23.11.22

327/365 Chantal Maillard



 El bosque es una invitación a perderse

en su descuido de árboles y de bruma.

Para que sea un laberinto,

el bosque debe ser simultáneo e invisible.

No podemos tener constancia de que las ramas y la fronda

proyectan sombras y que la luz se enreda

en esa heredad tupida para que el cielo exista.

Del bosque se tiene la armonía de su vasto caudal de siglos.

Mirado sin asombro, no es una catedral, ni pareciera que surgen

altares a cada recodo del camino,

entre el verdor de la tierra y el musgo trepando las rocas.

Si se le observa con paciencia, puedes percibir el olor de la piedra,

un rumor que aspira a ser cántico

en el improvisado crujir de un endeble arrojo de alas en un risco.

Es descender al cuerpo y tocar el alma,

advertir su condición de quebrado prodigio

o de sola lumbre en un afán de sombras.

El alma reclama su candor y su pureza,

su fiebre sin cuerpo, su gozo sin sangre.

Un resplandor hecho raíz, una fe

en la apostura del tallo cuando se atreve a izarse

y tantear la luz que lo impregna.

Un acto de amor puro que de repente

se reconoce palabra y pronuncia

su inabarcable sustancia de infinito. 

“Pájaro de alas rotas, mi hijo”, temblor, vértigo

en la nada como un susurro en el caos. 


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