Retirarse a una casa apartada a la que no se acceda ni se regrese fácilmente. Una casa de la que sepamos que nos costará desprendernos al modo en que le vamos tomando afecto al cuerpo y sentimos que flaquea o que, llegado el caso, se desvanece sin que podamos hacer nada por remediarlo. Una casa que respire como un árbol. Una casa que duela a veces o que festeje nuestra alegría cuando la alegría nos ocupe el entero pecho o gima si gemimos en mitad de la noche , nos sentimos solos y el paisaje afuera es un lamento que suena como un corazón sin consuelo. Una vez se ha hecho la vista a los muebles que la ocupan y a las huidizas nubes que la cubren, cuando todo está en orden y nada nos precipita ni perturba, distraerse con la bondad de la memoria, desear que no nos importune nada y hacer acopio de luz para salir si es preciso y no nos apesadumbren las sombras. Una casa que sea un libro y nos aguarde con novicio empeño.
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