14.5.22

134/365 Iggy Pop



Hace años que no sigo a Iggy Pop. Quizá la primera palabra que se me viene a la cabeza es empacho. Está uno ya avisado de lo que hace y de lo pirado que está y su inagotable vigor me produce ahora cierto desdén. Hartura. No siempre fue así. Tuvo su época. Era el inyector más idóneo de adrenalina cuando el cuerpo pedía un poco de desparrame. Hay pirados fantásticos en la Historia del Rock, pero la voladura mental de este señor americano causa ya poco asombro. Esta ahí para abrir franquicias mentales en las nuevas generaciones. Yo fui el diablo, yo me metí todas las farmacias de Berlín, todos los polvos de Detroit. Es la vieja y rota iguana que no desea salirse del todo del negocio y se las ingenia para ponerse de nuevo en circulación. Por los viejos tiempos. Y qué turbulentos fueron. 


Iggy Pop va a lo suyo, flipando por dentro, adquiriendo experiencias que luego incrustar en su cuerpo enfermo, viejo y enfermo, a salvo de las modas. Cuando él se va, los nuevos acólitos entran. Yo fui el punk, ahora haced lo que queráis. No sabemos si el cerebro está más presentable. Por dentro, tiene que estar jodido. Da igual que ahora se haya pasado al zumo de frutas y a los tés orientales. El pronóstico, por fuerza, no debe ser alentador. El hombre quería ser un perro es ahora una caricatura de sí mismo, un zombi con momentos puntuales de lucidez y una criatura (todavía) extremadamente encariñada con el negocio, con la parte crematística del show business. Acaba de sacar un disco de jazz brumoso y espiritual. Se las sabe todas. Quedan piezas monumentales del punk rock o del rock sucio o como se quiera llamar. No creo que ni él mismo sepa en qué lugar catalogarse. I wanna be your dog (salvaje, capital), Home (que produjo un pequeño impacto en hit parades). Lust for life (que escucho ahora precisamente). La clásica Louie Louie. O (ya por último) la fabulosa The passenger, tan versionada. El resto es sacrificable, según el momento, excepción hecha de la hipótesis (no sé si finalmente plausible) de que uno quiera buscar de archivo y ver algún concierto o esperar que toque y ponerse a brincar al ritmo de sus excéntricos gruñidos. Su histórica cojera, su cuerpo imposible, su boca sucia. No estoy yo, a pesar de la edad que me separa de él, en ponerme a seguirle. Seguro que me agota. La edad debería poseer un dispositivo de control interno que abriera o cerrara ciertas actividades. Por bien propio. Por el común. Por la salvación de la industria del ocio o la del alma, que sigue siendo en su forja de rebelde eterno un vertedero de ofrendas al mismísimo diablo. 


Creo que no voy a escuchar Ready to die, su vuelta al negocio con sus viejos Stooges. Creo que lo conozco. Hace mucho tiempo que no hay un buen disco de Iggy Pop. Incluso una canción digna. Lo único a lo que se agarra este símbolo del rock (lo es, a pesar de todo) es a su escuchimizado aspecto, al indiscutible legado (como tantos) y a la supervivencia absoluta como exclusivo criterio artístico. Ha envejecido mal el hombre. Y no se cohíbe en mostrarlo. Salió hace unos años en el programa de Pablo Motos y pasó un poco inadvertido. Defraudó. Queríamos que vomitara. Que se luciera en excesos. Todo medido. Todo por el negocio. Le hicieron todo tipo de reverencias, le entronizaron como el ídolo que sigue siendo, pero no se involucró en demasía. Ni siquiera cuando Mario Vaquerizo, esa sustancia entre lo patético y lo hortera, entró en el plató y se le puso de rodillas, lo besó sin mesura y le contó, como Trueba a Wilder, que él era Dios y que tenía postrado a su más ardiente feligrés. Un aprendiz mediocre, en todo caso. Iggy es el exhibicionista mayor del circo del rock. Quiso ser un Jim Morrison sin el lado poético, un Bowie en continua mutación. El Duque Blanco le produjo discos en los setenta: tú hazme caso, lo principal es que hablen de nosotros. Adictos a cualquier baile de moléculas diabólicas, Bowie y Pop marcaron una época. De ahí viene el Grunge. De ahí la épica del rock, una de ellas. Se fueron sus hermanos de toxinas y de bravura, de música musculosa y tóxica. Que viva mucho la iguana. Cualquier día anuncia cerveza o champú.

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