16.2.22

Contar una historia

 Hay intrigas mínimas sobre las que se construyen novelas enteras. Un hombre guarda unas monedas en su bolsillo y las va contando de cabeza, las manosea con avaricia, especulando con la posibilidad de su valor conforme al tamaño que ofrecen al tocarlas. Va así, tintineando monedas, calle abajo. Es una mañana muy fría de una ciudad al norte de Europa. Una ciudad gris en la que abundan los edificios altos, con ventanas muy historiadas. Desde una de ellas, una mujer observa la viandancia. Se percata del hombre que va contando las monedas. No sabe que son monedas, cree que pueden ser unas llaves. Piensa la mujer en ellas y razona que es un hombre al que le espera una casa cabal, confiada a su esmero y cuidado. O son monedas. Entre las monedas y las llaves no encuentra qué otra cosa pueda ser. Se embebece en este pensamiento inverosímil, un poco irrelevante, pero que de pronto le parece extraordinario, digno de las más altas cavilaciones. Pasa por su cabeza la idea de bajar y seguir a ese hombre, abordarlo y zanjar la duda con una pregunta directa. No se plantea lo ridículo de la empresa. Solo le atrae la resolución de la trama. Baja impetuosamente las escaleras y accede a la calle. Los edificios grises y altos, los coches en su vértigo de costumbre, un gentío que le parece secundario y que malogra la visión exacta de su perseguido. De pronto un coche no obedece un semáforo y la embiste fatalmente. El hombre de las monedas percibe la fatalidad a unos pocos metros, a sus espaldas. Se para en seco. Deja de tocar las monedas. Saca del bolsillo del abrigo el móvil y hace una foto. La mira con más dedicación que a la muerta sobrevenida. Se sienta en una terraza desde la que se aprecia la magnitud soberbia del accidente y pide un café. El camarero está distraído. No sabe qué hacer. La mujer, desconyuntada, llevaba unas zapatillas de paño y una especie de chándal descuidado, de los que se pone uno cuando está en casa y no espera ninguna visita. Se endemonia por no poder acercarse a ver de cerca a la muerta y se decide a hacer su trabajo. Las monedas cierran la transacción. 


La intriga mínima no levanta una novela completa, pero ofrece la voluntad de un argumento mayor, que registre cualquier desviación narrativa entre el hecho de un hombre caminando calle abajo, tocando monedas en su bolsillo, y una mujer asomada a una ventana, de la que nada sabemos tampoco y a la que el destino le reserva un final terrible. Tampoco sabemos nada de lo que va a pasar después. Si el hombre, aparentemente inocente, se percata de la sutilidad con la que se han ido amontonando las circunstancias fatales. Si es de pronto iluminado por la verdad, por su concatenación fortuita de accidentes. No sabemos nunca qué tintineo de palabras percute la imaginación del novelista y le hace encender la mecha y extraer de la nada que había antes de que el hombre guardara las monedas en el bolsillo, las contara de cabeza y recorriera, morosamente quizá, las calles. No sabemos cómo se construyen las historias, qué lentitud o qué voracidad narrativa las anima. Sólo se aprecia la capa visible, las circunstancias más o menos evidentes, lo que concurre para que el espectador pueda entrar sin sentirse desplazado, creyendo que es una parte de lo que escucha o de lo que ve. La credulidad es la brújula. Nos vemos en la vida con esa incertidumbre, la de creer lo que no vemos, la de avanzar a ciegas, la de confiar en la mano maestra del autor. Lo dejó escrito por aquí un amigo hace un tiempo: es lo liviano lo que lo mueve todo. Las grandes historias son en realidad tintineos en un bolsillo. Monedas o llaves o quién sabe, palabras que animen a otras palabras para que absurdamente construyan un relato. 

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