2.8.22

214/365 Vicente Aleixandre


 Hay poetas que viven en sí mismos. Se le da a la poesía esa cualidad fronteriza de búnker, de cosa construida con todas las cautelas, de secreto que debe ser protegido de la invasión de los bárbaros. El hecho de que un poeta publique y se las componga para que se le lea no rebaja la intimidad de su poesía, que funciona como un mecanismo íntimo de preservación o como un milagro del que sería creador y único espectador. Siempre achacoso, enfermizo, Aleixandre construyó su refugio interior, que fue un esplendoroso cedro de Líbano, al que mirar desde una ventana de su Velintonia, la casa en la que residió casi toda su vida y el de la calle (Wellingtonia, en su original) en donde estaba, y una cama desde la que escribió sobre la destrucción y sobre el amor hasta que uno de los dos venció y se perdió el prodigio privado de escribir y de contarse el mundo que no entendía. Para que fuese humano el poema, el poeta debía engalanarse de todo lo humano. Así que Vicente Aleixandre se vistió de hombre y habló al hombre. He ahí el clamor primero de sus versos, que son de vida y de muerte, de amor por encima de cualquier otra consideración posible. Por sufrir por la luz, quién hace eso. Los labios azules en la madrugada y la noche dura en un eclipse de agua o de cristal hacia la misma semilla del tiempo. Todo es causa y en ella todo se sublima y se desvanece para que se reinicie la sustancia novicia del universo. Todo lo impregna la pasión de vivir. Todo es renuncia y clausura y luego luz y cántico. Amar es sacrificarse, viene a decir el poeta. Unidad en el amor y pérdida cuando se destrenza el abrazo que lo justifica. Aleixandre no toma a la amada como sujeto de su quehacer poético, sino que fija su atención en el amor puro, en su prevalencia, en su orden y en su destino. Fluye como un fuego, arde sin estrépito. Se le ve al hombre cuajado y entero, como satisfecho de sí mismo, a pesar de los embates de la realidad, que lo zarandeó y lo desarmó en salud y en afectos. Nada que la poesía no cure, si es que el malestar cunde y afecta. El Nobel que le dieron no da la talla del poeta. Hace tiempo que fue más un mecanismo de compensación geopolítica que un tributo a alguien considerado sublime en su trabajo. Le bastaba su sillón o su cama y la presencia continua de amigos, poetas la mayoría, que le ponían al día de la cosa de Madrid y de la periferia, precipitando los rumores y esperando que él tuviera alguna de sus ocurrencias, pero es la voz del poeta la que debía fascinarles. Escuchada en muchas lecturas de sus poemas, yo la veo de una fragilidad que sobrecoge. Como si estuviese a punto de venirse abajo. Cuando dijera eso del eterno nombre sin fecha o el árbol jamás duerme o lejos estás, padre mío, en tu reino de las sombras. Soy yo el que recita de memoria y no pronuncia, sino que imagina su voz y registra las palabras. Leí a Aleixandre en tromba, cuando la escritura se presentó y leer era una pasión mayor que cualquier otra. Recuerdo leer a Aleixandre a diario. Leía poemas sueltos, sin buscarles una trabazón. Luego descubrí que todos son el mismo poema. Un poema que duró varias décadas. Era la destrucción o era el amor. La madera del cedro que plantó el propio poeta tenía fama de ser resistente a la carcoma y a las polillas. Aún persiste, centenario. 

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