26.8.22

238/365 Ana Blandiana



 Se apresura el buen lector de poesía en poco y si cae en la prisa en alguna cosa se retrae a poco de llegar, como si le azorara la impaciencia. En uno de los más hermosos poemas que últimamente he leído hay una sencilla imagen de gente joven patinando: llevan cascos en los oídos y un móvil en las manos. Se desplazan sin apreciar que caen las hojas y vuelan a su antojadizo capricho los pájaros. Alrededor el mundo sigue su curso inapelable. Las estaciones cumplen su rito de paso. Los años suceden con obediencia ciega. Tampoco perciben que Dios, atento al descuido de sus vidas, desciende entre ellos "y aprende a patinar / para poder salvarlos". La poesía de Ana Blandiana tiene ese sigilo de asunto leve, verosímil y sencillo, pero hay que rascar las palabras (que son también leves, verosímiles y sencillas) para dar con el temblor, con la semilla, con la raíz, con todo lo que está oculto y se revela. Algo así como un súbito deslumbramiento o como una improvisada casa que de pronto nos parece propia. Blandiana hace que leer poesía sea lo más sencillo del mundo: se entiende todo, se siente todo. Su patria es la de cualquiera que haya pensado que nunca regresaría a casa. No es solo una residencia el anhelo larvado: es una metafísica, un misterio que se ofrece para que lo traslademos y demos con otro. Para cumplir ese propósito, confiada en la elocuencia de lo maravillosamente sencillo, nos regocija en la patria del corazón, en la intimidad dulce o áspera (no es únicamente arrullo para que se embebezca el alma, ni cántico por las bondades del espíritu) con la que el cuerpo dialoga consigo mismo y medita con elegíaco aliento muchas veces. Esa antinomia (la de lo puramente orgánico y lo acendradamente anímico) crea un vasto y profundo mapa de conjeturas y de certezas. La poesía de Ana Blandiana surge en ese limbo desde el que se ve el desencanto y la sublimación de todo lo humano. No hay nada que no sea objeto del poema: ninguna manifestación visible y, con más vehemencia, a mi declarado gusto, ninguna que se precave de lo real y precise una mirada más atenta: ahí hace Blandiana lo más hermoso, es ese el espacio en el que su poesía onírica y lúcida, mistérica y visionaria, es más honda. Escribo para restaurar el silencio, dijo. Lo cual es una anomalía feliz, pero irresoluble, en la que la expresión más profunda de la poesía coincidiría con su supresión: decir mucho con pocas palabras, llegar a decirlo todo con esa austeridad proverbial y mágica, de la que ella es maestra. “No he ido nunca detrás de las palabras, / solo he buscado sus sombras”. Toda su verdad está fijada a esa liviana conciencia de que no se precisa ningún alambique que depure el lenguaje sino al flujo limpio de cierta conciencia primaria de las cosas. Es tan delicada esa indagación semántica, ese escoger lo puro, ese deshacerse de cualquier retorcimiento, que uno se cree elegido, ungido por una facultad extraordinaria: la de ver lo oculto, la de saber que el árbol deja caer una fruta cuando madura y que el cielo, si se le mira con ese esmero que requiere y que no siempre se le concede, tiene su otoño y hace que se precipiten ángeles, abiertos de par en par al mundo. Hay un animismo feliz en Blandiana: convoca ángeles, los convierte en heraldos de lo invisible sublimado, cita los dones de la naturaleza con el entusiasmo adámico, cree en las virtudes de la realidad, aunque sepa que el hombre sea un animal oscuro y artero y funde maldades. No sabiendo algunos hacer otra cosa mejor que morirse, hacen planes que los disuaden de la inminencia (siempre cercana, por lejos que esté) del ominoso fin.  Podemos pronunciar discursos (nos dice) o escribir poemas para entretener la espera o pisar la hierba para que no crezca. La piedad (es muy sutil ese sustantivo) nos reúne con los muertos (una de sus preocupaciones formales) y preparamos más discursos, escribimos (algunos) más poemas o pósanos el esplendor verde de la vida con la idea de que no hemos sido todavía invitados a que los demás nos despidan. Madura aquí la poesía como una fruta en un árbol. Está a la vista, tiene la humildad del tiempo mientras pende de una rama. Abrimos la mano y la cogemos, la mordemos y la saboreamos. Luego su sabor se pierde, lo reemplazan otros, pero la memoria obra milagrosamente el acto de que sepamos encontrar la fruta exacta, la que nos hace olvidarnos de que las leyes de la naturaleza la corromperá y hará que se pierda en los secretos de la tierra, la que nos convierte a nosotros en testigos privilegiados de un hecho extraordinario. 






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