7.1.24

Dibucedario socrático 2024 / G de Gusto


 La nostalgia es una máquina del tiempo íntima. No sabe nada del futuro, no le interesa qué va a pasar: su único trabajo es la melancolía, esa sensación cálida, un poco de niebla y de refugio, que nos abriga cuando arrecia el frío. Nombra la nostalgia el deseo doloroso (esa es su etimología) de regresar. Está hecha de recuerdos y de amor. Sin ella, no seríamos lo que somos, no se habrían construido las ciudades ni habríamos escrito la hermosa literatura que sirve de argamasa para que prospere la identidad de un pueblo o la convicción de que el género humano es una especie buena, en el fondo. La nostalgia hace que no mueran los muertos, hace soportable que no paseen con nosotros ni nos tiendan la mano para expresarnos su afecto. Es un palacio invisible la nostalgia. Los dioses que veneremos son la emanación de un tiempo de poetas y de metáforas, de sueños y de anhelos. La religión es nostalgia, hasta su ausencia lo es. Cuando la nostalgia es profunda, al no darle sentido ni alcance, surge la quimera, la utopía, que es también un territorio idílico, un palacio en el espíritu, un sueño dentro de un sueño. El gusto predice lo que somos, nos inclina a un lugar, dice de nosotros lo que no sabemos. Se prefiere sin motivos, tal vez también se rechaza por la misma causa o por su falta. El pobre Sócrates tiene con qué entretener su espléndido día soleado. Mañana lloverá. 

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