No suelo nadar, pero cuando lo hago, nado mucho. A poco que me noto cansado, dejo de nadar. Creo que es lo correcto, no fuerzo, no se me ocurre envalentonarme. Es entonces cuando, tumbado en el agua, mirando el cielo sin mirarlo, notando el peso de la luz sobre mis párpados cerrados, entiendo cosas que en otro lugar no alcanzo a entender. Las entiendo en ese momento, después de haber nadado, de extenuarme, de comprender que debo quedarme quieto, boca arriba, mirando el cielo, cerrados los párpados, sintiendo la luz invadiendo mi cabeza, pero cuando regreso a la orilla ya no recuerdo nada de lo que entreví mar adentro. El mar está hecho de la misma sustancia que los sueños.
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