11.2.22

42/365 Gene Kelly

 





Uno ama el cine por causas tan sencillas de explicar que nunca se detiene en hacerlo. También hay otras, no las habituales, que no siempre son entendidas, a las que nos inclinamos sin tener razones que las justifiquen. Esas son las mejores. Lo que no entendemos es lo que perdura adentro. Somos menos cartesianos de lo que creemos. De hecho es en el asombro puro, en ese regocijo tan parecido al deslumbramiento que causa el hechizo del amor (hablo de esa primera punzada, en donde existe un verdadero apasionamiento. No hay películas que más adore que las que explican un mundo que me es radicalmente ajeno. Me pasa algo parecido con la literatura. Amar el cine negro es adentrarse en la espesura del alma, en el pecado, en la ración de maldad que no podemos airear en el trajín cotidiano. No matamos a nadie, no se nos ocurre, pero nos fascina que otros lo hagan y alguien se encargue de contárnoslo. Los que no entiendan el poder de la ficción no podrán entender que haya disfrute en la contemplación del mal, en su manifestación sensible, sea cinematográfica o narrativa. En ese hilo de las cosas, junto al cine negro, a su lado, sin que haya mucho que compartan, está el cine de ciencia-ficción y el cine musical. Si tuviera que elegir una escena que representara lo que es el cine cogería la de Gene Kelly bailando bajo la lluvia o la de Cary Grant huyendo de un avión en un maizal o la de Vivian Leigh jurando que nunca volverá a pasar hambre. No hay ninguna que yo atesore que pueda rivalizar con éstas en alegría pura, también en belleza, en la primaria sensación de que el cine es una extensión de la misma vida. Gene Kelly la interpretó con fiebre y no es agua lo que vemos, sino una solución salina, mezcla de agua y de leche, todo para que la cámara registrase con nitidez la lluvia, que no es un elemento dúctil y va a lo suyo. Sin entrar en consideraciones técnicas (el sonido de los zapatos de claqué está amplificado por dos bailarines que hacen lo mismo que Kelly, frente a él, fuera de cámara) Singin´ in the rain es una maravilla visual. La mitad de la película es estrictamente musical. La otra mitad es una historia sencilla, resuelta con sencillez. Lo que hicieron bien Stanley Donen y Gene Kelly (ambos dirigen) fue privilegiar los números de baile y elegir piezas antológicas. La vi en un cine de esos de arte y ensayo una mañana lluviosa de sábado. No sé el porqué de esa recia permanencia en la memoria. Entré sin estar muy convencido, salí con euforia. Lo maravilloso de que alguien baile es hacerte ver que tú no lo haces. Ni de lejos, ni siquiera sigue uno con fluidez los pasos de Gene Kelly, la manera en que mueve el paraguas, los saltos que da, la métrica casi poética de los zapatos sobre la acera, el matrimonio perfecto de la música con la coreografía. No siempre el cine musical contagia como aquí: volví a ver Siete novias para siete hermanos, también de Donen, no hace mucho, y sentí que no había pasado igual el tiempo con ella. Tampoco importa mucho. Son estados de ánimo. Van y vienen a su antojo. 


Hay días en que uno se levanta Gene Kelly y el mundo sonríe y todo está ahí para nosotros y días en los que no hay manera de que demos un paso sin que se abochorne el anterior. Volver a la escena en la que Gene Kelly se marca ese baile antológico es terapéutico, hace sentir bien, sentir como si la música  invadiera completamente y los pies tuvieran vida propia. No la tienen, no se le puede atribuir ese don, el del baile, admirable, grácil, etéreo como una metáfora, observado desde la fascinación más limpia. Uno se inclina ante el talento. Le debemos tanto a los que lo tienen que deberíamos inclinarnos más. Da igual que no sea delante de ellos, no hay que exhibir necesariamente esa devoción. Basta un tributo íntimo, pequeñito. Al final llegamos a la feliz conclusión de que vivir es fácil. Me lo decía el otro día alguien.  Por eso me alegro de que exista Gene Kelly. Si tan sólo hubiese hecho esa escena, ya tendría un lugar en mi corazón, que es grande si lo fuerzo. El cine musical es un género enorme, pero a veces lo malogran las malas historias, ese primar (sin que ensamble) la coreografía sobre todo lo demás, pero cuando historia y música van juntas. Es eso lo que hace el cine: no dar por sentado nada, crear la ilusión de que lo que no es creíble es maravilloso o que hay cosas que sólo pueden en una pantalla. Qué ingenio el de Kelly al hacer que un paraguas (debo decir un simple paraguas) mute en bastón, en guitarra, en pareja de baile o en espada. Qué elocuencia la de las imágenes al convocar en nuestro asombro el arrimo de la felicidad. Hay escenas en un estado de gracia absoluto. Se les atribuye entonces cierta alada notoriedad. Como la de los ángeles. No conmueve la trama que circunda los números de baile. Incluso se podría prescindir de la necesidad de que esa trama exista. Cuando hace años que no ha visto Cantando bajo la lluvia o Un americano en Paris, no te preocupa que la memoria haya hecho desvanecer las palabras, no tiene mayor importancia que no puedas montar una historia y añadirle escenas, por ver si ensamblan y al fin des con un sentido completo a todo, pero atesoras en tus recuerdos una farola, un escaparate de una librería y canción inolvidable. Aún así, Cantando bajo la lluvia es un magnífico espectáculo narrativo. Su ritmo es admirable. La escena del número bajo la lluvia no estaba en el guion original y se agregó para dar un sentido al título de la película. Fue grabada en una sola tema. Gene Kelly tenía fiebre. No hubo quien le convenciera de que pospusiese el rodaje de la pieza. Quizá no hubiese alcanzado esa brillantez en otro momento. Cómo podríamos saberlo. Nos hizo un regalo. Gene Kelly hizo que vivir fuese fácil. Los cuatro minutos de la canción, al menos. 

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