22.6.22

173/365 John Coltrane



 


I

Siempre me gustó esta fotografía. Admiro la quietud que exhibe, esa mansa evidencia de que es posible ser hospitalario con uno mismo y darse la satisfacción de no apresurarse mucho o de no tener prisa de ningún modo. Creo que todos somos ese John Coltrane de vez en cuando. Momentos de inspiración en los que hacemos algo que de verdad nos enriquece. A veces no tenemos esa certeza. La de hacer algo que nos haga mejores. Hay días en que te acuestas con ese runrún en la cabeza: el de haber contribuido al equilibrio del cosmos, el de haber aportado una coordenada inédita, el de estar en posesión de un frase que hasta ahora nadie ha pronunciado, el de creer que la educación, la ternura, la bondad o el amor pueden derrotar al miedo o a la injusticia o a la violencia, pero no sabes qué va a hacer Coltrane cuando se levante, si acometerá My favourite things (una versión de veinte minutos que se impregna al oído y lo separa del mundo) o se encerrará en una habitación de hotel y se meterá en el cuerpo todo ese veneno que tanto le gustaba. A veces son los venenos los que nos tienen en pie. No sabemos cuántos coltranes hubo. Es posible que muchos. El que tocaba era el que conocemos, pero es posible que otros tuviesen el mismo o mayor encanto. He escrito encanto y no parece que esté refiriéndome a Coltrane, sino a Cary Grant, pero es sólo un prejuicio. Yo prefiero éste, Coltrane el Manso, el que está a punto de ver a Dios en un solo en mitad de la noche. Eso no puede decirlo cualquiera. Coltrane es el que nos hace viajar, uno de ellos. Vamos de su mano, nos tiene cogida la nuestra


II

Tipos como Coltrane o como Evans. Decían sacar de sí mismos lo que anduviera oculto, lo reservado y en cautela. A gente como ellos no les fascinaba la posibilidad de ser otros al modo en que a veces incurren quienes escriben. Como uno mismo en ocasiones. Hablo sin saber. Lo que buscaban al tocar en un escenario o grabar un disco era encontrarse ellos mismos. Como si el fuego oculto del que hablaba Miles Davis fuese el que contase quiénes eran en realidad y esa revelación les ayudara a sobrellevar el trajín de los días, la vida real, la rutina, todo eso. Luego están las drogas, la idea de que no se puede extraer esa locura interior si no la espolea la química. Los dos fueron asiduos de ellas. Los dos cayeron por el escándalo del vértigo de las drogas en su sangre. La sangre corre loca por ahí adentro, irradia fulgor o veneno, según se la cuide, de acuerdo al mimo que se le tenga. Sin embargo Coltrane y Evans eran tipos tímidos, de los que no necesitan airear su talento o se refugian en la intimidad, en el pudor, en cierta vida contemplativa en la que la música que practicaban contribuía a reconcentrarse más. Si uno es capaz de limpiar todos los instrumentos que acompañan al piano de Evans o al saxo de Coltrane podrá encontrar ese pudor, esa limpieza en el trato a las notas. Cuanto peor trataban sus cuerpos, más amor daban a su música. 


III

No sé qué busca otro aficionado al jazz cuando escucha a Evans y a Coltrane o a Armstrong o a Petersen. La verdad es que no tengo, entre mis amigos, muchos aficionados al jazz. Sé que yo busco la grandeza, la certidumbre de que se me está alimentando. Que se produce la comunión entre quien toca y el que escucha. A veces lo siento en la literatura, pero ningún escritor me ha transportado a su casa, al fuego oculto de donde mana su creatividad y su talento, como ciertos músicos. No solo Evans, no solo Coltrane. Será cierto lo que me decía, no hace mucho, hablando de otros asuntos, mi buen K. La música cuenta todo lo que no cuentan las demás artes. Y lo hace con más eficacia y rapidez. Esta mañana he estado con Bill Evans. El concierto en Buenos Aires. Uno de los últimos. Estaba tocado, pero no se apreciaba la debacle en sus manos, tocó como un ángel. Luego puse Giant steps, el Coltrane furioso. Y me fui a trabajar. 


IV

La música tiene una elocuencia absoluta: todo lo sabe decir y todo lo expresa de la forma más convicente. No hay emoción que no pueda ser contada por la música. Ninguna de las adquisiciones intelectuales a las que ha accedido el hombre escapa al dominio instrumental de la música. El poeta es siempre un músico disminuído, aunque el el músico precisa de la poesía para serlo completa y satisfactoriamente. El músico, a su modo, es también un arquitecto del aire. Este texto tendrá una forma músical que lo cuente al modo en que ahora las palabras lo hacen y tal vez incluso de una manera más contundente, rebajada de la distracción semántica, encomendando a las notas la restitución exacta de la belleza contenida en el pensamiento. Y suena Coltrane. 



V

John Coltrane fue un músico con un don. Y fue adiestrando su talento a la sublimación de ese don al servicio del mensaje de su música. A love supreme es una suite hecha de jazz que John Coltrane grabó en una formidable noche con el pianista McCoy Tyner, el bajista Jimmy Garrison y el batería Elvin Jones. A su conclusión, cuando estos cuatro músicos superdotados guardaron los instrumentos y salieron del estudio de grabación, Coltrane confesó a su mujer que había llegado a una especie de extraño cénit de plenitud y de dominio absoluto del lenguaje del jazz. Los exégetas de ese jazz, los críticos inflamados de palabras y los hippies intoxicados con esas complejas tramas de saxofón que Coltrane soplaba hicieron que A love supreme ascendiera a un status totémico que transpiraba, al tiempo, amor cósmico, conciencia de una espiritualidad global. Era lo inexpresable expresado, todo lo inaprehensible que de pronto alcanza una dimensión tangible, un punto de fricción con la realidad en la que el oyente, extasiado, contempla una versión mundana de la trascendencia a la que la música propende cuando los que la ejecutan o los que la componen acceden a cierto estado de gracia. Coltrane era un sacerdote de esa espiritualidad, un hombre con un propósito: escribir la fe que lo consumía.


VI

Escuché A love supreme encima de un barco, el achacoso Castilla, gloria del Tercio de Armada de la Infantería de Marina. Mi amigo K. lo descubrió en un pub que amenizaba tardes de lluvia enormes con un fondo basado en el blues y en el jazz. Me dijo que le asombró la consistencia del saxo de Coltrane, me dijo que le condujo directamente al interior de la música. Yo no sé si logré ese acceso místico, si mi ingreso en el meollo de la cuestión, en la verdad de la música, en su belleza. La cubierta del Castilla no era un escenario especialmente cómplice con el jazz. Guardo, sin embargo, un entrañable recuerdo (por una vez dejen que entrañable y recuerdo se alíen para expresar justamente lo que pretenden) de esa primera vez en la que abordé consciente, deliberada y hasta gozosamente la escucha íntegra de las cuatro piezas del disco de Coltrane. Recuerdo con extraña claridad (hace casi más de treinta años) la urgencia de la música, toda esa mantra de sonidos que fluían con una magia que me parecía una revelación. Yo era el iniciado, Coltrane era el dios rudimentario de aquella religión improvisada. La precaria cinta de cassette (TDK o Basf o Sony, esas marcas compraba) no era el soporte idoneo y mi sensibilidad estaba amodorrada, anestesiada, contagiada de la funesta mecánica de la vida militar. Coltrane, en el Castilla, en alta mar, de noche, en la cubierta vacía y fría de una noche cercana a la Navidad fue uno de esos extraños prodigios que algunas veces recibimos y de los que no deberíamos desprendernos jamás. Luego he escuchado A love supreme en condiciones idílicas y he leído la información de la que antes no disponía. He descubierto el carácter religioso del autor, he entrado en esa feliz feligresía de amantes del jazz que necesitan un extra libresco, un texto al que agarrarse para sentirse aún más cómplice del prodigio que la música crea de la nada. Al contarle todo esto a K. me confesó una sana envidia (dejen que sana y envidia se alíen para expresar justamente lo que pretenden) y me pidió que le prestara la cinta de marras. Debió quedarse en el Castilla o en cuartel del TEAR en San Fernando o en algún bar a los que iba para perderme en las brumas de la birra y en la soledad perfecta de mi walkman Aiwa, siempre bien alimentado de buena música. Lo que sí debe andar todavía por el cuartel es el vinilo del que hice yo mi cinta. Bendito gasto del Ministerio de Defensa, absurdo, en su fondo: la libertad absoluta de un creador frente a la clausura gris de un recinto consagrado a cohibirla. 



VII

A love supreme tiene dos años más que yo. Un amor supremo, un amor supremo, un amor supremo. Es el jazz seminal o, si se prefiere, por no ser tan taxativo, una de las semillas (da igual en qué tierra se vuelquen) sobre las que crece el género. Coltrane se rehizo como músico con este disco. Se postuló como evangelizador y sacó a la calle su libro de salmos. No era fácil el credo, eso lo sabía. Tampoco creía poder ganarse muchos nuevos adeptos a la causa: le bastaban con los fieles habituales y algún alucinado que, en la brutalidad espiritual del mensaje, captara la voz de adentro, la suya, la de Dios, ambas, y creyese en el mensaje y lo expandiese por el mundo. La fe religiosa, de la que carezco, debe ser eso, en esencia. Publicado dos años antes de que muriera, justo antes de otra maravilla conceptual, Ascension, Coltrane llegó a una cima absoluta en la creación. En palabras de Coltrane, A love supreme era su carta de amor a Dios, el agradecimiento por haber despertado a la espiritualidad, de la que no disfrutaría lamentablemente mucho tiempo. La adicción (enorme) al alcohol y a la heroína, que cesó en cuanto comprendió el poder de la fe, le hizo ver el mal del mundo (concedió en una entrevista) y agradecía que Dios le hubiese inclinado al mal para que luego (atravesado por su luz, confesaba) le concediese la gracia de la redención. Era un pastor el gran Coltrane. Tenía a sus fieles a pie de escenario. Los tiene hoy, cincuenta años más tarde. Estarán dentro de cincuenta años. Contarán la misma vieja historia. El jazz. El amor. La luz. La comprensión. La esperanza. No hay un Dios en el libro de salmos de Coltrane: no, al menos, uno reconocible, de fácil asiento en la cultura o en alguna cultura concreta. Es un amasijo formidable de creencias, una voluptuosa compilación de dioses, todos íntimos, cómplices, atentos al susurro de la música. No creo en ninguna religión, creo en todas. Coltrane era un experimentado comunicador de su nueva vida revelada. Entra el Coltrane predicador, al que se le encomendó salvar las almas, aunque él tenía bastante con salvar la suya. No sabremos nunca si lo consiguió. A los cuarenta años se fue definitivamente. Cáncer. La plegaria estaba servida. Dios estaba satisfecho.

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