12.8.22

Una lectura de "Oscuro vuelo", de César Rodríguez de Sepúlveda

 


EL LIBRO

He hecho escrutinio de los 33 poemas de Oscuro vuelo, de César Rodríguez de Sepúlveda. Osadía la mía. Me he licenciado en atrevimiento, pero qué placer discurrir por las palabras, ahondarme en los versos ajenos, dar conmigo mismo en lo que ha escrito otro, que es (al final) el destino de la buena literatura. 

Hay mucha poesía leída y sentida en la poesía de César Rodríguez de Sepúlveda. Se aprecia, más que el bagaje lector, que abruma, la delicadeza en el manejo de las palabras y el respeto al género. Es esa pulcritud o esa diligencia en lo rendido en los poemas la que exige una indagación lenta, un dejarse conmover (es lo esperado por quien lee, que lo perturben) por la labor orfebre del poeta, que pule hasta la sustancia más íntima, la de la niebla que trama su escritura emborronada o la del "leopardo herido por la nieve". 

A la belleza se la conoce por el esmero con el que se la apresa. En Oscuro vuelo hay una voluntad de clasicismo que no agota ni se embebece, tampoco abruma: adquiere el tono y el sentido conforme la lectura avanza y se apresta uno a sentir esa eclosión deseablemente morosa que consiste en irse desvaneciendo, en perderse en las palabras, en la cultura vivida que aloja. Se es entonces brújula y también mapa, alguien que ha encontrado en su poética, en el firmamento del lenguaje, el modo de aplicar el oído y la vista para que todo ese fulgor volátil no se arredre en darse y permita que el poeta, quién si no, las atrape, haga con ellas "lo mismo que el astrónomo, / armado insomne con su telescopio" (Nocturna montería).

Todo en Oscuro vuelo está atravesado de una caudalosa iridiscencia: no hay otra cosa que celebración de la luz y, juntamente con ella, otro festejo irrenunciable para quien ama el lenguaje y la boscosa y bendita cultura: la certeza de que es la misma poesía, en su más ancestral expresión, la que congrega a los asistentes al festejo y obra entonces el milagro de un misterio.

 No salimos con ningún significado cuando la lectura ha finalizado: no le incumbe al poeta la provisión de respuestas, solo la remisión de preguntas. Hay en el poemario las previstas, las que han expresado con formalidad clásica el sentir de lo más acendradamente humano, y también otras convocadas "en la luz del instante", ocupadas en combatir "la oscuridad y el frío" con las herramientas del fuego y de las palabras. Se acerca César Rodríguez de Sepúlveda al lector y parece contarle, confiarle una epifanía a la que se le ha concedido acceso (eso será el numen) y él ha dispuesto difundirla. 

LOS POEMAS

Oscuro vuelo

Son los estorninos los que toman lo que Borges encomendó a las piezas del tablero de ajedrez: buscan una senda, se alzan y expresan en su danza de "negras constelaciones" un mapa, una "laboriosa escritura celeste" que como un palimpsesto divino dispone en "el azul exacto de los cielos" un verso antiguo, un poema primordial, pero a qué ese trenzado, para quién su trazo o su verbo oscuro. También hay un dios por fuerza misterioso a cuyo centro aspiramos y del que no sabemos si se sentirá halagado por el latido del aire o refutará su milagro y recompondrá la música.

Mariposa de niebla

Al tigre, más de Borges, o al leopardo lo hiere la nieve. A la mariposa le corresponde resplandecer en su dorada estancia. Del vacío emerge una "vaga presencia, espíritu y fragancia". El paisaje se conmueve y anticipa otro paisaje. Todo es sueño o sublimación de un sueño. Misterio con la hondura de un cuerpo que está por formar y en "levísimo aleteo" se desdice continuamente, renuncia sin pudor a su condición de milagro. 

Predicación

Piet Mondrian está en la periferia de cualquier impureza. He aquí la disciplina del hombre, la voluptuosa rectitud de la mano que rige el fluir de la línea. Coherencia y solemnidad. "En el lugar preciso que un orden justo exige" la luz se descompone y se gusta en la desobediencia. No es solo un eclosionar de geometrías tabuladas y estrictas: es la misma alma la que se gobierna. "No pasión: intelecto, limpia visión, luz clara".

Derramarte

Pintar un cuadro es remedar el mundo. Está sin cerrar el rito, se produce con escrupulosa exactitud, se repite un afán. En la tela hay un volcado de luz y de sombras. "Pintar como quien cava / una fosa gimiente". Una vez que el pintor encuentra la manera de cerrar esa trama, pues es un contar lo pintado, "late aún el misterio, / habita aún el dios en los oscuros trazos". Pollock es el pintor de la ceniza, sí. Por ella se perciben las dimensiones del fuego.

Desnudo azul

De tan azul las palabras se engolosinan de cielo y de mar: un cuerpo con su quebrada arquitectura, con su intimidad emboscada en sílabas.

Vivir para ver

Elegir de los demás lo que les hace espléndidos. Acertar con el lugar y aprovisionarse de paciencia para que la imagen restituya la hondura del alma. Dar de uno cuanto convenga para que "herido por la luz del cine" podamos encontrar en la oscuridad la continuidad dulce de las días y la mansedumbre conmovida de las noches.

Ambistoma mexicanum

Tiene la zoología fantástica sus criaturas como la civil sus fantasmas. Ahora soy un axolotl, escribía Cortázar, pero hay algo de verdad en cada transmigración, en la opulencia de lo invisible, en la ofrecida presencia de lo anómalo, en todo lo que la belleza se arredra y no encuentra con qué cumplir su cometido. Son irrelevantes, cuenta el poeta: todos los monstruos son de una debilidad que conmueve. 

Muerte de Leandro

Los amantes son de la vigilia: en el sueño de uno de ellos, muere el otro, lo engulle el mar, no da con la llama que le guíe por las aguas duras. Mayor que la furia de las olas y de los rigores del abismo es el amor. "Desnudo combatí del mar la cólera". De haber ocupado el horizonte tu invocación, oh Hero mía, yo habría vencido a las sombras que se ciernen y malogran nuestro abrazo. 

Apolo y Marsias

Qué crueldad la de los dioses, con qué saña se esmeran en hacer valer su divina intendencia. El combate es desigual. También la derrota tiene su componenda. El sacrificado implora, pero nadie acude a socorrerlo. Apolo reconoce su debilidad: "cuán estéril, cuán mísero es mi arte", pero la piel es la del exvoto, el corazón censurado es el del sátiro que no pudo emular con oficio las artes de los dioses. 

Acteón

Ya Calímaco se complace en airear la osadía de quien se permite ver desnuda a quien jamás podría. Ni el precipitado en deseo ni el que por concurso del azar se fascina por el regalo hallado. Atenea o Artemisa, "gozoso sacrilegio", "en la ribera /secreta del placer" para que la carne del desavisado sea sacrificada y la historia escriba un episodio que no tocará el tiempo.

Lucifer 4 A.M.

"Era hermoso Luzbel entre los ángeles", pero, ah insubordinación, deseó ser, más que portador de la luz, sombra soberbia. Y el "aura/de su superioridad desconcertante / que a la hermosura añade la derrota", pero qué importa el fracaso si desafiaste al Altísimo, si toda la suerte de los hombres te tocó en prenda y caminas en los sueños como un imán de descarriados.

Paisaje con el juicio de Paris

El arrebol en la lontananza corona "los hermosos vergeles / y el rumoroso río que fluye por su entraña". Luego se producirá el prodigio de las palabras que glosen las hazañas cotidianas: la luz con su canto, "la tarde medieval y fría" en la que se distrae un pastor o un príncipe en la contemplación de la belleza. El hombre escoge a la más hermosa y los ejércitos afilan sus cuchillos. O todo fue una excusa para que Ovidio, Homero y Eurípides manuscribieran la tragedia y Pedro Pablo Rubens la pintara con arrebatadora intención de pecado. 

Excalibur

Puede el héroe descreer de su condición y reclamar no ser nadie y mirar el metal hundido en la piedra como el que se cruza con un animal herido del que no sabe si lo atacará o morirá en paz, ajeno a su presencia.

Soliloquio en la niebla

No saber si es ahora o fue antes o acontecerá más tarde, pero Avalon me espera y una tumba llevará mi nombre. El juglar entonará proezas. "Para qué preguntarse / si hubo un tiempo en que ardía / el fuego. La ceniza / es ceniza. El destino / del fuego es extinguirse". Yo me iré como se fue Ginebra en su sombra blanca con su Lancelot. Ella me velará cuando no esté. Merlín no triunfará. "Todo es olvido. Eres niebla. No existes". 

Muchacha leyendo

¿Cómo no prendarse de la muchacha que lee y una luz la atraviesa, dorando su frente, resbalando por su rostro ensimismado como un agasajo del cielo? ¿Cómo no dedicar el resto de la vida, con sus días ocupados de empresas y las noches convertidas en clausura, a pensar si la muchacha que lee recita un secreto que "tensa, firmes, las luminosas riendas de sus ojos". Será de amor el secreto. No acaba nunca lo leído. El misterio es a la vida como el agua a la convocatoria de un agradecido cauce. "El pincel de Vermeer la ha eternizado". El poeta ha restituido el primor de los colores y ha reclamado para sí el contenido de la carta. 

Para engañar al monstruo

Habla quien ha padecido la soledad y el rigor de la soledad cuando no se solicita y solo pide que la historia no acabe y una siga a otra hasta que todas parezcan la misma y el tiempo no avance. Es el monstruo, el que pide a Sherezade que haga lo que mejor sabe, pero el relato se ha contado mal: no es la cautiva la que sufre y alarga las penurias hasta que no le queda voz con la que entretener al que, embelesado, escucha, sino el carcelero, que está a su merced y no lo sabe.

Estatua de sal

Duelen las palabras que la muerte prevista va escribiendo en el aire. Festeja la cópula rota de los amantes a los que el ojo de Dios sorprendió en el oscuro vuelo de su ira. La historia se cuenta de otra manera, pero la vida es lo mejor que conozco, dice la mujer de Lot en el momento en que la fulmina la mentira y los ángeles esculpen lenguas de odio sobre su cuerpo derramado, obligado a correr y, en la carrera, a soñar. Mirar atrás después para comprobar que nadie contempla la fuga. En estas libaciones frívolas de la razón, en esta herida pura, encontrar el silencio como un bálsamo, dulce como labio que galopa y escarba y fecunda todo este entusiasmo, las tarde infinitas sin épica ni aliento en las que todavía poder conducirnos sin miedo por todos los venenos del mundo. 

Adriano recuerda a Antínoo

Adriano llora sin que nadie lo vea. Le habla a su amor, Antínoo. "Está tu efigie / en remotas provincias / que no veré jamás". Los dos habrán perdido la consolación por la belleza. Ella es la única herramienta con la que alimentar la memoria cuando la misma belleza se ha ido. El dolor es inconsolable, lo cuenta el poeta. El amante sabe lo que ha perdido. El dolor es una lágrima inmortal. 

De la levedad

Es ahora y es aquí. El sol ha salido y la noche se echará. Cuando oscurezca, el día será un imposible, pero clareará la mañana y las sombras ocuparán el olvido. "Cantan los pájaros, / afirmando su siempre, sin preguntas". Vivir es luz de un instante. No parece que ni podamos morir cuando abrimos el pecho y el aire lo atraviesa con su recado de eternidad.

Objetividad

Sentimos porque hemos sido instruidos en el arte de acunar milagros. Los apretamos contra el pecho. Les damos calor si concurre el frío. Los acariciamos si requieren afecto. Porque un milagro está siempre solo. La lluvia es un milagro del que no sabemos nada. Ignoramos si lloverá otra vez, aunque hayamos visto llover a diario. La misma "fragancia de los parques /, tardío florecer / de la luz " no se compromete en repetir su aprendida combinación de olores. El mismo fuego que arde sin que se le vea es más verdad que el fuego que nos quema si acercamos la mano.

Solsticio

El corazón no sabe que está latiendo ni que un día cesará el latido. El poema no sabe que es un corazón mientras se lee o cuando se piensa en él y las palabras ocupan la memoria como un regalo de la belleza. Quien ante el sol se inclina, antigua costumbre la de venerar su "inmensa antorcha", invoca la luz, las constelaciones, las mareas, el mar abovedado por su céfiro de astros, su presencia sin disfraz. "Ignora por completo que una noche, en diciembre / el moribundo anciano será un niño de nuevo". 

El extranjero

"Con fuego y con palabras se combaten / la oscuridad y el frío". El poeta es un dios para el que no recuerda cómo cae la noche y con qué dulzor se acurruca un cuerpo en otro y lo hace entera propiedad suya, pero el poeta es un demonio para los que tienen el corazón roto o han perdido el asombro. A veces acude alguna a la tribu y se le da la oportunidad de que cante. Cuando ha compuesto el poema y lo ha entregado a la concurrencia, se le sube a un risco y se le despeña. Luego se espera con impaciencia la llegada de otro poeta. Por vencer la oscuridad. Por tener de nuevo la ilusión de que todo está a punto de empezar y son los testigos de ese prodigio.

False start

Haz de cada verso que te agrade promesa de otro con el que festejar la absolución absoluta de la poesía. "Haz de la hoja / arrugada mortaja; dile adiós". Ten la seguridad que nunca escribirás un poema. Nadie lo ha hecho. Está en alguna remota residencia de ti mismo, pero no eres tú el que darás con él. Te conformarás con lo que otros precariamente urdan. Festejarás cada palabra cuando hayas entendido que no se avienen a tu capricho y tienen la singular ocurrencia de desoírte cuando invocas el milagro de su convocatoria.

Memoria de los ríos

Aprende la memoria del hombre a nombrar no las cosas, sino su cauce, su trasegar por los campos o por los valles, por la fronda del bosque o en meandros que precipitan su nervadura azul y horizontal en el ansioso mar. No estará la húmida ninfa Eco, la que desdeñó Narciso, la que en locura de amor se vierte en lágrimas al saber de que su amado ha muerto, ni su voz resonará por el caudal numeroso. No es a morir a lo que los ríos van al mar, contó un poeta. Hay un ciclo. Todo vuelve. La ninfa regresa a sus enamoriscamientos y la vanidad de Narciso la rechazará de nuevo. El deseo perdura. La música del agua perdura. "La voz del río, el ímpetu del niño".

Nocturna montería

Somos cartógrafos del alma, que es un cielo invertido. A ciegas, el poeta busca las palabras. No están. No hay noticia de que hayan estado. "Centellean / un breve instante y van a hundirse luego / de nuevo en la negrura". Son de las palabras las victorias y las derrotas, les pertenece la memoria y el olvido. "Lo mismo que el astrónomo / armado insomne con su telescopio / a la caza de estrellas en lo alto / de la noche se aplica", el que habla y el que escribe balbucean en la oscuridad: creen haber dado con la llave que las abre, pero se cierran de improviso las puertas. Están cerradas cuando deseamos franquearlas. Al poeta se le encomienda custodiar esas puertas. Algunos las franquean. Algunos dan con el poema. 

Lázaro

Volver para repetir una trama de niebla y de sangre. Al que resucita se le asigna un papel más entenebrecido que el del fantasma. Ha despertado después de un sueño. O es al revés: se ha dormido tras haber recorrido una vida en la vigilia. Se le ha ordenado que vaya. Dios le ha confiado la restitución del aire en los pulmones y del fuego en el corazón. La carne, sin embargo, se duele. "Alguien rasga ligero mi mortaja / para mostrar mi carne triste."

Sala de espera

Se lleva contra el miedo una alforja de lejanías. Como si uno no estuviera allí donde el miedo se ha hecho el encontradizo y ha pensado en cortejarnos. Cuenta la memoria con su inventario de atajos. Todo con tal de que no nos venzan los rigores de lo real. Todo para que el final, cuando suceda, nos pille prevenidos y tengamos a mano un recuerdo en el que refugiarnos y no dejar nada nuestro afuera. Ni un pedazo de piel. Ni una sombra de lo que fuimos. La vida es una sala de espera. Tiene su completo prontuario de males, pero sabemos que tenemos todo el futuro para que su estrago no nos lastime en demasía.

Nadie

Es del capitán Nemo todo el mar. Los fondos abisales. Las criaturas extraordinarias. El rumor del agua cuando el negro infinito de las secretas honduras la abraza. Julio Verne nos contó que el emperador del Nautilus murió de viejo, asqueado de todo. Se iría extinguiendo en su diván frente a un ojo de buey desde el que apreciaría una soledad siempre azul. "... debajo de la piel / aún navega el Nautilus"

Refugio

La nieve cegadora. El blanco puro como un destello. Alrededor, el poema. Adentro tú y yo. No sabemos qué somos ni qué es la nieve. Tampoco la razón por la que ciega si se la mira con atención. Si se la escucha. 

Regreso al futuro

Una vez el cuerpo se ha hecho a sí mismo y se ha dado con el modo de convivir con él y hasta cuidarlo, la permanencia de los recuerdos hace que rescindamos todo pacto anterior, cualquiera que el albur de los años haya facturado a modo de peaje. Fuimos algo que después no hemos vuelto a reconocer. No aparece en el espejo. No hay otro modo de invitarlo que acudir al álbum de fotografías, que es siempre una cosa ajena. Nada sabemos de lo que fuimos. Tenemos una impresión emborronada. Era uno "ancho de hombros, fuerte, desgarbado", pero el tiempo cobra su tasa sin que le tiemble el pulso al rubricar el pago. Estamos ahí. Se nos ha ocurrido que, en efecto, somos nosotros. 

Ítaca

Si no fuesen por los hexámetros rigurosos. Si no fuese por el mar griego. Si no fuese por el regreso.

Un cuento de fantasmas

El tiempo obra su capricho en las litografías. Ninguna voz es la misma cuando repite una palabra. Ninguna palabra. El tiempo, cuenta el poeta, es un intruso. Desasosiega, más que otra cosa. Esa perplejidad no es patrimonio de quien advierte su paso y anota los cambios o de quien sin empeño encuentra un matiz que recompone el paisaje o el poema o un rostro. 

Despedida

Qué incierto es eso de que al final te acabas muriendo. Sucede siempre y sin embargo... Visita la muerte a otros. Nunca está uno en esa lista de previsibles bajas. Nadie lo está. Se la espera con la incertidumbre de quien no tiene ni idea de cómo sucederá su visita. Si estará el cuerpo ya roto y poco manejable o si todavía podríamos hacer que se exceda y escalar la cumbre de los días, tan fatigosa en ocasiones. "Siempre he estado contigo", nos dice. "Es al revés: / aquí no separamos, hoy vengo a despedirme". 

EL AUTOR

César Rodríguez de Sepúlveda (Madrid, 1968) es catedrático de Lengua Castellana y Literatura en un IES de la Comunidad de Madrid. Compagina la docencia con la forja de la literatura. Ha publicado dos poemarios: Luz del instante (Ommpress, 2020) y Noticia del asedio (Ommpress, 2021). Ha colaborado en diversas revistas literarias (Cuadernos del Humo, Quimera, 142 Revista Cultural y Estación Poesía). Es asiduo en las redes sociales. Su muro de Facebook es un alarde de imaginación y de puro amor a la inteligencia y a la belleza. Es infatigable en el volcado de imágenes y de autores. Admirable también su faceta de traductor. Oscuro vuelo lo publica BajAmar Ediciones en 2022. 



Oscuro vuelo
César Rodríguez de Sepúlveda
Bajamar, 2022
56 páginas
10 €

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