17.5.22

137/365 Patricia Highsmith

 



Leí que Tom Ripley tardó en venir al mundo. Su madre lo pensó y lo pensó muchas veces. Ninguna de las formas que prefiguraba para su personaje le satisfacía. Lo que Patricia Highsmith no encontraba era la postura. Cuenta que vivía plácidamente en una casa de campo. No tenía preocupaciones importantes. Las normales, las del escritor que no encuentra el tono o el estilo o incluso la trama. Primero hay que dar con el tono y luego viene todo lo demás, pero le faltaba el dolor, la rabia, la maldad incluso. Para alumbrar a Tom Ripley, un hijo de puta fino, uno de esos personajes malignos que arrebatan el corazón del lector desprejuiciado, Patricia tuvo que abandonar la comodidad. Cuanto más confort tenía, menos avanzaba la forja del personaje. Dice que su escritura era flácida. Por eso decidió sentarse en el borde de una silla. En ese posición poco favorable, el cuerpo es el que ordena qué hay que escribir y qué no. La idea confesada es que fuese el propio Ripley el que escribiese la trama, no ella, no el agente externo llamado Patricia Highsmith. Ella quedaría en una especie de corrector, pero la trama la dictaría el personaje. Luego opera el lector, que hace que su asesino (Ripley lo es de modo sustancial) caiga bien, adquiere incluso el rango de héroe, un seductor, una representación ambigua de cierto orden moral poco argumentable, de escaso afecto por las pautas adquiridas por la cultura. Patricia Highsmith tiene esa virtud: logra que la realidad se ponga en duda. Que la apacible normalidad guarde un resquicio de locura, un desatino, un hueco por donde se cuelan (sin que lo advirtamos) todos los demonios. Y la culpa la tuvo la silla, ese forzamiento intencionado del cuerpo. Se escribe bien del dolor desde el dolor. Por eso hay que sufrir para escribir bien. Por eso la paz (el amor, la armonía, la bondad del espíritu) son menos creíbles por el lector inteligente, es decir, por el que ha sentido dolor, por el que ha padecido y ha leído también en el borde de la silla. Ripley tiene talento para las matemáticas y para la envidia. Adora el refinamiento, la aburguesada construcción de la seguridad familiar y cierta inclinación a sentirse propietario de lo que es ajeno. También las vidas son refinadas y ofrecen seguridad y hacen que deseemos dominarlas. Incluso cancelarlas. Ripley es el amoral perfecto que Patricia Highsmith trató de reprimir. La escritora tuvo una madre que trató de deshacerse de ella ingiriendo aguarrás (o puede que trementina) cuando la tenía en su vientre. Si hay que buscar un origen, que tampoco es cosa necesaria enteramente, podría estar ahí: en la barriga de mamá, en el gesto de agarrar la botella y acercarla a la boca con la intención de acabar con lo que quiera que hubiese por ahí adentro y tal vez (no es parte necesaria en la ecuación) con ella misma. No condujo a nada terrible beberla. No hubo aborto ni la madre padeció más allá de un dolor de estómago. De ahí nace la escritora, probablemente. Una vez pidió a Dios que la perdonara por emplear su talento en favor de la fealdad y de la mentira. Las lecturas cristianas de la infancia, junto con las de Poe o los clásicos rusos, hicieron de ella una extraordinaria transcriptora de la moral y de los buenos principios, pero descubrió que era más divertido (empleo el adjetivo con timidez) echar a perder una historia respetable con el concurso de algunos añadidos bastardos, por emplear ahora un adjetivo eficiente. El don nadie de Ripley es el hombre de nuestro tiempo: no soy alguien con algo de lo que presumir, no tengo nada que pueda considerar realmente mío, pero puedo ser lo que se me antoje, puedo ser cualquiera, tengo la posibilidad de dejar de yo y convertirme plácida y lujuriosamente en otro. 

Mentir también es el oficio del escritor. No sólo la mentira como un ejercicio casual, traído a beneficio de una circunstancia pequeña o muchas cogidas de la mano yendo hacia un mismo fin, sino como manera de vivir y hasta como la esencia de esa vida. Mentir y matar. No sé si debemos llevar su apasionamiento por la cosa truculenta y la decisión de unos de mandar al otro barrio a otros. Convendría, como en cualquier indagación literaria, partir de la idea de que la ficción es un estímulo que no siempre tiene que mover la brújula de lo real. Highsmith fue una consumada creyente del asesinato como una de las más bellas artes, como sentenció Thomas de Quincey. Hay en sus novelas personajes que llevan una vida ejemplar sin que tengamos hasta bien avanzada la trama que son unos perfectos psicópatas y que pueden deshacerse de la vida ajena con la misma facilidad con la que arrojan la basura al contenedor o pisan inadvertidamente una hormiga en la acera. Lo que comienza con un intercambio de opiniones accidentales puede concluir con una tragedia griega. Cualquiera puede manejarse con sorprendente naturalidad en los asuntos más turbios, aunque en casa, cuando pone la mesa o da a sus hijos el beso de buenas noches, represente a la bondad de un modo antológico. Se miente y se mata con la misma vehemencia y con la misma soltura. Escribió en uno de sus diarios (recientemente publicados, deseando hacerme con ellos) que lo esencial de la novela es el individuo que se siente desplazado. Ese desplazamiento es la raíz del mal que recorre toda su obra. Brindaba "por todos sus demonios, por las lujurias, por las pasiones, por las avaricias, por las envidias, por los amores, por los odios, por los extraños deseos, por los enemigos reales e irreales, por el ejército de recuerdos contra el que lucho. Ojalá no me den nunca descanso". No se lo dieron, a beneficio nuestro. Al final de su vida, en Suiza, escribió entre gatos y caracoles, entre cajas de cerveza y postres de supermercado, fumando un cigarro tras otro, desde que abría los ojos hasta que los cerraba. Quizá fumara en sueños. Hasta que dejó de escribir, la Highsmith (así la llamaba mi amigo A.) fue un bicho de una rareza maravillosa. A todos ellos les debemos algo también maravilloso los que creemos no poseer rareza alguna, que sería cosa de poner las cartas sobre la mesa y ver quién tiene más trucada y envenenada la baraja. La Highsmith nos dio la culpa. Toda la culpa. Entera. Para nosotros. Nos ofreció ese delicado artefacto mental, un poco cristiano y otro poco no. Yo prefiero que la palabra delito sustituya a la de pecado, pero ella nos demostró que las dos son la misma cosa. Cometes un crimen en un sueño y te despiertas aliviado. Respiras hasta que no queda aire en la habitación y sonríes para tus adentros, pero de pronto se te agita perceptiblemente la respiración. A tu lado, la mujer con la que duermes tiene un cuchillo bien hundido en el pecho. No hay nadie más en la casa. Tú no tienes ni rastro de sangre. Entonces se te ocurre que debes deshacerte del cuerpo. Es lo primero que te viene a la cabeza. Maquinas formas de hacerlo desaparecer. Ninguna te satisface. Mientras das con la menos ridícula, piensas en qué dirás cuando te pregunten dónde está tu mujer. Se fue con una hermana suya, hacía mucho que no la veía. Conforme reemplazas una explicación por otra, notas que un leve cosquilleo de satisfacción te ocupa la parte de la cabeza que no está entretenida con borrar los indicios del crimen. Ese leve cosquilleo avanza y se transforma en verdadero placer. No hay ningún espejo, pero estaría bien ver tu cara. Sonríe como si acabara de darse de bruces con un juguete nuevo y supieras que nunca más volverás a estar aburrido. En el mejor de los casos, si eres Patricia Highsmith, cojas la silla más desfavorable, la que menos se acomode a tu culo, la silla más dura de la casa, y escribas con temeraria calma todo lo que vas a hacer en adelante. En ese momento, justo cuando has acabado la primera frase, es cuando tienes claro por primera vez qué quieres ser en la vida. Y hasta es posible que tú no entres en ese proyecto. 

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