28.5.22

148 / 365 Juan Rulfo

 


Juan Rulfo escribe desde la muerte una nueva novela. Le queda la eternidad para completarla. Se fatigó con la primera, Pedro Páramo. Le quedaron las fuerzas justitas para un volumen de cuentos, El llano en llamas. Como lo propio de Rulfo son los muertos, lo que susurran o lo que gritan, no hay mejor escritorio que el cielo. Ahí tiene con quién  hablar. Información de primera mano. Experiencias vividas. Como todo lo entenebrece el olvido o lo engalana la imaginación, Rulfo anda de cabeza. Hay tanto material que no sabe por dónde arrancar. Una cosa es fabular con los pulmones ocupados de aire y el corazón pujado de sangre y otra relatar con la inconsistente sustancia de lo etéreo, aunque de todo tiene el hombre cuenta cabal en su memoria y las palabras continúan ofreciéndose con colmo. No muchas y enloquecidas, sino las precisas, las encargadas de contar una historia y de darle una clausura más tarde. 


Rulfo era de poco hablar. Severo y hasta trágico en su mismidad, se le tuvo por un hombre con un don del que ni él conocía gran cosa. Se escribe a veces sin saber un porqué o, intuyéndolo, sin manejar mayor propósito que el meramente ocasional: hay una historia que contar y se me ha hecho el encargo de registrarla. Lo devasta su propia biografía, que es en sí misma una narración con entidad de novela o con la materia de una de esas historias que, a poco de escucharse, crecen en la memoria y ocupan la biografía propia, estremeciéndola, dándole razones para la conmiseración o para el llanto. Porque dan ganas de llorar con ella. Rulfo ve y dedica a esa empresa el tiempo preciso. Cuánto más se obstina en ver, mejor escribirá. Tal vez sea eso lo que le fascinó de verdad en vida: el paisaje de la tierra seca, el hondo pulso del hombre cuando lo invade y levanta en él el escenario de su paso por la tierra. De ella saldrán las almas cuando se callen los grillos, cuenta en El  llano en llamas. Hay un milagro en esa restitución suya del polvo y de la lluvia, de la vegetación agreste y de las nubes rompiéndose en el ancho cielo. Hace del paisaje un verdadero tratado de lo humano: hombres y mujeres, indígenas de una sencillez todavía no cuarteada, gente lacónica y arrojada al destino de una cruenta existencia. 


No hay acción relevante en los sucesos que Rulfo consigna: hay dolor y hay casi un afán periodístico en consignar ese mundo fuera del mundo, en ese  en el que, por no llover, al suelo le crecen espinas, en el que los ojos escudriñan el aire por ver si un mal pájaro lo cruza y entretiene la sequedad sin música del tiempo. Las lagartijas asoman su cabeza, otean el áspero sol y vuelven al consuelo fiable de unas piedras. Una nube negra amenaza sin empeño un amago triste de lluvia, pero son gotas, gordas perlas que no dan ocasión a que se alegre el cielo y haga desplomar un aguacero, que sería una bendición para los pulmones y para la vista. La noche avanza y el paisaje se desangela y mustia. Es un aviso de que el mundo necesita detener su vértigo de luz o de que la oscuridad se envalentona y reclama su reino de sombra y de ceniza. Rulfo no atiende a sus personajes con especial afecto: los deja ir y venir por ese paisaje Rufo y apocalíptico. No se adorna cuando hay que hacer constar un incidente de relevancia: da las palabras cabales, permite a sus hombres y a sus mujeres que expresen un lamento, pero no una vindicación de algo. Se oyen perros ladrar a lo lejos. El viento acerca el ronco susurro de la vida que avanza en el horizonte como una procesión de alucinados. Vemos a 

Juan Preciado, el hijo de Pedro Páramo, ir a buscarlo a las ruinas de Comala, que es un lugar sin futuro y tal vez sin pasado donde la muerte instruye el modo en que hay que ocuparse en la vida. Ella antojadizamente revoca todo acto de comprensión: no se deja hurgar, no hay en su carta de prodigios y de pesares instrucciones de uso. Rulfo constata ese fulgor inasible. Lo sublima. 


Borges dijo de Pedro Páramo que era un prodigio absoluto: una de las mejores novelas de la Literatura Universal. García Márquez se la sorbió en el plazo de un día dos veces. A Rulfo le debió parecer que no era preciso decir más. Dijo lo que tenía pensado decir y se desvaneció. Fue adrede el silencio. Toda esa violencia de su obra es un arrojo suyo, un volcarse y un descansar. Así lo hizo. El portentoso don de su escritura se vació en pocas páginas, a qué más. Uno escribe por contarse el mundo, pero entra en lo razonable que sepa, una vez concluye, que está todo dicho. 

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