15.6.22

166/365 Milady de Winter

 



La folletinesca Milady de Winter, la casquivana y mercenaria femme fatale de Alejandro Dumas, mal aconsejada por el Cardenal Richelieu, aunque entusiasta en la comisión del delito, pierde la cabeza (literalmente) por amor al amor o al comercio o al poder, tal vez todo juntamente, y no hay piedad con ella. Se la ajusticia con saña. Los mosqueteros celebran con estruendo el finiquito de sus fechorías. Hasta uno de ellos la ama, ahí llega la locura de las pasiones. Es la mala sin disimulo de  sobremesas con brasero en tardes frías de invierno, un resto de nuestra infancia hambrienta de asombros. Festejamos que en las novelas o en las películas se cuide con mimo la maldad del antagonista. Cuanto mayor es su desempeño en las tinieblas, con más arrobo se lee o se observa. Se es más inflexible con lo que se ama, paradójicamente. Que se lo pregunten a Athos, el marido mosquetero francés o a Lord de Winter, el marido noble inglés. No sé medra en la comprensión del desamor, sino en su desquicio. Solo si no hubo deseo, en ese meandro de las emociones, se aplica un castigo menor o no se involucra uno tanto, aunque quién llamaría amor a lo que avivó ese deseo. No solo quien bien te quiere te hará llorar, como decía el refrán: también te hará más daño. Por devoción al instinto. Triste ese aserto, dolorosamente presente en esta sociedad en declive emocional, en zozobra y ensimismada, cada cual que labre su biografía . Ojalá el corazón humano no se atuviese a estos instrumentos de la venganza, y el amor concluyese con el amable protocolo de un café en una terraza, deseándose los amantes suerte y amores nuevos, amores mejores, en todo caso. Pero no es así, no suele serlo: el amante afectado, el que se cree dolido, dañado, violentado por el cese del amor o de la pasión o por su corrupción, se toma en mala medida la justicia por su mano y hace las veces de juez y de parte. Cojan cualquier novela romántica. Acudan al lamentable registro de maltratados y de maltratadores, de fuego sin dueño, de loca venganza. No son de amor sus prendas: las alienta el delirio de su enferma sangre. Se repite una vez y otra vez, y duele constatar la repetición, ese bucle perverso. No hemos sido educados, me temo, a renunciar al amor, a darnos por vencidos, a considerar al otro un igual, no la propiedad que a veces se erige como sustancia del litigio, no el objeto del que podemos desprendernos con educación y afecto. O mía o de nadie, se dice o se escucha decir. Somos malos, en el fondo. Entiendo que no lo somos todos, que a alguien lo atraviesa la bondad y la expande y la comparte con quien tiene cerca. De ellos dependemos para proseguir. El amor, que mueve el sol y también las estrellas... 


A mí me queda la satisfacción de cerrar los ojos y ver a Lana Turner, la pérfida Milady de Winter, recamada de blondas de seda y juegos de palabras, inglesa o francesa según convenga. Eso es también un acto de amor, un sencillo y puro acto de amor a la ficción. A la literatura o al cine. Hay mucho de él a poco que se busca: amor loco, amor fou, amor mentido, pero amor, ah amor, amor por encima de todas las rotos que produce, amor visible y amor cerrado a los ojos, amor fiero y amor manso, amor a los libros y a las piedras, amor a la raíz cuadrada y a los verbos copulativos, amor a las cartas (mas si amor las decora), amor al jazz hecho aire y al aire liberando jazz, amor sin palabras, amor carnal, amor a los hijos, amor antiguo y continuado tantos años después; ah el amor, qué no haríamos por saberlo nuestro y tenerlo a mano cuando la realidad, la muy casquivana también a veces, nos hostiga, nos hace caer, hocicar contra el suelo, sí, aunque el amor nos ice y haga que el mundo, una vez más, gire, avance, explote de luz como una estrella de cien puntas. Ya saben: quien lo ha probado, no lo reprueba. El amor con su reverso, la bondad con su veneno. Todo está en ciernes. Está el mundo a medio hacer. Las palabras dan o quitan. El alma, la pobre, la desconsolada, la sublime, la enamorada, hace y deshace, se impone y se retira. El verdadero placer consiste a veces en cerrar los ojos y ver a Lana Turner. Recordar cada pequeño rasgo de sus facciones. Queda el recuerdo de la malvada Milady, su ocupación en el daño ajeno. Ella es capaz de descabalgar el tino y la cordura en la cabeza de los hombres, hacer que tambalee un gobierno o arranque una guerra. Para los lectores o para los cinéfilos, Milady es la representación absoluta del pecado, lo cual es una proeza literaria. Viva el cine, viva la literatura. Viva Dumas, que escribió una novela maravillosa. No sé si leída en adulta edad dará el mismo efecto, pero en las mocedades no hay casi ninguna que arrime más emoción. 

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