6.8.22

218/365 John Huston

  



En el estrago que el vividor lleva tatuado en el rostro se advierten, en ocasiones, las muescas del tiempo. La vida se ha ido retratando en la piel, haciendo un mapa mudable, una pintura inacabada. Como si la vida, cuando se la fuerza, confiriera al rostro un rango de dramatismo que no se expresa en ninguna otra circunstancia. Como si vivir, cuando se apura bien la vida, curtiera la piel y la hiciera una especie de texto visible, universal, al que interrogar sobre los avatares de la existencia. Hay caras exentas de dramatismo. Las ves sin que nada te haga pensar en una vida llena de avatares o de penurias. No les ha crecido la montaraz secuela de las preocupaciones continuas. También hay caras de una intensidad que conmueve. Se las adjudica a personas vivas, en un sentido casi andaluz del término; gente que ha estado en el lugar al que se te ocurra ir; del tipo que ha visto mucho y ha aprendido otro tanto. John Huston tuvo siempre una cara encendida, como si acabara de chamuscarse y recobrado el tono. Estaba curtida, esculpida con un cincel incivil, convertida en un espectáculo hipnótico. 


A John Huston le bastaba su putañería, su amor a las bebidas fuertes y al tabaco, su animalidad rocosa y valiente para que la vida siempre mereciera la pena y nada arruinase su parte divertida. Debió ser un juerguista bueno el señor Huston. En esa eclosión de vida, en su trasegar diario, están las mejores historias, debió pensar, y vivió con absoluto impudor hasta que el cuerpo le pasó factura (un enfisema), pero la cabeza va siempre por otro lado y la piel, la que exhibe en esta fotografía, va también por el suyo. Es como si la cabeza, en balde, corrigiese al corazón. Como si, ya acabo, ninguno aceptase a nadie que los gobierne. Queda la piel, ella es la que cuenta después la historia. Vivió Huston con una intensidad a la que probablemente no llegaría ningún personaje de su extensa carrera. Firmó la mejor película de un debutante (El halcón maltés) y la mejor de un cesante, su póstuma Dublineses. Se bregó en ocupaciones de riesgo (boxeador, marido en cuatro matrimonios, documentalista en la Segunda Guerra Mundial) y debió medir ese riesgo borracho o en la pompa de una resaca. Vividor, como oficio, tiene mucha narrativa, se puede consignar ahí la propia y adquirir más tarde la idea de que todas las vidas son, cada una a su antojadizo o azaroso capricho, espléndidas novelas, unas más dramáticas o enfebrecidas que otras, pero embutidas sin diferencia en el mismo equipaje. El suyo es admirable. Hacer cine es ser un novelista de la luz, que es tanto como decir un notario de sus sombras. En la memoria de cualquier cinéfilo perdura su talento en El tesoro de Sierra Madre, Moby Dick, La jungla de asfalto, El juez de la horca, La reina de África, Cayo Largo, La noche de la iguana o Reflejos de un ojo dorado. Todas inconmensurables. Bendito adjetivo, aun tan largo. Basta eso para darle las gracias. 

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