26.11.22

330/365 César Aira

 



Vérmelas con la literatura si de verdad persiste la idea de querer ser escritor, decía César Aira, al que le preocupa más el artefacto verbal, el contenido lúdico y libre de ataduras, que la nomenclatura, el soporte, el patrimonio histórico que se sustancia en esa palabra poderosa, tan quemada y tan viva todavía: la literatura. Aira es la heterodoxia, toda esa rebeldía que no precisa el griterío ni la exhibición para adquirir su condición de extremo y de extremismo. Me encanta de Aris su sencillez, su escritura aparentemente no pulida, como si no precisara mayor pulimiento y se decantara así, deparando la sensación de que algo se nos está contando al oído o que no hay un escritor detrás sino un demiurgo que eligiera las palabras exactas y no se excediera ni se arredrara, colocando cada pieza en el sitio exacto, no pudiendo haber otro, no requiriéndose por parte del lector la necesidad de que exista otro. Aira es esa pulcritud gozosa y, al mismo tiempo, una hondura extraordinaria. Dijo de su escritura que salía improvisadamente, pero con lentitud, en cámara lenta, no espontánea, veloz, sino pensativa y cuidada, pero eso son manejos de las palabras, maneras de expresar un don (el de la literatura, del que es un mago absoluto) y no darle mayor importancia al truco. Cómo me hice monja, su libro que más aprecio, cuenta la historia de César Aira, que se ofrece en la paradoja de un niño de seis años que también es una niña. Hay un asesinato. Muere un heladero, creo recordar, pero esa muerte terrible (que procede de una discusión baladí sobre el sabor de un helado y que presencia el niño, esto es, el interpuesto César) no es lo que importa en la narrativa: es César al entender la realidad y comprometernos a entenderla como él lo hace, lo cual es el propósito único de cualquier obra de ficción: la supresión de la realidad del lector y la injerencia (brutal a ser posible, sin fracturas) de la realidad narrada. No hay muchos escritores que consigan eso: cancelar la periferia del libro, incluso apartar (ese verbo es más útil, puesto que la realidad siempre regresa) la intimidad de quien lee y conducirlo de la mano o a rastras o a empujones (todo vale en ese juego) hacia donde el escritor decide. Y con qué docilidad vamos. Abrazamos el simulacro entero de su invitación, lo abrazamos con asombro continuo. No hay novela suya (un aparte es su obra ensayística, compendiada en la monumental La ola que lee) que no despierte la diversión, aunque Aira prefiera evitar "los extravíos narcisistas" y se mantenga (dice) frío y vigilante, como si lo frívolo no conviniera y lo excesivamente descacharrante arruinara el propósito de la narración misma. Desconfío del humor, dijo, a pesar de que lo primero que admiro de su obra es precisamente esa cualidad. Aira es un escritor prolífico. Es un placer saber que hay libros suyos de los que ni he oído hablar. Leo que ha publicado más de cien volúmenes. Me agrada pensar en que probablemente ahora esté escribiendo. Lo hace a mano. Estilográfica. Folio en blanco. Esa mezcla ya contada de lentitud y espontaneidad. Como si no fuesen contrarios esos dos sustantivos. Hubiese preferido dibujar a escribir, leo en una entrevista. Vienen a ser la misma cosa: elegir unos materiales, precisar una técnica, avanzar hacia un fin. Refiere que hay días en que sólo escribe una "paginita". Lo hace a bocajarro, no se detiene a volver atrás, no le da crédito a eso de que releer lo escrito le arrima la posibilidad de corregir: Aira no corrige. Creo que es el único escritor que presume de esa vocación de lo instantáneo. Industrioso como una abeja en un jardín, se declara con frecuencia impostor: escribo desde el fraude, soy una marginalidad en la literatura, no merezco los halagos, lo único que hago es escribir porque no encuentro nada que me asegure un placer parecido. No hace novelas largas, pero hace muchas novelas. Novelitas, las llama él. El hecho de que se extiendan impide que las ideas que bullen en su prolija cabeza no prosperen. Se hace a sí mismo una competencia leal y productiva. Tampoco hay un hilo que una ese inventario extraordinario: se reinventa a cada nuevo libro, se da la oportunidad de ser otro, concede al lector la de invitarle a que olvide a César Aira y se limite a penetrar en la maraña (juguetona, extravagante, lírica, según el caso) de historias que continuamente se le precipitan. A pesar de haber vivido en la Argentina convulsa, Aira no es un escritor que se deje caer en tramas o en mensajes políticos. El juego está por encima de los jugadores. Las llama tonterías a esas historias. El juego es lo único importante, pero no pasa de ser un ameno distraer las horas: las del que escribe, las del que lee. Se declara lector ajeno: tampoco concede tiempo (es escaso, hay mucho que contar todavía) a someter su obra a su consideración como lector. Reformular vendría a ser un acto reiterativo. Yo lo leí com fruición y me vi en él. Uno, al escribir, desea ser alguien que no se es. Y Aira es inalcanzable, no se puede asumir su febrilidad, aunque se ponga el alma en acercarse a ella. 

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