Lo más fácil es juntar diez o doce palabras y esperar unas horas a ver qué pasa. Hay palabras feroces que se bajan de renglón y acaban a pie de página en una soledad que conmueve muchísimo. Otras se arriman, blandas y cómplices, a donde buenamente pillan y parecen alemanas por su desmesura y exceso bizarro. Un día cogí tres verbos copulativos. Los metí en una caja de zapatos sin zapatos y los zarandeé un rato con entusiasmo y travesura. Al punto oí unos ruidos, algunos musicales, como de ropa que se sacude al viento o como el de pies que se acomodan bajo una buena colcha de paño en la cruda travesía del invierno; otros, entrecortados y como minimalistas, daban una limpia sensación de cansancio. Hubo hasta un jadeo, o lo que yo imaginaba que era un jadeo, que alteró muchísimo a mi madre. Cuando abrí la caja encontré una frase larga, robusta, imprudente, subordinada a otra o quizá fuesen dos frases o trece y se me antojaran una. Me asombró ver once verbos, veinte pudieran ser. Uno, recién alumbrado, olía todavía a letra inocente, sin pulir, a letra con su melaza virgen preservándola del vértigo de las horas. Si la empresa tiene un alcance mayor y metemos once adjetivos superlativos en un cajón de la mesita de noche, suele pasar que el sueño se nos presenta espeso, levantisco, reventón de persecuciones por callejones oscuros como de mala película de serie B. Un amigo me contó que su empeño en esta vida es mezclar palabras de varios idiomas en una media de señora, pero no le prestan ninguna ni tiene adónde pillarlas y a él igual reparo le da comprarlas que pedírselas a su madre o a su hermana, ya talludita y sin novio con el que fatigar parques. Yo le he ofrecido las de mi abuela, pero sabiendo a qué me puedo exponer y qué explicaciones tendría que dar he preferido no insistirle y esperar a que mi ofrecimiento no prospere. Le conté lo altamente satisfactorio que es acariciar lomos de palabras concupiscentes. En el trasiego de dedos por la altura accesible de las sílabas, las palabras concupiscentes gimen dulcísimamente. En uno de esos gemidos es posible gemir con ellas y alcanzar en simétrica coyunda un vuelo de calambres en el interior del escandalizado pecho. Por puro amor al peligro, probé dejar caer ocho palabras polisílabas sobre un espejo. Los espejos (la cita no es mía) son abominables porque vienen a duplicar la realidad. La palabra caliendro, que no existe en los diccionarios, cayó boca abajo y se la vio sangrar por una sílaba átona. La palabra sinapsis, que sí está pero no se me queda nunca para qué sirve, cayó boca arriba y, de súbito, fue cubierta por una preposición muy lúbrica que la sobó con delectación en la tercera consonante, de modo que la palabra infló su vientre y alumbró allí mismo unas vocales extra lindísimas que fueron escurriéndose por el doble corazón del espejo hasta desplomarse sobre el suelo, que estaba ocupado en ese momento por nueve o diez frases adversativas en búlgaro antiguo que nadie entendió. Lo más hermoso del mundo es partir una palabra en pedacitos y observar el comportamiento de esa ruina semántica. Hay letras que jamás vuelven a dejarse querer por el tacto untoso de otra letra. Al quinto o sexto día del declive, la letra así arrumbada se embebe, se retuerce, manifiesta síntomas de que está muy enferma y pronto va a dejar de colaborar en la formación catedralicia de una palabra. Ver morir a una palabra es una experiencia tristísima comparable únicamente a la mutilación de un sintagma o la supresión de una tilde en una palabra aguda terminada en e. Yo ya me he resignado a soportar estas experiencias y no hago esfuerzo alguno por reprimir el dolor o contener el llanto. Un llanto cercenado por la razón propicia otro llanto oculto que no puede ser cerrado de ninguna forma. Anoche lloré por un verbo llano que murió de frío. Ahora mismo tengo el corazón partido por la fuga de unos adjetivos que tenía yo en mucha consideración y delicada estima. Ni los míos, tan pendientes de mis cosas, han sabido consolarme. Nada me conforta salvo tal vez una caja de zapatos nueva que zarandear cuando nada me divierta. Es mi madre la que me desquicia con sus comentarios, hacen que pierda la concentración: "Cosme, te estás poniendo enfermo con tanta caja de zapatos. Debes probar a salir un poco. Ya tienes edad. Luego abres la caja y te pones a colocar letras y a quitarlas. Tú sabes que yo no te molesto, pero anda, anímate, sal un poco, da un paseo. Ya es hora de que te eches novia. Hasta puedes dar con una que le gusten las palabras como a ti. Podéis jugar juntos. Yo os llevo la merienda. Hazme ser abuela, trae un Simancas al mundo".
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