Igual que la Salomé de Gustav Klimt muestra un pezón entero y un amago de otro, Inesita Bocángel tiene un ojo sano y otro comido por la tiniebla. Es ese ojo de mal mirar por su aviesa torcedura y por un pestañear vibrante que únicamente se amansa cuando contempla paisajes de obsequiada belleza o se clausura al ingresar en la otra tiniebla, la del sueño. No se tiene a Inesita por resuelta en amores, pero es tapar el ojo defenestrado para que no afee su porte cabal y generoso y el cuerpo se le alegra sin disimulo. Retorna el recato si lo muestra. Es entonces cuando la memoria obra el prodigio de borrar la lúbrica inclinación de su alma y la moza Inesita no condesciende al flirteo ni a la providencia de los hombres. Los de ansia más desbordada bendicen el ojo muerto. Festejan que no lo enseñoree ni vindique. Se congratulan por la ciega obediencia de la carne, que tira al monte o al río o a cualquier linde en la que haya varón disponible. Hay trovadores que glosan las proezas venusinas de su dueña. Las cantan en las tabernas portuarias y en los ateneos de la aristocracia cuando se les desquicia la boca. Elogian las bondades de la anatomía de su promiscua benefactora y hacen hostil escrutinio de turnos. Hay quien propone lastimar el ojo sano por si tener ambos en deterioro, aparte de inspirar lástima y ternura, propicia acometidas más frecuentes, pero la moción es censurada con razonado pudor y vence la conformidad o la gratitud por los favores prestados o la admonición del párroco, que tiene la administración exclusiva del perdón, incluido el suyo.
En días de lucidez, Inesita Bocángel descree de la filantropía y somete a su íntimo juicio el hábito contraído con la población masculina de la comunidad. Las féminas damnificadas por este arrebato lúbrico (que recaba la casi unánime aprobación de sus maridos) andan en conversaciones con las autoridades para que se proceda al destierro de Inesita o que se proceda a sanar definitivamente el ojo herido, pero el consejo municipal nunca concede tal amonestación y hasta han propuesto que se le conceda el título de hija predilecta de la villa y una calle tenga por nombre el suyo. Ella sueña con varones tras haber yacido con ellos. Pueblan su fantasía, la colman de claros efluvios de luz y de gozo, la festejan y subliman. Cree Inesita que su cuerpo es un templo y le crecen adentro ángeles y capiteles. Hay feligreses convencidos de que han visto en su altar una especie de inminencia de milagro. Como si el mismo cielo, en el momento exacto en que la cinética de la coyunda propicia que se viertan los jinetes sobrevenidos, se partiese en dos y se entreviese la cara de la divinidad. Inesita no dice esta boca es mía, no presume de cabalgaduras. No es mucho de decir, no vaya a ser que luego tenga que arrepentirse de algo. Su madre la ha sancionado severamente: hija, es menester que salgas menos, que tienes en sobresalto al vecindario. Un día de estos vas a venir encinta. Quién diremos que es el padre, me pregunto. Podrá ser cualquiera, madre. Mi hija será el del pueblo, pues hija vendrá. Crecerá amada por todos. Tendrá algo de cada uno, tendrá un ojo sano y otro comido por la tiniebla.
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