14.8.22

226/ 365 Luis Felipe Vivanco

 


A veces se tarda en llegar. Se camina con un muerto. Nos interrumpe, como la mirada de un perro, como el hogar entrevisto a lo lejos con su humo antiguo que acaba de izar su canto nuevo. Hoy el poeta quiere cantar su amor sobre todas las cosas. Saber que le espera la raíz del hombre o el fuego de Dios. Saber bien lo que se quiere. Soñar un chopo de invierno, quién hace eso. Son un consuelo los árboles. Se dejan tocar, se dan en el silencio de su erguida propiedad sin nombre. Lo más hermoso que le puede pasar a un poeta es que no precise que se le lea sino que sus versos estén en el río o en el aire y nos cubran hasta que no haya nada más que versos. El campo en la crecida memoria acude con su niebla precursora. No hace falta que se le nombre. Ni el amor hay que nombrarlo. Vemos al poeta Vivanco en su casa de pueblo. Se resuelve que está ocioso. La paciencia ha evitado que manuscriba unos versos. "Un vaso con violetas / sobre el mantel bordado / por ti cuando eras novia". Sin que nadie más lo aprecie, la casa crece. Como los recuerdos. Toda ella es ventana desde la que "bajo un cielo desteñido,/el dulce cabeceo de los álamos, / los pinos rechinantes de chicharras, / las flores amarillas de los cardos / con un temblor de mariposas blancas". Qué felicidad pintar la luz. Con qué alegría se toma el café de la mañana con todos esos poemas en la mesa. No tener prisa. Ni nada que hablar siquiera. Apurar la taza. Que duelan las palabras que no se dicen. Que se olviden las convidadas al silencio. Tan solo dejarse ocupar por las horas. Dicen que era un poeta triste, taciturno, de fácil conversación, pero huidizo encuentro. Esta mañana de agosto un poco gris todavía me ha invitado a que toque la tierra y la huela. Ayer llovió. Trajo el cielo el olor primero del mundo. 

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