11.2.24
De las cosas domésticas
Si algún damos con algo parecido al hombre en los confines del éter, en la lejanía absoluta, si al mirarnos a los ojos y estrechar nuestras manos, si sus manos hablasen como las nuestras, sentimos algo parecido al afecto, si después del protocolo de los gestos las palabras acuden y de pronto sabemos nombrar la luz y el aire y el agua con idéntica gratitud, si nos aquejan los mismos dolores y el placer nos visita con idéntica fruición, si el amor cifra el entero propósito de nuestros anhelos, no habremos hecho mucho, no será esa epopeya celeste un libro entre los grandes libros, no será lo que se contará a los hijos cuando se les tenga que contar algo de verdad importante, cuando aquí, en esta casa azul y enferma, todavía no hemos logrado mirar al prójimo en la creencia de que es a nosotros mismos a quien miramos o alargado nuestra mano para que el otro la estreche y la apriete o respetado la luz y el aire y el agua o habernos sentirnos concernidos por el dolor o por el placer ajenos, si el amor no es nada más que ese humo que se desprende del fuego cuando concluye su oficio.
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