somos: su "sol de mediodía", su "taza de leche", los "cuartos vacíos", pero (más que nada, con enfebrecida hambre) el dibujo de "las migas de pan" en el trayecto que va de un día a otro. Yo creo (estoy por creer, este libro es para creyentes) que todos los poemas tratan sobre el tiempo, sobre la mecánica de los versos al sucederse o al medir qué herida harán en quien los lee con el loable propósito de dar con algo relevante. Y no lo hay y todo es relevancia, milagro. "El poema si es zurdo se escribe a contraluz" (Poética y Cía.). La poesía es levógira, inexacta, completamente inútil. 

25

Un Pollock / Con qué llenar el día, salvo contigo. Al leer a Juan Ramón Mansilla sucede algo extremedamente curioso, y razonablemente lógico (perdonen la insistencia, la reiteración) también: uno desea (ya lo he dicho) imponerse la tarea de seguir la tarea que él se encomendó y darle vuelo nuevo. Porque es de volar de lo que se trata, al fin y al cabo: de hierba, de hormiga, de pájaro (Cuaderno de arte). 

26

La decantación de la sombra / La poesía es una decantanción sublime. Se advierte en el volcado sutil de los versos de este libro. Está la caída del árbol. Ahí la manzana resolutiva, la devoción a las leyes de la física, la observancia de un protocolo hasta que ya no es manzana: ha retirado su oficio antiguo, es otra cosa, pero no manzana. Pero hay que "subir al árbol". Contemplar desde la copa el invierno. "Ser invierno" (Cómo ser y cómo no ser manzana)

27

"Camino como si escribiera el principio de una frase" / Estar tentado de volar, escribe el poeta. Caminar como si se empezara a escribir. Yo leo como si me costara caminar, pero "nunca esrtuve más tentado de volar" (Monólogo del funambulista). 

28

Chet / Es posible que Dios desafine para que todos sus ángeles pierdan el compás. Hay frases que justsifican un libro entero.

29

"Almendra lagarto" / (Tapiz de la tarde) Se escribe sobre la ceniza. Está ahí para que la registremos. Es tan solo preguntarse del porqué de todos los pájaros caídos en desgracia, sujetos a la tierra, hechos raíz o almendra o lagarto. También cáscara, cotiledón. Es la primera vez que leo la palabra cotiledón en un poema. Eso también es poesía.

30

Con la sección sin título / Hay una cita de Homero, de la Ilíada. Otra de Carl Phillips y otra más de Wislawa Szymborska. He estado un rato tratando de componer un sentido al hecho de que esas tres citas prologuen una parte del libro. Tendría que dar con el motivo para que todo fluye más tarde con más benevolente ahínco. No doy con ninguna conclusión fiable. No me ayudan los dioses antiguos, ni la luz cuando desmenuza la nieve, ni el morir de un gato. Con todo, sigo pensando. 

31

Hipótesis sobre la propiedad transitiva del verbo / "En un agujero el viento sopla y todo es canto". La naturaleza del viento es la contención, a pesar de su fiebre de aire. Un agujero puede contener otro. El viento es muchos vientos. La palabra deja un rastro de piedra o de grumo, pero es la piel la que al final permanece. Da igual que se agriete o que exhiba un apresto roto, como de frase repetida muchas veces y hueca. Estamos a expensas de lo que las palabras erigen como ventana o como agujero. El poeta mide la distancia que hay entre lo que sabe y lo que cree saber o entre lo que se le ha confiado y lo que espera que se le entregue para que pueda escribir el poema. No podrá ser escrito, ya lo hemos dicho aquí. El poema no existe, empieza a desvanecerse en cuanto el poeta o el lector lo concluyen, da de sí hasta que se pronuncia. 

32

Qué es un mapa / No será otra cosa que un rumor de algo sin peso. Se nos verá en su trama. Podrán poner el dedo sobre nuestra cabeza o hacernos caer una vez y otra hasta que parezca que nunca hemos estado en pie y seamos "ríos minúsculos que no llegan al mar". (Geografía) Pero el mar es el morir. Un mapa es una evidencia de la locuacidad del aire. Se ha dejado pesar el aire. Está en la mano que tantea su volumen invisible, su condición de fantasma. 

33

Mientras el poeta tenga en el pecho toda la vasta extensión de la luz sol / Lo mejor es no estar nunca solo ante la muerte. Morirse es lo último. En la espera de que llegue la muerte, en el trayecto que va de la metáfora hasta la metáfora, pisamos charcos, miramos hacia atrás, como la mujer de Lot (Verano de 2024) y pedimos sin saber que algo estamos pidiendo que alguien escriba una elegía a los gorriones o a Platón o a la calima canalla de junio en la que el cuerpo empieza a comprender el cansancio del frío.

34

El poeta Juan Ramón Mansilla y sus dos caballos / Siempre quise tener un Citröen. Me hubiese gustado mucho pronunciar la marca del coche cuando se me preguntara. Hacer que las sílabas atronasen o darles una sutil danza en el aire para que quien escuchara apreciese mi adoración absoluta hacia ese coche. Yo creo (sigo pensando, dando tumbos, yendo de aquí para allá, ese es el propósito de este escrito) que no cuenta tener un coche, ni la tierra misma, ni un cuerpo al que cuidar y del que sentirnos moderamente orgullosos. Cómo podría alguien presumir de algo tan falible, tan ocupado por el deterioro. También se podría decir que tenemos un bosque. Cómo no va a ser eso posible. Basta pensar: tengo un bosque. Decimos: tengo un hijo, tengo un disco de John Coltrane, tengo almendras, tengo frío. "Los árboles son ajenos a la tierra". ( Bosques). Yo mismo me he sentido de pronto ajeno a mí mismo. Como un bosque. Como un Citröen. 

35

 La escritura no huele / Todo lo que escribimos es frágil, apenas un silencio que precede o antecede a otro. Una piedra, placebo de la eternidad. "Entonces, preguntó ella, ¿miente el poema / cuando habla de amor". No, me atrevo a decir que no. Porque ningún poema es de amor. El amor no tiene nada que lo haga firme al modo en que es firme un árbol o una piedra de los que nada se sabe y están sin que nosotros debamos tener conciencia de su estancia. Un poema no existe. Ni catorce. Este libro (magnífico, dejadme ya por fin decirlo) de Juan Ramón Mansilla es algo extraordinariamente paradójico. Por un lado da de sí cuanto puede dar de sí un libro de poemas y, por otro, no alcanza a adquirir la consistencia de algo corpóreo, de fácil transporte, de sencilla acomodo en la realidad. Qué díficil debe ser tener algo de lo que partir, debió pensar el poeta Mansilla. Qué haré, qué libro haré, cómo podré insistir en mi convicción de que estoy haciendo un libro que van a leer y del que se van a sacar conclusiones, una, dos, trece. 

36

 Celan / La lengua de la poesía es el pan, es la lengua, es el aire, es el atardecer. También lo que no se puede meter en una caja y, sin embargo, debe meterse y saber que estará ahí para que alguien la abra y sepa. La poesía es algo de lo que no se puede saber nunca mucho. Como de vivir. "Alguien llega de afuera / embala sus libros en una caja. / Deja la caja en un cuarto. / Y se va". (Leyendo a Paul Celan) Eso pasará cuando pasen un mes o dos o tres años. No me acordaré de este libro, pero será ver un conejo (he nombrado al conejo, pero podría haber nombrado ceniza, hueco, Chet o polvo) para que de pronto todo vuelva a hoy, último día de marzo, en el que escribo y me desahogo. 

37

 Cosas en una nevera / Qué habrá para que un poeta decide poner un título u otro., qué artificio o qué luz o qué volunto harán que unas palabras prosperen y otras no. Tal vez deba prepararse el escenario. Fijar un atrezo, ninguno. "Elegir la impedimenta más acorde a la tramoya". (Manuel para sacar un conejo de una chistera). Algo que me ha gustado mucho y con lo que llevo parte del día en la cabeza (cuando podría estar en cien otras cosas): "abrir la nevera, sacar un naipe o una zanahoria". Es la nevera el depositorio que nunca hubiésemos esperado. Un homenaje al frío. Al afinador de los pianos del tiempo. El poeta (ya acabo) se propuso hacer una receta. Dio los ingredientes, las instrucciones (sofreír, verter, dejar cocer, triturar, usar cuchara de palo, le cito una vez más). Y esperar a que el conejo irrumpa, a que la magia (las metáforas, la poesía, el decir sentido) irrumpa. 

38

Coda / No he sabido escribir una reseña sobre este estupendo libro de Juan Ramón Mansilla. Lo fui leyendo y fui dejando notas conforme la escritura fue avanzando (se lo dije el otro día a Paco Caro al final de una larga conversación telefónica). El escribir sobre lo leído lo hacía más cercano que la única ocupación de su lectura. Fueron las notas cayendo, las fui guardando. No las he corregido. Tal vez debiera. Albergo la esperanza de que el lector se decida a buscar el libro. Yo soy el accidental acicate, la enzima, el inductor. Si este extravío sirve para que alguien lo busca (lo lea, lo sienta, lo crea) esta reseña inverosímil habrá valido la pena. Hago aquí constar el más que entusiasmado (y maravilloso) prólog que Rafael Escobar hace en las primeras páginas. 





23.3.26

Una poética baldía

 El propósito de la literatura es alucinatorio. El lector es un fantasma. No se sabe que esté, no se tiene conciencia de que comparezca. Un abismo separa a la palabra desde que alguien la escribe  hasta que otro la lee. La escritura es una enfermedad dulce. 

 El propósito de la realidad es alucinatorio. El que la registra es un fantasma. No se sabe que esté, no se tiene conciencia de que comparezca. Un abismo separa a la palabra desde que alguien la pronuncia  hasta que otro la escucha. 

Escribir es una enfermedad dulce. 

Hablar es una enfermedad dulce. 

El hecho matricial (con su mapa de agujas marcando un mapa mudo) es la ignorancia. Nada sabemos, nada puede saberse. Todo es una tentativa débil de algo frágil. 

22.3.26

Yo no soy yo exactamente

 Al principio uno se desdice sin empeño, pero con prontitud, motivado, adquiere destreza y se gusta en la impostura. Cree tercamente que hay que convenir un criterio y esgrimirlo con oficio y hondura. Con malicioso embeleso se afana el ingenio en recusar lo que no acepta y sostener esa objeción sin verdadera fe, únicamente por el disfrute de la contienda. Creer por probar, amar sin saber, tener sin saber qué se tiene, en ese plan. A veces conviene imponer una distancia, no acabar por sentir lo que se manifiesta y ejercer la discrepancia desapasionadamente, exento de las trabas del corazón, que incurre en debilidades y flaquea a poco que se le pone en una situación de riesgo. En la desavenencia se está bien, hay en su cuerpo combativo un heroico apresto de épica, un convencimiento sincero de que no importan los motivos de la liza, sino su desempeño fiable, la consecución de su propósito, pero el ocupado en estas cogitaciones de su intelecto ocioso acaba por cansarse, así que recula, se retracta, accede a desandar el fatigoso camino recorrido y decide refutar su discurso, inmolarse, verse en el otro, en quien aplicó sus impugnaciones. Luego, una vez experimentada la disidencia, el diletantismo, la madre que parió a la burra y los etcéteras de los próceres del bienestar y de la derecha del Padre, uno vuelve a casa, se deja caer en el sillón de orejas, el favorito, y se lee unos poemas que lo conmueven extraordinariamente. Cae más tarde en un sueño plácido. Lo mecen los estros, cae en la cuenta de que tiene a mano el numen secreto de la danza del cosmos, aunque no sepa verbalizarla, darle aplomo tangible, esa especie de cartesiana rotundidad con la que a veces deseamos que se nos agasaje cuando estamos desamparados, huérfanos, más etcétera.

He conocido gente (la he visto con frecuencia, la he tratado cercanamente incluso) que ha practicado esta reversibilidad de su juicio con absoluta brillantez. Ahora blanco, luego negro. El blanco y el negro con probado magisterio. Sabida esa veleidosa inclinación moral o estética o intelectual, se les escucha con deleite. Da igual qué digan. Nos conformamos con la música de las palabras, con el deleite de la sintaxis, con la flor por fin abierta y solícita. Se asemejan a esos actores que recitan un texto sin que se aprecie otra cosa que ese texto y el concurso preciso del vehículo que lo emite. Nos importa poco que sepamos la condición de ficción del asunto. Mienten, no se creen lo que dicen, pensamos. Pero nos hacen sentir que es verdad, que ellos creen y, por el arte de la elocuencia, nosotros también. Lo de menos es atribuirles una voluntad interior, una convicción íntima. Lo que propugnan es material por completo ajeno y es esa ausencia de propiedad el valladar más férreo del que se valen para enarbolar sus principios. Se le concede a Groucho Marx la autoría de la frase «Estos son mis principios; si no le gustan, tengo otros». El influjo de la cita es amplio. Su ironía ha sido desatendida y se ha leído con atroz literalidad. Lo de los principios (su rigor, su estancia) es en sí mismo un principio mudable.  Cabe aducir, en descargo de los que varían los suyos, que hay ocasiones en que podemos sentirnos urgidos a reconsiderar nuestras valoraciones y acoger con entusiasmo las contrarias, que de esa incuestionable vocación de permeabilidad y de retractación surgen las civilizaciones, que de los espíritus menos fanáticos emana la evolución del pensamiento y la consolidación de una convivencia armónica. Cabe hasta aplaudir que en alguien prospere el vivo reconocimiento de que ha errado y admite sin que duela la variación de su criterio.

Yo mismo he mudado de parecer con frecuencia. Me acomodo bien en las novedades. Extraigo de ellas las motivaciones para arrimar a mi ánimo lo que más lo conforte o consuele. Hay, no obstante, consideraciones irrenunciables, modos de pensar o de sentir, inasequibles al desaliento, de las que no importa que no coincidan con las mayoritarias o que incluso las contravengan y exhiban alguna singularidad. Son precisamente esas las que hacen que uno medre en sí mismo, haga converger en su persona los primores de la existencia, no se sabrá cuáles habrá y si harán más daño que beneficio. Como el habitante del maravilloso poema «De vita beata» de Jaime Gil de Biedma, confinado en su país inexistente (cito de cabeza), sin mucha hacienda y ninguna memoria, viviendo entre las ruinas de su inteligencia. De esa ruina hermosa del poeta, en algún pueblo junto al mar, como la desgraciada Annabel Lee del atormentado Poe, como un amigo al que hace un siglo que no veo y del que tengo el vivísimo recuerdo de que disfrutaba en la tragedia y, oh paradoja, oh gran misterio, se sentía entristecido cuando todo soplaba a su favor y los hados (ellos quiénes serán) lo miraban con arrobo. Así que, déjenme decirles, yo no soy yo exactamente, ningún yo me representa, no habrá alguno al que dispense un afecto especial. Me gustaría manejar unos cuantos. Ser aquí uno entre muchos, ninguno quizá más tarde, ser todos si me place.

20.3.26

Elogio del azar



No se apremia uno por medrar, no se obceca, no lo considera en esencia un norte sobre el que conducirse. Ni antes, cuando tal vez convenía o estaba bien visto, ni ahora, cuando la edad nos da otra manera de ver las cosas y el peso que hacemos de ellas no es tan severo, ni tan rígido. En todo caso, confiamos en el azar, en que el azar nos abra un camino y nos censure a su secreta manera otro, en su contribución a la aceptación de que somos lo que somos y no se precisa ser más. Le dejamos a veces al azar el recado de la escritura de ese proyecto de vida. Cuando se alcanza un logro relevante no es por obra exclusiva del talento o del trabajo, pensamos. El azar intercede, el azar se involucra. Y cuando fallamos, cuando no alcanzamos esa cima, pensamos que no lo desbarató nuestro escaso talento o el ineficaz trabajo, el poco constante, sino que fue el azar. Vivimos felizmente delegando todo a esa criatura falible, voluble, maravillosa a veces y lamentable y triste otras. Lo que acabo de escribir es el azar el que lo ha pensado, lo que estás leyendo es el azar el que te lo ha contado. De no ser así, cómo entender entonces que sean unas y no otras las palabras, que encajen como lo hacen, que se censuren a veces y no irrumpan alocada o ciegamente, dejando al que las dejó en una posición de evidencia, alocada y ciega también.

19.3.26

La memoria del jazz


 La memoria es un atlas ciego. Uno recuerda a tientas. Cree dar con algo que puede imponerse a la realidad, personarse, como si fuese orgánico, como algo que estuviese nuevamente vivo. Hoy he sentido una de esas pequeñas epifanías del espíritu sensible al descubrir en la maraña de las plataformas de música este disco al que había perdido la pista hace (seré exacto) cincuenta años. Lo compré (y lo extravíe) en una de esas tiendas de discos de segunda mano en la que encuentras tesoros a precio razonable o incluso irrisorio. No creo que pueda explicar qué brinco dio este corazón mío al volver a ver la portada y, más que nada, al escucharlo otra vez. De la mano del disco han venido recuerdos que también estaba en esa bruma insensata que nos impide tener a mano todo lo que nos hizo feliz en una época. Ha vuelto el primerizo amor al jazz, que ahora es sólido y no para de crecer. Estamos los dos, el jazz y yo, bien. Somos una pareja maravillosa. Grappelli y Venuti son mis mejores amigos en este jueves atareado. Ya estoy en casa. Me lo voy a poner esta noche entero. 

15.3.26

Diccionario de asuntos perdidos / 3 / Deuterogamia y komorebi

 

Deuterogamia es vocablo referido al hecho de contraer segundas nupcias.

Komorebi es término japonés intraducible que describe la luz del sol al filtrarse entre las hojas y las ramas de los árboles. 

Más que cualquier otra cosa, puestos a componer una estadística, es el hecho de que no haya encontrado con qué nombrar a quienes contraen terceras o cuartas nupcias. Tendría que haber una nomenclatura precisa para cada pequeña circunstancia a la que uno asista y de la que desee más tarde dar constancia. Sucede con triste frecuencia que hay cosas que nos pasan que carecen de un vocablo que las fije y así poder prescindir del pormenor del relato. Son sentimientos ecuménicos, sensaciones que se comparten invariablemente, pequeñas epifanías que no se avienen a las entradas de un diccionario. La felicidad de encontrarlas es comparable a la que produce asistir a su manifestación, a la comprensión privada de su significado. Hay una que aprendí y de la que no me desprendo, aunque la haya sentido poco y no no espere que se prodigue en la vida que me quede por vivir. Se refiere a la luz del sol que se filtra a través de las hojas de los árboles y que se mueve con los vaivenes del viento. Hay una palabra para cada ruido, una que registra cada silencio. Se llama "komorebi". Los diccionarios son vastas extensiones de amor puro hacia la vida. Lo que nombramos, por el hecho de ajustarlo al recinto de las palabras, nos pertenece. Es nuestra la luz que se filtra y se mueve entre los árboles por el viento. No sé si hay una palabra para la sensación de poner el pie en el suelo, nada más levantarte, y sentir que el día preludia la inminencia de algo maravilloso, una especie de milagro que se cierne, o si en alguno de esos maravillosos diccionarios existe la palabra que encierra la emoción que se produce cuando la lluvia suena detrás de un cristal y tú estás embutido en una bata de paño grueso, arrimado al brasero, bebiendo té y leyendo a Charles Dickens. Tal vez quien ha sentido en carnes propias la deuterogamia sepa del komorebi y se solace (qué hermoso verbo, pardiez) en la búsqueda del bosque favorable con el anhelo de que encuentre en él a su nueva pareja. Deberán ser dos amantes de las palabras. Yo creo que ese amor es rocoso y no se viene abajo cuando lo asedian las vicisitudes. Tantas hay. 

Elogio y refutación del vino

 Se le da al vino el mismo rango que a los dioses, ocupan el lugar que ellos, se le invoca para apartar el mal o para aplazarlo o para encontrar la luz en el reino de las sombras. O para alcanzar cierta plenitud que no siempre está a mano en el reino de lo real.  No hay nada que rivalice con él cuando uno desea esconderse del mundo o cuando el mundo se atarea en contrariarnos o apenarnos y solo cuenta ignorar su influjo, dar con lo que nos ciegue y consuele.

Tiene el vino su ascendencia litúrgica, la de la vid y el trabajo del hombre. En el ofertorio divino es el vino el que nos recuerda la inmortalidad, es él quien se basta para explicarnos la semilla de la que procedemos y la eternidad a la que secretamente aspiramos. Somos cuerpo eucarístico, cuerpo tomado por la uva terrestre y por la uva celeste, por la esencia de la tierra, por la lujuria ebria y dulce y metafísica. Porque el vino es filosofía. El hombre mira hacia su adentro y descubra el alma y la consuela con el vino.

Los humores torpes y estúpidos son borrados de cuajo, dijo Shakespeare del vino, quién sabe si ocupado por su aliento. La palabra se vuelve aguda y el espíritu, a medida que se empapa, se libera de la cárcel del cuerpo y toma vuelo y festeja la plenitud del aire. El ánimo se embravece, la mirada se limpia, aunque mire turbiamente si la ingesta es excesiva.

Borges, en su famoso soneto, lo hermanaba con la alegría, le encomendaba mitigar la tristeza.

Celestina decía que no había conforte mejor para adentrarse en los bosques de la noche que unas jarras de vino, que no sentía frío en el crudo invierno ni tampoco calor cuando ajusticia el sol en las siestas del verano. Que el buen vino daba coraje al cobarde y diligencia al apocado. No hay mudanza al trasegar de los siglos: el cobarde se agiganta y el apocado se envalentona.

Ernest Hemingway dijo haber bebido muchísimo, pero casi nunca cuando escribía. Eso podría pasar hasta por un engaño de curso literario. Como un recurso estilístico. Admitió que el ron de Martinica le hizo calentar el gaznate y el alma (siempre ella tan cerca) en la cafetería parisina de donde salió “Paris era una fiesta”. También cinceló otra máxima: «Escribe borracho, edita sobrio».

Kerouac dijo ser católico y no poder suicidarse, pero planeó beber hasta matarse.

Sinatra desconfiaba de quien no probara el alcohol. La desconfianza adquiría una consideración mayor si había jactancia de esa anomalía.

Faulkner queda ya imborrablemente como el emperador de la botella, con permiso de Lowry, me dejo decenas, seguro. Faulkner era ágrafo sin ella, y locuaz y lírico y hasta sublime cuando la empinaba. No se podrá concluir un veredicto desfavorable sobre la pertinencia de que el artista (el escritor, el músico, el pintor) se inmole para el peregrino propósito de que su obra resplandezca y nosotros disfrutemos de su arte.

Neruda, en su oda, le creía inteligente, capaz de extraer de quien lo bebe las palabras cabales, los deseos más limpios.

Del vino a veces se tiene también la idea de que nubla el tino y lo embarranca. No es así del todo: lo que hace es borrar eventualmente el sentido común, que es el fiable y al que debemos nuestra estancia en la tierra, pero no siempre es deseable que ese sentido común perdure siempre y en todo momento: conviene de vez en cuando que nos abandone y nos permita volar, perder la confianza del suelo y mirar desde arriba para comprender lo que muchas veces no se entiende a ras de suelo.

No se sabe con certeza a qué hemos venido al mundo, pero es probable que el vino nos invite a descubrirlo. Parece que hiciera su trabajo a la callada, sin alarmar mucho a quien lo ingiere, pero predispone a pensar con anchura de miras (como otros dicen sin beber ni haber bebido) y a aceptar lo que no se acepta cuando se está sobrio y no hay indicio de que el pulso esté acelerado y la sangre circule con entusiasmo y brinque y cante.

Todo el que es demolido por el vino es porque no se supo conversar con él y dejarlo cuando las palabras todavía se entendían y no se había enseñoreado como sabe, haciendo flaquear el sentido común. Fracasa el vino cuando confunde a quien lo ingiere, cuando lo abate y no deja rastro de su hermosa travesía, sino hundimiento y anulación. No es ese el vino del que hablamos, no anima estas palabras de elogio, no las considera siquiera. Todo elogio contiene una admonición. Cualquier atisbo de luz alberga una porción de sombra.

El nombre es vino, pero el nombre no importa. Lo que se bebe es la tierra emancipada de su claustro, la decantación del complacido fruto de su vientre, que se ofrece para que la vida sea menos vulgar o para que el tiempo que se nos concede en ella se aligere de tragedias, se expurgue de pesadumbres y se limpie y así, aligerada, expurgada y limpia, la vida sea tan sólo belleza, el tipo de belleza que uno saborea en los labios y deja que se demore garganta abajo. Bebemos al hombre cuando lo acercamos a la boca y dejamos que haga su oficio antiguo. El vino es historia, es la historia.

El nombre es vino, pero el nombre no importa. Lo que se bebe es la voluntad de algún dios caprichoso y rudimentario, que hizo el mundo y se entretuvo en hacer que alguien (dicen que hace más de veinticinco siglos, al norte de Irak) lo sacara de la tierra y lo escanciara en una vasija entonces, ahora en copas de cristal finísimo, hermosas copas que custodian el sacrificio de la uva en la boca.

El vino, en todo caso, es una invitación a amarse uno mismo. Casi un imperativo lírico. Como una especie de anhelo metafísico. No hay oficio más satisfactorio que ese. Mientras se bebe, se escuchan confidencias, se deja uno llevar por la euforia de esa alegría sencilla y saca de sí lo que no sabría o no querría sin la intervención bendita del vino.

Hay buenos vinos y malos bebedores, escuché una vez. Se habla más y se escucha más mientras sujetas un catavinos. Lo comprobé ayer. No habrá otra bebida que tenga en su custodia tantas confidencias. No creo que haya otra que guarde mejor los secretos. Los vinos tienen buena memoria.

Igual que al orgasmo se le llama la pequeña muerte, también la embriaguez posee ese arrimo de sublime catarsis, aunque la resaca nos conmine a no incurrir de nuevo en festivales de la sangre.

La mala fama del vino es justificada, añado (iba a escribir añada, discúlpenme). Se han visto vidas arruinadas por su culpa. Tragedias. Guerras. Sangre. Muerte. Todo lo terrible que existe y creemos lejano, pero que irrumpe y nos somete. Es el vino, con triste frecuencia, el que acerca al débil a la contemplación ensimismada y dolorosa de su debilidad. Duele que no se sepa cómo manejarse cuando se le tiene cerca. Porque podríamos saber beber igual que sabemos respirar o poner un pie tras el otro y hacer el camino.

En la euforia de la ebriedad, uno se jalea a sí mismo, se da ánimo, no deja que la alegría decaiga, se cree incluso póstumo, a salvo de los rigores de la realidad, sobrevolándola o venciéndola, como si los momentos de la curda fuesen una clausura de algo, que no tiene que ser necesariamente la vida, pero que se le parece más de la cuenta.

El lenguaje tiene una riqueza enorme para explicitar el estado de embriaguez. Se coge un verbo y se le da la transitividad adecuada: pillar una cogorza, dormir la mona, coger una tajada, una trompa, un ciego, una mierda, un tablón o una castaña. Este desplazamiento semántico es de índole popular y no hace pensar en si es grosera o no su verbalización: se limita a airear una poética de la borrachera, que es asunto en el que las metáforas se acomodan con precisión. La abstinencia no tiene el predicamento de su reverso: se ve que el pueblo es más de excederse que de comedirse: la mesura o la sobriedad no dan para que el ingenio resplandezca y las palabras se desboquen. Hay verbos espléndidos para escenificar ese tránsito de la calma al caos; de la templanza, tan rigurosa y precisada, al desquicio, tan brusco y contraproducente: achisparse, ahumarse o ajumarse, abrumarse, apiparse, ponerse pedo, columpiarse, tajarse, pimplarse, mamarse, ir colocado, dormir la mona, empinar el codo, empiparse…

También cuenta en este elogio (con su refutación debajo) la literatura de su ingesta. La hay, y a tutiplén. La dipsomanía tiene un rico acervo léxico con el que se le da la dimensión de milagro sensorial al líquido que se ingiere y al sabor que procura: el beodo es el centro de una lexicografía vasta, se advierte un mimo en la producción de vocablos, una inventiva de raíz ancestral que va incrementándose con los tiempos y agrandando su leyenda. Hay hasta reducciones antológicas: basta un verbo, cargar, para que el imaginario colectivo componga el texto elíptico. Si alguien va cargado, no hay quien imagine un peso físico, tangible, sino otro espirituoso, etílico. En ninguna de estas taxonomías estrictamente semánticas hay un desafecto por el contenido referenciado. Apenas se le reprende, no hay una admonición hacia el hecho de beber, ni siquiera un asomo de desafecto: es el humor el que campea, la constatación de que los borrachos, salvo cuando se violentan y pierden el tino, son patrimonio de la cultura de un pueblo y se les debe un repertorio adecuado de apelativos, las más de las veces cariñosos.

Los devaneos del espíritu con el alcohol son dionisíacos, su amistad antigua, provienen de bacanales, se aposentan en la mismísima historia de nuestra civilización, que fue siempre alegre en el dispendio de los licores, ya sea para aliviar el trasiego de los días o para apaciguar los dolores del alma, que es una noche oscura de la que sabemos poco. Muchas veces imprudente esa inclinación al beber, al loco perderse en la bruma del alcohol.  El que se achispa o se embriaga o se taja (he usado las tres primeras que me han venido a la cabeza) tiende a cumplir ciertas fases que los doctos en la materia (no exentos de razón) dan como ineludibles. Primero hay una exaltación del compadreo, luego una euforia, una alegría pura, inusitada, que suele aderezarse con cánticos del terruño o con chistes groseros o con sentencias de un rigor filosófico absoluto. Ahí se puede advertir ya la primera evidencia de que la lengua se ha envalentonado y tira hacia donde le place. Hacia Dios, hacia la muerte, hacia el amor. Será la santa Iglesia, Dios Padre, los políticos o la madre que nos trajo al mundo. Todo es útil, cualquier argumento cuenta. En la cuchipanda, en su exaltación de los sentidos, en la sobreexcitación, el ebrio perora, diserta sobre lo que sabe y sobre lo que no, lo cual no es exclusivo de ese estado de embriaguez, sino que sucede invariablemente en circunstancias variadas, sobrias muchas de ellas. La libación alcohólica es un hecho incontestable de la cultura. Es generosa su historiografía, casi su santificación. Primero fue el vino, que es la madre de todos los licores.

La misma comida es con frecuencia maridada con caldos de la tierra. Se eligen los afrutados, los aguardientosos, los amoscatelados, los de denominación de origen, los efervescentes, los consistentes, los enturbiados, los equilibrados, los pastosos, los contundentes en boca, los sedosos, los suaves, los que traen aromas a madera de Ceilán, los jóvenes y ligeros, los pálidos y de poco apresto, los impetuosos, los persistentes, los de garbo e ímpetu más allá de su trago, los herbáceos, los que tienen buqué, los balsámicos, los aromáticos, los aterciopelados, los armoniosos, los apagados, los aguados, los vigorosos, los rosados, los florales, los nectarinos, los pecaminosos, los de ambrosía, los de la santa misa tan santificada, los de las exequias cuando el muerto yace en la honda tierra, los poco o muy oxidados, los peleones, los que traen versos de la Roma Antigua, los de la farra cuando no se sostiene el pulso, los rancios, los dulces, los que huelen a lluvia recién caída, los que rajan la garganta y hacen que tremole el corazón, los redondos, los de geometría difusa, los de la música del corazón, los de apaciguar el alma, los de las celebraciones, los de las penas, los rumbosos en sabor, los que no tienen nada más que vértigo y fuego, los de la sed, los de la soledad, los del desamor, los de solera antigua, los sulfurosos, los sutiles, los excéntricos, los tabernarios, los turbios, los limpios, los tumultuosos, los avinagrados, los espumosos, los de somnolencia suave o bizarra, los fogosos, los ligados, los sedosos, los tánicos, los terrosos, los ásperos, los amargos, me habré repetido, y juro que he tenido cuidado.

11.3.26

Diccionario de asuntos perdidos / 2 / Acrimonia


La acrimonia es la aspereza de las cosas, especialmente al gusto o al olfato. También el desabrimiento en el carácter o en el trato. 

Creo recordar que la primera vez que la leí fue en un texto de Borges en el que hacía mención del tabaco y su agradable dureza al "enardecer gustosamente la garganta". En el tesoro pintoresca de nuestra boscosa lengua hay palabras que poseen la expresiva rotundidad de lo inefable. Dan, desde su misma fonética, una brusquedad que incita a que se deslengüe la mesura y uno se manifieste crudamente, precipitado a arrepentirse más tarde, pero feliz por envalentonarse, por convidarse de ese gusto a metal fiero que da lo acre. El acrimonista no siempre se desdice. Los hay que se jactan con copiosa verborrea, también malairada, de facundia tosca, de pura mala baba semántica. Es término emparentado en ocasiones con lo mordaz o lo malicioso. No siempre lo azuza el ingenio, aunque se aplaude que haya quien se maneje en esa caústica, incisiva mordiente, rayana con el sarcasmo, con (dejenme que me explaye) con lo vitriólico, que no deja de ser ácido sulfúrico. Es acrimonia vocablo que puede cauterizar a otros. Hay palabras que se despeñan y lastiman. Otras, pagadas de sí, jamás sucumben, se izan, adquieren el rigor de la piedra o del plomo. Quien se acostumbra a la acrimonia carece por completo de ternura, es refractario a lo blando o a lo permeable. No sé si he visto yo mucha acrimonia en gente cercana, con la que convive, es probable que alguien haya habido al que la memoria, con la diligencia habitual, ha retirado de su acervo léxico. Tampoco podría asegurar que, en alguna ocasión, quién sabe obligado por qué circunstancias, me he dejado yo mismo llevar por la ira o por el mal humor y mi boca (nunca yo) ha proferido frases hirientes, del tipo que nada más ser pronunciadas queman el aire y se percibe ese olor a podrido o a muerto. Hoy, sin embargo, me he percatado de que abundan los que así se manejan. Los vemos en televisión a diario, ocupan textos sesudos en la prensa. Entre la dura costra de su vocabulario, embutido en ella también, advertimos (todos gente de buen corazón los que hacemos tal cosa, advertir) que ni siquiera saben las consecuencias de sus bravatas, la insensatez de su discurso, los graves males que esas alocuciones traen al mundo. Digo al mundo, digo a esto que hemos ido construyendo para que la convivencia proceda de la inteligencia y del respeto y también de la belleza. Están enfermos de delirio, lo cual no puede medicarse bajo la forma de ningún fármaco conocido, sino con la defenestración de la poltrona en la que aposenten su grosero culo por la majestuosa y bendita instancia de las urnas. Pero hay pueblos que no ven el mal, hasta lo jalean. Ven en él un salvoconducto al bien al que absurdamente aspiran. Un bien izado sobre montañas de muertos. Un bien que nace con la boca tapada por la ceniza de todos los libros en que hubiese leyes. No hay ley cuando la acrimonia vence. Serán todos ellos, los que la detentan y practican, gente de mirar avieso, cuando no fúnebre. Sostengo que están muertos, aunque hagan sus bailecitos, den ruedas de prensa y hablen con ignorancia. Es que no hay inteligencia cuando acudimos al Armagedón. No se ve a Dios en el final de los días por la misma razón por la que es probable que tampoco se le viera en los primeros. Me enviaron hace poco uno de esos chistes hechos con personajes reales a los que se le escriben frases que no dijeron, como una IA muy de andar por casa, de nivel bajo, casi analógica. Se veía una escena de "Sopa de ganso", la película de los hermanos Marx. Gloria Teasdale, la siempre eficiente Margaret Dummond, le dice a Rufus T. Firefly, el siempre desternillante Groucho Marx, que cree que tal tipo (podrán deducir quién) ha sido enviado por Dios, a lo que su interlocutor contesta: "¿Por qué? ¿Se le acabaron las otras plagas?". Son tiempos ásperos, corto me he quedado. Parece que no hemos aprendido nada. Estamos como si acabáramos de empezar a repartirnos el fuego y los animales, la tierra y la lluvia. Como si todo lo avanzado, tantas cosas hubo, haya sido en balde. Hemos regresado al comienzo. Pronto descubriremos el lenguaje. Hay palabras que nos hacen sentir el pesismismo como el que siente un dolor en el pecho o le sobreviene una tos que no nos deja hasta que nos rompe la garganta y la voz. 

9.3.26

Las crines / 20 notas sobre la novela de Marc Colell

 


1 / Admiro el despropósito, lo concibo como algo de lo que la literatura, la misma vida, debiera impregnarse de cuando en cuando. Lejos de ser una idea cerrada, de parecer una palabra peyorativa, el despropósito es la instancia primera desde la que a veces se concibe la creación misma. Admite la controversia, el decir y el desdecirse, el avanzar sin que parezca que suceda el avance, y permite que a esa idea la ronden otras, no necesariamente las previstas, para que se consolide o se cancele lo que quiera que se esté fraguando o para que, en el debate, se alumbre un término medio, una especie de solución consensuada en la que la ficción (descomprometida, libre por naturaleza) se convida de realidad (tan agreste, tan de poco vuelo metafórico). Hay que hacer esta reflexión para escribir esta reseña. Admiro “Las crines” (Premio Café Gijón, Siruela, 2025), su aparente ausencia de propósito y, al tiempo, la certeza de que cualquiera de ellos podrían convenir. La admiro por responder a ese desconcierto (concierto iba a escribir) y hacerme ver la necesidad de que nos despojemos de etiquetas (la etiqueta duele, escribía mi añorada Manolo Lara Cantizani) y la belleza o la inteligencia sucedan sin estorbo, apenas incomodadas, haciendo que nuestras vidas sean mejores y se haga su desempeño más felizmente. La literatura contribuye espléndidamente a ese (ya dejo el sustantivo) a ese propósito. Eso ha conseguido Marc Colell, debo decir, antes que nada, con esta premiada novela (novelita, ni novelita siquiera) suya. 

2 / Prefiero también lo por contar a lo contado. Y de esa ambición mía tengo con qué agasajarme en estas páginas. Creo que el interés de Colell no es errático, a pesar de que la trama eluda un enunciado férreo, determinativamente provisorio de acontecimientos de importancia, que los hay, pero a los que se les puede extraer cualquier consideración narrativa y entenderlo como un color más de los usados por el autor para acabar este cuadro enorme (a pesar de su brevedad) sobre la elocuencia de la soledad. A ella, a la soledad, la coge bien por el cuello y no la suelta en las ciento cincuenta y cuatro páginas de la novela: tales son las dimensiones del paisaje. "Las crines" es una novela orgánica, una especie de (se va reír el autor) un nuevo reino, esta vez animal, no vegetal. Procede Colell con ella a la manera en que un entomólogo se aplica al estudio de la criatura a la que observa por el microscopio. Ahí es fácil pensar en un dios que, caprichosamente, se detiene a contemplar la naturaleza misma de su creación. Estamos hablando de literatura.

3 / Hay un hombre, catalán, “dando el mal por incurable”, sesentón, del que sabemos poseedor de una llave que abre una puerta de una finca en Argentina. Hay más cosas que se nos permite conocer: que fuma mucho; que bebe, tenga ocasión o no; que se ensimisma con frecuencia; que vivió en un orfanato de pequeño y, por último, habrá más cosas, que se encomienda una relación epistolar con Juanita, la mujer que le invita a que pase una temporada en La Magnolia, su lejana quinta de la pampa.

4 / Buscar sin saber, ir sin propósito, no dar con lo anhelado y, sin embargo, traer a casa, tras el viaje, la misma vida, que es trágica y compleja, pero debe hacerse con ella algo hermoso y este texto se arroja a la sencillez, se arroga un contar entendible, que prescinde (aun en su caos, en su tragedia, en su complejidad) de una manufactura (lo imagino caligráfico, como lo son las cartas) ardua, boscosa, cargada de pesadez sintáctica o léxica. Eso lo hace Colell magistralmente, digo el dar carta de naturalidad (perdonen la redundancia) a lo que bien podría haberse creado desde una elocuencia arborescente, tramposa, desde un artificio, aunque siempre lo haya y cada escritor sepa dar con el suyo y lo embosque en ropajes sencillos, qué mérito eso. Se ha valido el autor de una extraordinaria capacidad de observación y, entiendo que no podría haber eludido esa parte, una obligación moral, la de expresar una gratitud hacia la tierra en la que vivió, con la que tiene lazos fuertes, esa Argentina de la Pampa que se manifiesta con un rigor cartográfico, sentimental, absolutamente creíble. Podríamos convenir que todo el libro es una expresión de agradecimiento hacia un paisaje. Todo lo que sucede en él es atributo suyo, asunto emanado de la visión extasíaca del paisaje, de su elocuencia, de su fragor o de su silencio o de su soledad. Porque hay también un homenaje, una especie de agradecimiento, a la misma existencia, limpia ella, del silencio y de la soledad. Se palpan ambas, a pesar de que haya tramos ruidosos, empapados de acontecimientos que parecieran ser antagonistas de esas dos hermosas abstracciones: el silencio, la soledad. 

5 / Hace tiempo que un libro no me hacía sentir tan cerca de lo narrado. Se cree uno espectador privilegiado, ve lo que Calesita, el ya añorado protagonista, ve. Esa virtud de lo cinematográfico bulle, cunde, prospera como si a lo que asistiésemos fuese una proyección, no un texto. Cree uno también que huele el asado o que ese lejano país no es enteramente nuevo y pudiera haber sucedido que de verdad lo hubiéramos visitado y supiéramos de fiable primera mano lo que significa pasear esas planicies inagotables, no como el agreste Empordá catalán, del que procede su protagonista, o manejarse en el arte de hacer que los sapos, que son legión, dejen la casa y se afinquen en esa vasta planicie, en la tierra un poco bíblica de la Pampa. 

6 / El narrador se apropia de su vida, tal vez por primera vez. Hace balance de algo que no acaba de explicitar del todo, no se precisa tampoco. Se encomienda entender el lugar en el que está, no las razones que le han empujado (tal vez deba ser otro el participio) a llegar allí, a dar uso a la llave que se le ha entregado, la que franquea una puerta que, bien mirado, podría ser cualquier puerta, una de esas puertas que todos tenemos a la vista y no queremos o no sabemos traspasar. El ejercicio del narrador se parece entonces un poco al de su protagonista: los dos se envalentonan, se determinan a explorar lo desconocido, a traer de la travesía de la experiencia (la de vivir, la de escribir) algunas certidumbres o, si se me permite, más dudas que las ya existentes. Qué es vivir si no probar llaves y ver qué hay tras las puertas que abren. "Las crines" hace una prospección, un poco ética y otro poco sensorial, de los primores de lo real, como decía el poeta. Estudia la luz, medita sobre la sombra, se posa sobre la carne muerta de Potricox, un viejo caballo cubierto por una mala lona y comido por la cruel intemperie, indaga (prosigo trayendo verbos inquisitivos) sobre cierta idea irrenunciable en el ser humano, la de saber qué hacemos aquí, qué cosa podemos hacer o a cuál podemos renunciar para que vivir sea siempre un festejo, una evidencia de que todo está bien, que incluso el mal, al comparecer, no distrae a la bondad, a ese agradecimiento por estar vivo. A mí me ha parecido esta novela una novela de vida, más que otra cosa. Dan ganas de estar solo, de tener esa llave luminosa, de poder asistir al espectáculo siempre deseablemente novicio de ver amanecer o de contemplar un atardecer de los que no se sabe nada y, más romántica o idílicamente, no tenemos necesidad de saber nada. 

7 / Tiene "Las crines" fe en sí misma. Esa consideración proviene de una osadía que yo, como lector, he practicado. Me he pensado siendo el escritor que la urde. La pregunta surge entonces pronto: ¿cómo podría haberse escrito, de no ser esta?. Otra: ¿cómo la habría escrito yo? Y razono, no será del todo razonar lo que vendría después, que no podría. Es tan personal, cuenta cosas de tan precisada vivencia que es imposible que la novela sea volcada de alguna forma distinta a la que yo he leído. El autor cree en su trabajo: hay eso, fe. Debió disfrutar con la parte poética, tanto como con la meramente descriptiva, de prosa lúcida, conminada a contar. Por eso se recrea portentosamente en algunas partes del relato y las aparta de la rendición de todas esas cartas, que cuentan cosas, en fin, que tienen materia narrable, Esas partes poéticas son la de los pájaros, "amarillos, inmóviles, azules, carroñeros, confiados, acróbatas, terrestres, frenéticos, acuáticos". El Colell poeta se manifiesta poeta por ese pormenor en la observación, por esa querencia hacia lo inasible y, al tiempo, lo perdurable, lo mágico. Asunto de fe, ya digo. Me quedo con la parte en la que hace registro de los colibrís, que en Argentina se llaman picaflores. El autor recordará una conversación que tuvimos acerca de esos pájaros. Todavía no había leído su novela, por cierto.

8 / Dar cuenta de las vivencias es difícil, qué elegir, qué privilegiar, qué parte de uno mismo se debe contener, no hacer que aflore y pueda malograr el encargo de contar lo ajeno, pero nunca hay un libro del todo ajeno, razono. "Las crines" es una experiencia lejanísima, no hay manera de que uno se vea allí, ya he comentado eso, pero insisto en el hecho de que las palabras, benditas ellas, cancelan la incredulidad, hacen de la extrañeza su casa y nos abandonan en otra intemperie, la de la ficción, que es una realidad vigilada. 

9 / Más que con los caballos, tan importantes, me quedo con los sapos, con lo que se cuenta sin que se exhibe una musculatura narrativa, un decir sentado, un relato cartesiano del que se espera que sucedan cosas determinantes. Ellos, los sapos, acompañan la lectura. Los oí croar, un croar baritono, argentino, permitidme el atrevimiento. 

10 / Lo que hace Marc Colell en "Las crines" es privilegiar cierto tipo de recado epistolar al que ya no se le hace aprecio y que aquí, por obra de un protagonista insignificante, voluntariamente apartado de cualquier tipo de épica, se manifiesta con pulcra verosimilitud, con asepsia también. No se nos permite saber más de lo preciso, hay una voluntad entomológica en el volcado de los acontecimientos, que son muchos y, al tiempo, pueden hacer pensar que fuese un único acontecimiento, exento de trascendencia o, si se me permite, manumitido de toda grandilocuencia. Yo creo que conviene ese criterio primero, el que el autor determina como válido para dar voz a su narrador, que es alguien sobre el que la gente "desliza su mirada", sin que se pose: no ofrece "líneas de percepción". Todo aquí es cartesiano, apreciable, topográfico: el campo, el cuerpo, hasta el tiempo posee una naturaleza sólida, vehemente. 


11 / No es qué se cuenta, sino quién lo hace. De esa elección surge "Las crines". Contar lo que se ve, hay un distanciamiento, un no comprometerse, un ver sin involucrarse. La escritura de la novela es diferida, hay un posicionamiento ambiguo, pero carnal. Las cartas exigen un modo de entender lo que ellas mismas relatan. Somos involuntariamente el receptor de su quién sabe si apretada o voluptuosa caligrafía. Porque yo me imagino el texto de la novela en letra volcada a mano, en tinta fiable. La tinta duele a veces. No es, por muchas cosas, un libro difícil, pero contiene cierta complejidad de orden moral. Son muchos los asuntos sobre los que hay un interés en que se cuenten. No solo la soledad o el silencio, tangenciales por un lado, vivos y opresivos en otras, sino también las distancias, la permanencia de la tierra por encima de todas las cosas, la voluble opresión de la luz, la intendencia del hombre en su desempeño de hombre, el pudor de interferir en las costumbres de un pueblo que no conocemos y que nos ha invitado a que compartamos con él la mesa, la carne, el vino, el tiempo. 

12 / "Las crines" es escritura dentro de la escritura, me gusta esa expresión, no es la primera vez que la uso. 

13 / El descubrimiento de la voz que narra ha debido ser arduo. Quien maneja la narración, esa epistolaridad que arma el relato y que se entiende casi escrita a la vez que los acontecimientos que decide contar, carece de nombre, no es importante para que todo fluya. Es como si escucháramos algo que a lo que no estamos invitados. De ahí el pudor que citaba antes: se nos habilita para que sepamos, se nos da la posibilidad de que esa intimidad pueda ser atravesada y seamos parte de algo ajeno. Con qué maestría, debo recalcar eso, Colell nos confiere ese grado de espectadores privilegiados. Siente el lector que está vulnerando algo hermoso, invisible. Como si abriésemos el buzón de otro, imaginario el buzón y el otro, y se nos confiara un secreto, una revelación, un concurso de hechos triviales, fascinantes, trágicos, humanos, en definitiva. Hay mucha humanidad en "Las crines". 

14 / Uno acaba entendiendo qué es viajar en este libro falso de viajes. Comprende que los europeos no sabemos nada sobre la idea del viaje. "La humanidad se interrumpe en grandes espacios, en gigantescas extensiones, y cuando vuelve, cuando se agrupe, adquiere el valor de la casualidad, el recuerdo del asentamiento, del poblado original, de la fogata". 

15 / A la antojadiza manera en que un lector aborda una lectura, que no siempre es el mismo lector ni tampoco la lectura, por esa urdimbre subjetiva de las cosas, es la misma lectura, la de "Las crines" plantea un interrogante, muchos, la verdad, pero se aprecia que el autor no se encomiende su resolución y deje no ya pistas, sino montañas de ellas o extensos páramos de ellas, me estoy dejando llevar por el paisaje de la novela. He leído y he buscado debajo de lo leído, he estado y me ha parecido que mi permanencia en el libro, en su fluido devenir, precisaba de una elaboración mayor, que no será estilística ni sintáctica. Lo que yo quería, al tomar el volumen en mis manos, incluso recién comprado me sucedió eso, era que hubiese más, que la novelita (la nombré así al comenzar estas notas) fuese novela de más contundencia corpórea, que supiésemos (o no, qué sé yo) lo que Calesita haría con su gato al sacarlo del transportín, cuando regresase a su Cataluña y se topase con otro paisaje, con la vida (de la que sabemos poco, el orfanato, el caballo sin montar, la idea de un tiempo remoto y oscuro) nuevamente adquirida. Como si su aventura gauchesca hubiese calado más y se delatara en su plenitud cuando el buen hombre volviese a la rutina que tuviera y viese, quién sabe, a la mujer que le dio la llave y la posibilidad de que la fuga tuviese acomodo y tiempo. No es un reprocho, a veces uno rehuye de los tochos, pero en otras, si la promesa de la lectura así lo reclama, anhela que todo se dilate, que no se acabe, en fin, creo que los buenos lectores saben de qué hablo. Con todo, queda uno complacido con lo vertido por Colell, se sabe dueño de una vida o de una parte de una vida de alguien a quien no conocemos y de quien, tras sus peripecias, tampoco sabemos demasiado. 

16 / Hay un libro en el libro, el libro de los caballos. No es ni un libro siquiera: son pliegos atados con una cuerda. Es de magia. Un artefacto surrealista también. Un manual para sanar a un animal moribundo en el que deben intervenir hermanos mellizos, cortes de pelos, puñetazos en su ijar, ají en la punta del pene. Colell abusa poco del recurso más literario (en el sentido de fabulado) que posee la obra. No se le echará la culpa. Daban ganas de saber más. De tener el manual en las manos. De que hubiera uno análogo para cuestiones más domésticas, de consumo privado. 

17 / No hay manera de hablar de un libro de alguien sin que acudan los demás libros que de ese alguien se han leído. Disfruté enormemente leyendo "El reino vegetal" y "El bozal". Ahí conocí la escritura de Marc Colell. "Las crines" no continúa lo que se inició ahí, en esos dos volúmenes. El primero, "El reino vegetal", era el libro del verano de Carlota, una niña de trece años. Estaba traspadado de melancolía y de descubrimiento. Creo recordar que me pareció entonces el libro de un funambulista, por lo delicado de lo narrado, por la sensación de que en cualquier momento todo se podría venir abajo. El final apabullaba, eso recuerdo también. No sucede eso con "Las crines". Hay una intensidad menor, aunque se perciba un querer llegar a cierto clímax, que luego agradecemos que no concurra. No haría falta. "El bozal", esa colección de cuentos, traía al perro, no al caballo. Daba cuenta de su admirable perseverancia, explicaba a su manera el modo en que la realidad nos habilita para la extrañeza. Como un afantasmamiento. Como si el escritor obrara al modo en que lo hace el encantador de serpientes y nos quedáramos prendados al ver izarse a la serpiente. Sin saber si se envalentonará y nos morderá. Yo creo que las historias de Marc Colell proceden de esa inminencia, de algo que está a punto de suceder y no sucede, de algo que esperamos y, al tiempo, no queremos que irrumpa. 

18 / Este libro debería haberse llamado así: "Los sapos". De haberlo escrito yo, qué bien habría estado eso, qué envidia, le habría llamado "Los sapos" o "La soledad". Son títulos cortos, no elucidadores. Pero "Las crines " hace precisamente eso: aclarar, dar claro lo oscuro, extraer la piedra filosofal y hacerla una cancioncita que podemos tararear. 

19 / Hay verdad en “Las crines”: verdad y contención. Vuelvo al pudor ahora. Con qué respeto se nos cuenta todo, con qué limpia mirada. No ha querido el autor (elección pertinente) inmiscuirse más de lo debido: por respirar la misma transpiración de la tierra, por descender a la semilla de las cosas sin lastimarlas, sin incomodar su antiguo oficio, sin perder su vocación de observador puro. Ese leve esplendor apenas precipitado, esa fulgor pálido extendido como una música. Porque hay mucha música en el texto: comparece con brillo léxico (hay que entender el léxico, hay que buscar a veces, aunque todo se explica por sí mismo.

20  / Las ocho. La hora de los sapos. Tenemos la llave en el bolsillo. Hemos visto Marruecos desde la ventanilla del avión. Afuera hace cuarenta grados bajo cero. Vamos a casi novecientos kilómetros por hora. Es curiosa la velocidad, el frío. El gato en el transportín ronrronea, se desperaza, maúlla a lo bajito. Trae Calesita con él más cosas de lo que pudiera pensarse. Todas comparecen con pudor también. Con la lentitud de lo que no ha cambiado nunca. Se imagina uno que "Las crines" es una novela sin tiempo. Pudiera haberse escrito hace treinta años, hace cien. Entonces había asadores, patrones, caballos que se mueren, cuevas que son un hogar, whisky y tabaco en las noches infinitas, mate compartido en un meandro del alma, patrones que no dejaban acuchillar a un potrillo y lo quieren ver morir de viejo, quintas donde suceden cosas parecidas a un sueño, colmados en mitad de la nada, niños que no saben usar una vara para que los perros obedezcan, sapos imposibles en la intimidad de una casa, caminos de polvo y sacrificio. 





 

 


 


8.3.26

Diccionario de asuntos perdidos / 1 / Sinapismo

 

El sinapismo es "una cataplasma o emplasto elaborado con polvo de mostaza tradicionalmente usado como revulsivo para aliviar dolores profundos o congestiones bronquiales mediante la irritación local de la piel. Coloquialmente, el término se refiere a una persona o cosa molesta, pesada o que exaspera". 

Mi abuela Luisa, cuando la colmaba el nieto, me decía sinapismo. Yo aceptaba el engendro léxico sin mayor molestia. No daba interés en saber qué me decía, aceptaba sin más que lo que fuera que aquello significase correspondía cabalmente a mi compostura o a mi desempeño o cualquier otra cosa que de mí pudiera extraerse y que sirviera para definirme. He tardado en recobrar esa palabra, sinapismo, cincuenta años. Podría no haber vuelto a escucharla o a leerla. No es tanto el vocablo, la entrada en el diccionario, su tangible ahora existencia, sino lo que ha traído su reingreso en mi mi memoria semántica. Es agradecida, si se ve mimada. Da de sí espléndidas coreografías. Sabe cómo excederse, hasta comedirse, pero hay palabras suyas que comparecen sin que se tenga entera propiedad de su concurso. La de sinapismo reclama la parte de mi infancia que se desvanece poco a poco. En esta edad provecta, en estos tiempos de vocabulario mediocre, de palabras cortas, cuando no huecas o estériles, el sinapismo es el que da por culo, si se me permite el exabrupto. Uno ha visto y padecido lo suficiente como para entender de sobra qué significa esa manifestación gráfica excesiva, tal vez imprudente. Mi abuela no caía en ordinarieces, aunque es posible que no tenga yo recuerdo fiable y alguna saliese por su boca. Leo que el vocablo comparece por primera vez en el "Diccionario castellano con las voces de ciencias y artes con las correspondientes voces francesa, latina e italiana", registrado en 1788 y compilado por el Padre Esteban de Terreros y Pando. Esta entrada es la que referencia el cataplasma, el ungüento, el alivio epidérmico. Es más tarde, en 1817, cuando lo incorpora el diccionario de la lengua española e incluye la acepción que yo aprecio ahora, la del plasta. Puede argüirse que esa acepción, plasta, como término coloquial usado para describir lo pegajoso, aplastado, casi escatológico y, añadida o metafóricamente, la persona pesada, molesta, cargante, coincide cartesianamente con la que yo prefiero, la de mi abuela y, ay, elegida para definirme en esa tierna infancia. Quién sabe, es posible que todavía siga siendo un sinapismo. Habrá quien lo refrende. 

EL ESPEJO DE LOS SUEÑOS / 7171 DÍAS / 4528 TEXTOS


No hay vanidad en lo que voy a escribir. Tan solo se me ha ocurrido escribir sobre la existencia de mi blog. Mi blog. Mi casa. 7171 días abierto. Es un número bonito. Creo que todos lo son. El hecho de hacer un inventario de algo se parece al de recordar.  Pronto cumplirá 20 de los casi 60 que cumpliré en un mes mal contado.  Me agrada pensar que ha ocupado un tercio de mi vida en los que he ido cuidándolo casi a diario. No le escatimo atenciones. Ni una obligación es. Hubo semanas en que no tuve nada que anotar en él. También días en que lo hice dos veces. Esta costumbre, tras tanto tiempo, se ha convertido en una vida supletoria, en una prolongación registral de la mía, y me declaro feliz por la perseverancia, no se crean, y perplejo también. Debí haber abandonado la empresa. Lo pensé varias veces, muchas veces. No sé a el porqué de tener siempre algo que contar. Eso no es normal. Escribir no es normal, pero uno cuenta las cosas que le suceden o las que suceden a los demás. Se me antoja indistinguible un contar del otro.

Hay 4528 entradas, lo cual es abrumador. Alguien entró en mi blog el otro día. Tengo que leerte, me dijo. Creo que le aconsejé que se lo tomara con calma. Que fuera al día. Que prescindiera de lo hasta ahora rendido. No siempre puedo tener cerca a alguien que me lee, aunque sucede con frecuencia, por fortuna. Hubo en esos casi 20 años de escrituras (leo el contador alojado en el blog ahora mismo) 1802466 visitantes. A lo mejor lo cierro, con colmo de pudor o de fanfarria, ya veré, cuando llegue a los 2 millones. Es una buena cifra. No me la hubiese creído cuando me determiné a abrirlo. Estaba en casa de mi cuñado, en Marbella. Me lastimé un pie haciendo el tonto en la playa y el buen galeno me recomendó que lo tuviese en alto unos días antes de recomenzar los paseos y todo eso. La convalecencia fue agradable. La familia me agasajó con distracciones, saben hacerlo. Ahí se me ocurrió lo de abrir esta casa digital. Comenzó alojando reseñas de cine. Eran, más que otra cosa, encendidos elogios hacia películas de toda la vida y, por mi participación como crítico en una revista de cine de la red, comentarios sobre los estrenos de entonces. En el 2006 iba más al cine de lo que voy ahora, a mi desgracia. Veo el cine en casa, ya no escribo en ninguna revista de cine, tan solo dejo de vez en cuando registro sobre lo que veo, casi nunca cosas de la actualidad. El tiempo pasa muy rápido.

Los números, esa estadística fiable, fría, gris, no explican lo que ha supuesto este blog para mí. «El espejo de los sueños» es mi aldea gala irreductible. Los romanos, afuera, no lograrán rebasar sus muros, quemar sus casas. Soy el que se cayó a la marmita y bebió el brebaje de la torrencialidad o de la prolijidad o de la hipergrafia o de la grafomanía. Soy un escribidor, lo hago sin pretensiones, por dejar constancia, ya lo he dicho, por contarme el mundo o por contarme a mí mismo. No he debido terminar de hacer alguna de esas cosas a lo visto, así que no tengo intención de renunciar a este placer que me hace estar aquí ahora, dándole a las teclas. Tengo, a decir de Bukowski, la enfermedad de escribir. No es una elección, me temo, aunque en algún momento lo fuese: es una función orgánica como la de respirar o la de beber agua si hay sed o la de comer cuando el hambre. Por precaución, guardo un registro de toda esta cadena de ceros y de unos que deben conformar las tripas de mi blog, el fantasma en la máquina, todo eso. Es una memoria portátil. Por si un día me da por abrir el editor de esta página y me encuentre que un dron la ha devastado o que la han saboteado los chinos o la madre que parió a la desgracia.

Salvo los tres o cuatro primeros años, mantengo en el blog la misma cabecera: el icónico puente de Queensboro de la película Manhattan, de Woody Allen. Isaac y Mary siguen sentados, viendo cómo amanece, charlando. Yo no he dejado de hacerlo desde entonces. Hago acompañar a la imagen de dos citas, invariables,  perseverantes también. Una es de Antonio Machado: «Amo los mundos sutiles, ingrávidos y gentiles». La otra es de Epicuro de Samos: «El placer es el bien primero. Es el comienzo de toda preferencia y de toda aversión. Es la ausencia del dolor en el cuerpo y la inquietud en el alma». Me reitero en la bondad de esas citas, en lo que me dicen, en lo que continúan diciendo. Yo sigo escribiendo, hablándome, ya ven. Ese cómputo de días, de escritos y de visitas me hace feliz, pero lo que más festejo es que mi voluntad haya decidido que siga en pie. Festejo esa consideración, al menos: la de bregar con la escritura, para bien o para mal. He sido tozudo, he resistido con entereza, he hecho de ese blog una extensión (ya lo he dicho, más veces lo diré) de mí mismo. No sabría explicarme sin escribir, tampoco lo haría sin mencionar «El espejo de los sueños», el nombre que di a esta casa. Ese ha sido quizá el cometido más fiable: escribir casi a diario, no dejar que la página entre en barbecho, hacer que el placer sea «el bien primero».

Se puede estar más solo que escribiendo, pero ninguna soledad, ni siquiera la no pedida, la que nos invade y sojuzga, rivaliza con la escritura en hondura, en apartarse enteramente del mundo y, al tiempo, en apropiarse de él. En ocasiones, al escribir, se percibe esa soledad, se aprecia cómo se cierne en torno, sin que podamos zafarnos de ella o sin que, por más que nos afanemos, podamos tampoco dejar de escribir. Dejar de escribir con la esperanza de que regrese la luz o de que la oscuridad no cunda, ni se enseñoree como suele. Nunca fue un padecimiento escribir, nunca sentí que me fracturara o que me ablandase o que me retirara alguna posible fortaleza que yo, sabiéndolo o no, pudiera tener y, sin embargo, a veces prefiere uno no tener que dejar consignado nada, no ocupar la limpieza de la hoja o el vacío del editor de este blog. No dura mucho ese arrebato ascético, un poco sobrevenido por el cansancio o por la evidencia de que no hay ningún lado al que conduzca escribir que no se pueda acceder de otro modo, no sé, paseando, tomando café con los amigos en las terrazas del verano o en la intimidad de la casa en el invierno, leyendo lo que otros a los que no conocemos han hecho para nosotros, ah lectores. No es una preocupación que persista, se diluye conforme el día va conviniendo sus peajes y tienes que salir a la calle y acudir al trabajo y regresar a casa andando o en coche, pero de pronto hay una necesidad que bulle y obliga, algo que dice que te sientes y escribas. y se aplica uno en satisfacerla.

No importa de qué se escriba, incluso de la escritura misma, tal es el caso. Lo que de verdad cuenta es penetrar en esa soledad solicitada y dejarse ir. No creo que haya otro método: no hay escritor que no se deje ir, por más que organice y cuadre su trabajo, por más que investigue, tabule o prevea cuál será el texto que finalmente saldrá. Lo que fascina es el acto impetuoso de la escritura, su vértigo, su fiebre, ese avanzar loco, sin brújula, en el que las palabras se prestan y uno las abraza o las censura o aplaza que concurran o se duele de que salgan esas y no otras, que son las que deseamos, pero no están a nuestro alcance. Tal es el caso también. Esta soledad mía es más íntima cuando abre el día. Ahí encuentro que está la cabeza en condiciones, si es que eso fuese cierto. Ahí me envalentono con el día y encaro lo que a su antojadizo capricho haya decidido arrojarme. En este sentido un poco nutritivo de las cosas, escribir es una ingesta de luz, una especie de avituallamiento de coraje para que no nos haga flaquear en demasía el tráfago de las cosas. Como quien sale a correr a primera hora de la mañana y vuelve a casa con el cuerpo encendido y la cabeza alerta. Añado que jamás he hecho eso, no es algo de lo que presuma tampoco.

El blog “El espejo de los sueños”, tal fue el nombre de mi primer libro, el que se me publicó en Antorcha de Paja con la colaboración de la Diputación Provincial de Córdoba en mis tiernos diecinueve años, ha servido para tantas cosas. La más importante, ya lo he dicho, es para dar con amigos. No importa el modo en que se consigan: importa esa propiedad hermosa, y por la lectura de lo que yo haya ido escribiendo hubo desconocidos que entraron en mi casa, ya lo he dicho, y se quedaron. Siguen. También me sirvió para que viniesen otros siete libros. Me gusta pensar en ellos como una especie de hijos de esta madre que es el blog. Él hizo de mediador o de aval o para que las palabras se imprimieran y quedara un libro bonito. Todos lo son. Mis editores (Francisco Gálvez, Pepe Trapiello, José Luis Trullo y Francisco Caro) vieron que podría haber un escritor en mí. A estas alturas, bueno o malo, debe haberlo. Del primero (El espejo de los sueños, 1985) al último (Mala fe, 2025) han pasado 40 años. La de cosas que caben en 40 años. Ahora se me ocurre que me casé, tuve dos hijos, perdí a mi padre, a mi abuela y a mi suegra, me hice maestro (me jubilo en tres meses), vi miles de películas, leí mil libros, amé desconsoladamente el jazz, vi morir a algunos amigos, fui feliz en los bares y descubrí el arte de dormir sin preocupaciones cuando la vigilia invita a que prospere el sueño. Más cosas habrán pasado, me habré dejado algunas importantes.

Mi abuela Luisa no escribió una palabra en su vida. Decía, al verme correr: «Mientras el nieto corre, el mundo gira». Y el placer, ah, el placer, el bien primero, el don más hondo. Uno de los que más aprecio es la de nuevos amigos que el blog me ha traído. Hoy es un día de máximas y de gratitudes. Dejo la dirección del blog por aquí, por si después de esta tabarra egocéntrica alguien decide visitarlo por primera vez o volver. Disculpadme, si podéis, por haber recurrido a contar algo tan personal. Al fin y al cabo, de lo que se trata es de que se produzca el mandato primero que se impone quien escribe: ser leído. Pues eso.

Un corazón ensimismado

  Hay quien prefiere hurgarse a hurtadillas la nariz a sabiendas de que alguien, intrigado, admonitorio, estará ocupando todos sus sentidos ...