18.4.20

En memoria de mi padre




En ocasiones, cuando se ponía sentimental, mi padre me concedía una parte suya que no era la acostumbrada. Abría el corazón, mostraba su parte frágil y más íntima. No siendo un hombre dado a estas intimidades, hacía que su hijo se sintiera feliz y me sentía esplendorosamente halagado, elegido en la recepción de un secreto, como si aquello que decía sólo tuviese ese momento para ser expresado y a mí se me encomendara la tarea de registrarlo. En una de esas debilidades tímidamente ofrecidas, me pidió que escribiera algo sobre él. Lamento que eso que me solicitó no tuviese respuesta, no accediese (no sé ahora las causas) a brindarle ese regalo que me requería . No había recordado esa conversación hasta este pasado miércoles, cuando lo enterrábamos. Fue un sepelio corto, también abreviado el velatorio, extremedamente aligerados de peso, convertidos en un acto privado en exceso. Mi madre, mi mujer y yo como únicos invitados a la ceremonia de su despedida. No son tiempos de celebraciones, ni las luctuosas y trágicas pueden extenderse, hacerlas a la manera conocida, la única y la más consoladora, la de la familia y los amigos (muchas veces los amigos son familia, qué placer eso, qué felicidad tener eso) alrededor del fallecido, confortando a su hijo y a su esposa, a su nuera, que lo quería mucho y era correspondido ese amor, y a sus nietos, de los que jamás se separó, aunque lo devastara la enfermedad y su cabeza se convirtiese en un marasmo de recuerdos que no podía expresar, porque perdió el habla y se comunicaba mal y a duras penas nos hacía comprender lo que pensaba. No he llegado a tiempo, se puede decir. He caído en la cuenta de que debo pagar esa deuda con él y conmigo también, aunque sea tarde, quién sabe si en realidad no lo es.
Tuve de mi padre la herencia más duradera, la que va por dentro, la mejor, confirmado por quienes nos conocieron a ambos y sostienen que yo soy una extensión suya. Suele pasar que los hijos se parecen a sus padres. Así nos dan la primera satisfacción, cantaba Serrat. Yo tengo su apresto físico (eso no lo confirmo, es opinión que escucho con frecuencia) y también atesoro la convicción de que una parte de él continúa en mí, eso no es privilegio únicamente nuestro, pero me consuela poseer esa certeza, entender que no se ha ido del todo mientras yo esté en este mundo. De él aprendí muchas cosas, algunas las he entendido tarde. Me contagió (mal verbo para estos tiempos) la devoción por el cine. No había actor o actriz del Hollywood rutilante de los años 50 o 60 que él no conociera, todos pronunciados a su antojadiza y andaluza forma, pero cabales en nombre y en apellido. Me hizo amar el cine. Una vez, como el que traspasa un objeto mágico, me dio una libreta de anillas en la que estaban anotadas cientos de películas que había visto en el cine. Nada de televisión aquellos años, el cine se disfrutaba en una sala grande. Escribía el día, el título y el cine en que la vio. 17 de enero. Mogambo. Palacio del Cine. Por eso abrí yo otra libreta hace 28 años, pudo haber sido antes. En ella hago lo que él hizo. No he dejado de ir apuntando ahí todas las películas y no voy a dejar de hacerlo. Que pasen de 3.000 en esos años es achacable a su desmedida memoria cinematográfico, confiada a la libreta de anillas que, por cierto, acabó lamentablemente perdida en una de tantas mudanzas. Me hizo amar el trabajo. Como tantos de los de su difícil generación, a falta de estudios, se tiró a la calle a echarse horas a las espaldas para traer el sueldo a casa. De ahí que yo respete el trabajo como un privilegio y cumpla en lo que buenamente pueda en su desempeño.
Hubo un tiempo en que se soltaba por Lorca. Recitaba de memoria cancioncillas y poemas cortos. "Me lo contaron anoche las lenguas de doble filo..." Jamás hubo en casa, a pesar de no andar sobrados de dinero, censura en el hecho de que el único hijo comprase libros. Eran una bendición en la casa y él, años después, cuando busqué vida y casa propia, se apostaba frente a nuestra biblioteca y admiraba su faraónico tamaño. Que yo escribiera y tuviera mi columna en el diario Córdoba, hace de eso un siglo, era su motivo de orgullo. Cuando la Diputación de Córdoba me publicó un libro de poesía, estalló en júbilo. A los demás libros que se me han editado acudía a las presentaciones henchido de noble satisfacción. Su hijo, el escritor. Eso de que yo escriba es herencia suya también. Entraba a diario a mi blog. No todo era de su agrado. Hay cosas que escribes que entenderás tú, me decía, despachándonos una caña en Curro, a la puerta de casa.
Luego enfermó. Cayó en la tristeza de no poder hablar. Son malos los ictus. El suyo le privó de las palabras, las que tanto amó. En adelante, tras esa desgracia, vinieron otras. Le amputaron la pierna. Le confinaron (otro verbo doloroso) en una residencia, Nueva Aurora, que fue su segunda casa y en la que fue querido y tratado como Dios trata a sus hijos. No tengo palabras (yo, que me precio de tener tantas) para expresar la gratitud hacia ese hogar sobrevenido y feliz, a pesar del rigor de no estar en el suyo, junto a mi madre, junto a su amada esposa. Mi mujer y yo le visitábamos a diario, salvo cuando alguna ocupación nos lo impedía. Hemos sufrido y hemos disfrutado esas visitas, las hicimos una extensión de nuestra existencia. Ya no será posible sacarlo a tomar café, escuchar sus parlamentos sin elocuencia, sus frases largas y perdidas de alambicada traducción, a veces imposible. No hay mucho más que añadir; de hecho, no sé si he añadido algo que de verdad explica lo que sentimos en casa (su nuera era una hija, no es una frase hecha). Fue muy duro despedirlo. Uno espera que en esos trances haya consuelo en los que lo querían, los que de corazón acuden y presentan su condolencia y su pesar, pero nada de eso fue posible. Mi madre, mi mujer y yo le dimos el adiós más íntimo que pudimos, ninguno parecido al que cualquiera deseara, en el que se constatase el amor y el dolor juntamente, el respeto y la condolencia. Ni sus amados nietos, Sara y Emilio, pudieron. Todo lo bueno que tenía ha venido devuelto con creces cuando ha dejado este mundo. Nos hemos sentido arropados, confortados en estos momentos durísimos. Se hacía querer el buen hombre. Era, machadianemente, una buena persona. Ni el rigor de la enfermedad, esa dureza de hierro perverso que lo devastó y le sentó en una silla de ruedas, robándole la voz y apartándolo de su casa, mermaron esa bondad suya que se le veía en los ojos y en los gestos. Descansa en paz, Pepe, papá, tu mujer, tus hijos (tuviste dos, aunque conste sólo uno), tus nietos y toda tu familia te tendrá en la memoria. Ese es el sitio en el que están las personas que se van. Ojalá tú estés con tu Virgen de los Dolores que tanto amabas. Ella te consolará y te tendrá bajo su abrigo. No me permito hoy tener ninguna duda sobre eso.

Uno de estos días, cuando amaine la tormenta cruel que tenemos encima, iré a la parte trasera de la estación de tren de Lucena, a la vera de la residencia bendita en la que estuviste. Me sentaré, echaré un cigarrillo y haré una foto del cielo y pensaré que me estás mirando.



2 comentarios:

elf dijo...

Mi más sentido pésame.

Mycroft dijo...

Ánimo, los padres viven en los mejores gestos que nos quedan, ecos de ellos...

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