2.1.23

Dibucedario 2023 / A / Ascensor para el cadalso (Louis Malle, 1958)


                                                    Ilustración e ideólogo: Ramón Besonías

 Los amantes acuerdan verse cuando el marido esté muerto. Te amo, dice ella por teléfono. Más que la trama, vista muchas veces, la del amante que asesina al marido, tan de cine negro, lo que recuerdo de Ascensor para el cadalso, es a Florence (magnífica Jeanne Moreau) deambulando por un París lluvioso y triste, acompañada por la reflexiva y melancólica trompeta de Miles Davis, ajena a la fatalidad, la del hombre de su vida fingiendo el suicidio del marido, jefe también suyo, con el infortunio de regresa al edificio a retirar la cuerda colgada en el balcón con la que ha accedido al despacho y queda atrapado en el interior del ascensor. Lo que ha urdido la pareja para deshacerse del esposo se malogra al intervenir el caos, la injerencia de la maquinaria precisa del azar, que es la brújula de la historia. También hay una historia paralela, la de la pareja de jóvenes que roban el coche del asesino y pasean la ciudad de noche, felices y locos, ocupados en ser quienes no son, decididos a delinquir, a tentar a la suerte de que salgan airosos de otra muerte, perpetrada con la pistola de Julien, que será acusado de una muerte que no le incumbe y tendrá finalmente una coartada para liberarse de la que sí cometió. Louis Malle, como su admirado Hitchcock, hace un arriesgado juego de sombras y de luces de la que sale airoso, no así sus personajes. Los deja solos, no interviene, no los alivia. Hasta parece que se regocijara (un poco cómicamente) en la mala suerte que los acompaña a todos. El cine negro prestigia la adversidad, la desgracia, toda ese cuerpo sólido de circunstancias incriminatorias que no siempre corresponden con el transcurso fiable de la historia, ni con la justicia, ni siquiera con la lógica. El azar hizo también que fueran suspendidos unos conciertos de Miles Davis en París por lo que le propusieron que aportara la banda sonora a la película. Los músicos (Miles Davis, su batería Kenny Clarke y tres instrumentistas locales) improvisaban mientras veían escenas sueltas, repetidas las veces que hiciera falta. Un año más tarde Miles graba Kind of blue. 




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