3.2.22

34/365 Luis de Góngora

 




Ficción en la que Don Luis de Góngora y Argote se despide de este mundo y espera que le acoja el venidero.


"Mientras que en la ligera sombra prospera el frío y los árboles desalojan el rumor oscuro de los astros y convidan a meditar sobre la mudanza de las cosas, fatigo las horas primeras de la mañana en esta pieza postrera, inclino mi voz y cuento lo que he visto, que es mucho y temo que la abundancia lo rebaje o me lo arrebate. Al poeta se le encomienda el registro de los prodigios y yo he sido un escriba poco fiable. Es verdad que no ha pasado un día en el que no me haya acostado con mis sátiros lascivos y haya paseado las montañas que circundan la villa a la búsqueda de ninfas bellas y de rudos pastores. A mi verso han acudido las cosechas de los años y el vértigo del mundo. Ni el enjambre enjundioso de los días ni la alquimia arcana de las noches me ha robado una brizna del ahínco con el que he cincelado el tallo agreste de la palabra. Es la única patria, no tenemos otra más privada y sincera que ella. 


Embastado el seso al cuerpo exigente del soneto, carifruncido y enfermo a veces, ciego al dolor en otras, cebado de sílabas, comido por las urgencias naturales de la vida y conminado a volcar en la hoja el dolor infinito de la muerte, busco quién sabe si a Dios en este dulce instrumento que es la poesía, pero no soy hombre de santos, aunque me haya sido canónigo catedralicio, ni tengo al cielo como el cobijo al que aspira mi alma por demás cansada. Sé, no obstante, que algunos festejarán mi ausencia. No ha sido mi elección la del afecto hacia los otros sino la puya y el desdén, obra de mi carácter, de escasa dulzura o ninguna, de poco apresto al concilio y de mucha inclinación al desplante. No buscando la fama, encontré cierto posición social que me hizo llevarla de la mano. Fui amigo de reyes y hasta gané la enemistad de algunos. La vida cortesana, tan rebajada a lo mundano, nunca me hechizó. Fui de los que paseó los pasillos palaciegos, abrió cancelas y platicó con sus dueños, pero lo hice campechanamente. Siendo mozo se me amonestaba cuando platicaba más de la cuenta en el coro o llegaba tarde a los oficios de misa por entretenerme en escrituras y en perezas. 


En mí se produjo el milagro de lo profano y de lo sacro y de esa mixtura dulcísima extraje una poco piadosa visión de las cosas. Quienes me condujeron a los cargos eclesiásticos que disfruté no cayeron en la cuenta de mis dispendios. No solo gasté en mis vicios sino que repartí entre los míos. Si eso contribuye a que mi figura no sea tan severa, lo aplaudo, pero no me resta sueño, en estos días últimos, si el futuro me viste con ropajes embusteros y de mí dicen lo que no procede. No solo me entregué a los libros y a las letras de los libros. Amé obstinadamente la vida al modo en que se ama lo que se sabe huidizo. En eso hay algo de mi sesgo crispado, de mi voracidad dialéctica, de todo eso que las habladurías, en ocasiones, cuentan de uno y que, a poco que se escuchen con atención, se advierten ciertas. No me cuidaré en desmentir, no está mal que por una vez calle, no saque las armas de la lengua y escuche qué dicen de mí, si gasté esmero en la convivencia con los otros o presté a ese desempeño maneras toscas, de las que zahieren y, al final, duelen. 


Dicen los que me tratan que me falla la memoria. Todavía alcanzo a escribir sin desmayo y nombro con absoluto rigor los dioses de la antigua Grecia y los héroes que en los libros me iluminaron. Muy de ordinario manejo las filigranas del verbo y hasta me acomodo con soltura en las cárceles del lenguaje, que son muchas y precisan de fineza y de ingenio como pocas. He andado camino, refugiado del invierno en posadas, conversado con el pueblo y me he arrimado, sin la ronza de algunos, a las castas de más fuste. Todas esas travesías han avituallado de milagros y de tristezas, de asombros y de penurias también, esta insobornable querencia mía a dejarlo todo por escrito. Encuentro en el oficio de escribir el placer que no hallo en el de la vida. Por eso seguí sombras y abracé engaños. El hospedaje de los años lo estoy pagando ahora en este lecho en el que yazgo. No poseo otra riqueza que mi nombre puesto que desconfío de lo que todavía me aguarda y no dudo de que me cubrirán ya sin remedio las entenebrecidas verdades del mundo. 


De mentiras viví mientras que las mentiras me colmaron. Y bien colmado que estuve. Gocé e hice tal vez gozar, aunque no es esto de lo que hablo asunto de lubricidades sino materia del espíritu. En la palabra, en su dormida ribera, fluye el río de la vida, en la que yo me he afanado y de la que ya, aquejado de quebrantos que no gobierno, me despido. Quiera el céfiro y también los astros en la callada bóveda de la infinita noche que sean mis letrillas alimento del que las busque. No hay otro fin en este viaje que concluye que el de legar algo que de algún modo alivie el dolor que padezco. En morir se deja uno a veces más de lo que dejó en vivir. Esplendor mucho, ceniza poca, he dejado escrito. Que el recinto que guarde mi cuerpo no se abrume de visitas y no se sepa a ciencia cierta en dónde me hallo y a qué inclemencias de las estaciones me expongo. 


En fin, no me extiendo más. Se me está haciendo larga la confesión y barrunto que no tiene mayor interés que continúe escribiendo ni vosotros, bendecidos de paciencia, leyendo. En la comisión de mi cabildo, me obstiné en el imposible de conceder prebendas a los míos. Conforme he ido avanzando en años y en dolores, pues la vida es un dolor minuciosamente administrado, he confirmado la idea de que la belleza salvará al mundo del caos y de la barbarie. Habrá quien en el futuro diga esto, pero a veces pienso que todo ha sido dicho ya. Lo dirían los griegos, especulo. Nosotros sólo lo repetimos. Como un eco, como una letanía. Los ejércitos librarán sus batallas en las extranjerías, los reyes recibirán las reverencias de la grey, pero los poetas conduciremos al alma al parnaso y la dejaremos allí, prendida a un endecasílabo redondo y febril, encendida de los abundantes júbilos de las letras. Las mías las dejo al antojadizo dictamen de mis críticos. 


Nada que decir de mi enemistad con Quevedo, ya inventarán en adelante que le odié y ni yo tengo a las mías que ese dictamen se acoja a la verdad. Mi obra está al cuidado de mis lectores, que son legión, aunque no cundan mis versos en libros. Algunos hasta se embarcan en escribir a la manera mía y hay poemas que circulan a mi nombre, cuando no les di vida, ni están a la altura de mi ingenio. Cuando se lea una décima, un romance o una coplilla, recordarán que yo hice algunas y que su tono ligero y frívolo gustó en las cortes y en las calles. De más complejo recitado serán las obras que vinieron después. Quien quiera hacer fuego con ellas no se parará a pensar en si son altas y nobles sus intenciones o, muy al contrario, leves y juguetonas. La gloria no está a la mano en la tierra. De venir, si viene, la dará el porvenir, cuando se amansedumbren los ánimos, que se caldean con poco y nada. 



Sé que fui odiado como sé que odié. Sé que hubo quien hizo mecenazgo de mi causa, la de las letras, la del ardor culto, la del verbo encendido. Tuve acreedores y a fe mía que a la puerta de mi casa, aquí en Córdoba, donde he venido a morir, alguno habrá, aporreándola, pidiendo lo que no podré entregar. No fui hombre de armas y no me escondí en las sombras, a la espera de amandoblar a mi enemigo, que tuve en número grande. Fui hombre de latines y hasta me atreví con el portugués. Fui de mesas de juego y de vida dispendiosa. Me acerqué a los reyes, les di lo que querían escuchar, les hice la dulce ronza y no todos la aceptaron, ni le rieron las gracias. Hay un Conde Duque de Olivares que me la jugó cuando pudo. Yo también jugué mis cartas. En eso tengo talento, por desgracia. Busque el buen lector en qué mala hora mi alma se querenció con los ardores de la mitología y con las bondades de los latines y no con las humanas veleidades de la porfía, que ora da bravo galardón y ora tiñe tu corazón con el veneno del estrago. Cosas extrañas que he visto han hecho robusta mi lengua y he ahí la temeraria valentía de mi legado. Luce y arde mi pluma con su fuego imprudente. 


Voy perdiendo la memoria, se me van las palabras, ya no sé cuáles hacer valer en las cosas del escribir ni en las del vulgo hablar. Se me ponen levantiscas, no acuden cuando las urjo y reclamo. Me cuida mi sobrino, al que he dejado mi ración en la catedral. No he tenido más parientes que me den consuelo. Ni en estos malos tiempos ni en los que gozaron de la bondad y el esplendor. En amores no tuve mayores proezas que las propias de un hombre harto sensible, pero reservado, de escaso o nulo oficio en las lides de la seducción. No hay mucho más que decir, nada que añadir. Gastaré el tiempo que me queda en urdir algún soneto postrero, pero no confío en que el numen me asista. Se ve trabucarán las palabras y hasta las razones. Vuela, pensamiento, llega alto. El ministerio de la sangre tiene su empeño en fuga. Todo es cosa ya de los santos y de vírgenes. No me pidan que entienda todo lo que me dicta la bruma del sueño. No tengo afinado mi más amado instrumento. Ya no hilo como antaño, ya no tengo el clave templado, ni acuden a mí como solían las sílabas exactas con el sentido justo. 

 

Quedará la imprecación, el arrimo de lo soez, cuando únicamente quise que trascendiera la limpia eclosión de la belleza, la lujuria del verbo que de pronto se manifiesta en su más esplendorosa voluntad de vida. Los favores que recibí, quién podría ahora dudar que harto merecidos, no me distrajeron del oficio más mío, el de contar el trasegar de las cosas y apartarme después, no afectando al decir ocurrido, un poco a tientas ese decir, aunque diera en cada verso la vida y la viese ir y venir, tal es la condena del que escribe, ocupando de tinieblas mi corazón, coronando de esplendores la sangre que lo atraviesa. Que me nombraran clérigo en edad temprana debió ser gracia excesiva, de la que no puedo ahora sentir algo más que perpleja gratitud, ya que me permitió pasear salones de palacio y tutear a los gentiles. 


Se alegrarán de la noticia de mi muerte. A mi funeral acudirán todos. Lo harán para comprobar que me meten bien hondo y que me echan encima una buena cantidad de tierra. A cada paletada sobre la madera, mayor será su alegría. Los que me amaron, quienes tuvieron a bien dispensarme su afecto, nada les pido salvo eso que los que escribimos siempre llevamos bien a gala y que consiste en no dejarnos morir del todo, en guardar la costumbre ajena de que se nos recuerde. Que leyéndonos, vivimos. Que en el ejercicio de la lectura, nuestra voz se iza y perdura, ayuntada con las otras que también trabajaron en esta dura empresa de contar los sucedidos. Os dejo, parto, me siento débil y no gobierno ya ni lo que escribo. Seré tierra, humo, polvo, sombra, nada.

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