15.6.23

Elogio de la disculpa

 A Clodo Cano, charlado bajo una sombra de patio escolar

Perdón se dice sin asumir su envergadura léxica. Cree quien lo pronuncia que ha hecho remiendo del yerro o que lo ha enmendado completamente. Se dan razones que motivan la pifia, se esmera uno en cuadrar una justificación plausible, en dar con las palabras de más conveniencia, las que cancelen la vigencia de las otras, las que dijimos sin pensar, todas esas palabras de las que nos arrepentimos a poco de airearlas. No se pide perdón, no se disculpa nadie. Quizá se desprenda que desear ser perdonado implique una disminución de nuestro prestigio, si es que alguno tenemos. A los niños, en los que veo a diario, también les cuesta admitir que han errado. Se retraen, parece que les duele admitir su falta, concederla públicamente. Será el signo de los tiempos, que es una expresión que siempre me ha encantado. Debemos ser los mejores en todo momento, no debemos dar muestras de flaqueza. Ese es el discurso reinante. La belleza de la disculpa tendría que ensayarse en cuanto surja la ocasión. Hacer ver que no hay nada malo en expresar lo equivocados que estábamos o lo que lamentamos haber hecho mal algo. No todo puede ser conducido a la escuela, tan frecuente ese recurso; no debe la escuela acoger la pedagogía de  todas estas desviaciones de la corrección, pero seguro que hay un lugar en el marasmo de las programaciones y de las competencias y de la burocracia tóxica que nos inunda a los maestros para enseñar la belleza de la derrota. Perder es ganar con antelación.  No sé qué dirían los padres. Si reprobarían esa licencia poética, la de prestigiar el reconocimiento de nuestros errores y no callarlos; mejor enmendarlos, hacer en lo posible que los más graves no ocurran, pero incluso la repetición en la equivocación cuenta (si no sucede adrede, si no se ha buscado con intención). No siempre puede salirse uno con la suya. No siempre podemos ser sublimes. Lo dijo un poeta y a mí me gusta repetirlo de vez en cuando. Incluso está bien que sea así. Perder es un asidero fiable, uno poco tóxico. El triunfo lastra la emoción pura de ganar, la hace vértice y no poso. La corrompe. Da de ella la imagen de un fin, cuando debería entregar la de un progreso. Produce una sustancia enfermiza que se apresta con rapidez a perpetuarse y a no sucumbir al gris de la derrota. Tan hermoso es errar que deberíamos considerar seriamente incluir el fracaso en la posible lista de habilidades emocionales y sociales. Se equivoca uno con oficio. Ganar es maravilloso, por supuesto. No ceder si uno está asistido por la razón. A veces conviene perder también, aunque sólo sea por trasegar en el camino que va hacia la victoria. El hecho mismo de ganar implica un cese abrupto, una especie de relajación de la épica del éxito. Lo dejó escrito Miguel D´Ors: "Fracasar es la única forma de ser decente". 



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