10.1.24

Dibucedario socrático 2024 / J de Jaula

 



En cierto modo, a quien elige su dolencia se le concede al menos el respeto que se dispensa a los coherentes. Todo a lo que nos entregamos con fruición produce hartazgo. Todo lo que está muy visto no asombra, ni fascina al modo en que lo hizo cuando recabó todo el esplendor de nuestros sentidos y nos condujo a relamernos de puro gusto. Agotados, probamos precavernos ante toda esa bondad a la que entregamos nuestros más nobles empeños. Un mal corrige otro peor. El bienestar al que uno aspira tiene como regidor la voluntad de la que se disponga para alcanzarlo. Es el albedrío el que antojadizamente concede las penalidades que nos infligimos a sabiendas. Cuando el sol nos quema, buscamos la sombra, aunque las lagartijas del invierno nos trepen la piel y nos ericen el alma. Cicerón cinceló la frase a la que no se le ha dispuesto matiz alguno: filosofar es prepararse para morir. Vivir agota, la libertad agota, el amor agota. A la luz de estas ocurrencias de Mochuelo, se está casi por creer que a veces conviene recluirse, no precisar de nada, carecer de urgencias, aliviar la intendencia de la razón, adjudicar al corazón el desempeño de nuestra indolencia, despejar la posibilidad de que se nos desee algún tipo de armonía o de lucidez o de talento, embargarse en una travesía que va de uno a uno mismo, procurarse ese abandono dulce en el que el cuerpo intima con el espíritu y hasta pareciera que se entienden. La jaula es la soledad pedida. Se le deja la puerta entreabierta. Se sabe que podemos franquearla cuando lo dispongamos, pero ah ese ausentarse divino, toda esa repentina mesura, esa templanza. No quiero tanto bueno, solía decir mi amigo Marcelino en momentos de extremo cansancio. Fue entonces, éramos jóvenes, cuando empezamos a comprender que hasta la diversión tiene su contradicción interna, su veneno moroso, su empacho lícito. 



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