7.1.22

7/365 San Juan de la Cruz


 

I

Primero la purga. En cuanto está limpia la senda es la luz la que acude. En tromba, diáfana, pura. En esa epifanía es cuando se produce la sublimación, el goce del amado y la amada, el matrimonio del cuerpo y del alma, a decir del Santo Juan de la Cruz, que abrevó en ella y encontró en la espesura el esplendor y la gracia. Creo oírle: deseo agradar a Dios, ser deleite suyo, confiarle mi corazón, dejarlo henchido a su merced, liberado de las trabas de la carne, ungido y febril, como el pecho del enamorado cuando se le encabrita de pasión y encuentra cauce y depósito de su ansia en el otro. 

II

Estaba el Santo inflamado de ese amor, sin mirar nada más, ocupado en el trajín de esa perfección sin palabras. Porque las palabras flaquean, suspenden su ardor y quedan sin fuelle, inermes, como si estuviesen vacías. Roto juguete de uñas manos torpes. Clamaba  cuando su amada andaba en fuga y él, transido y demudado, la perseguía. Le urgía acechar y ser acechado, concebir y ser concebido, ver la luz y dejar que la luz impregnara a su paso más luz y se ahondara vívidamente la clara senda. No hay mortificaciones del alma. Se apresura el sentido común a despreciar sus invitaciones. Se vive mejor lejos de la clausura, en el espacio abierto, donde el cuerpo festeje su vuelo. La morada es dulce, el cautiverio es limpio. No desviarse el espíritu de su camino, volver sobre sí misma por ver que lo buscado afuera reside adentro, como escribió Boecio. Parece que los tiempos están cambiando sin remisión. Eso lo cantó Loquillo con sus Trogloditas. Una mística pedestre. Una casa sin sosegar. . 

III

Lo que no hay ahora es mística, ni cielo con su vértigo dentro. A todo se le impone un peso y una tasa, todo está registrado y confiado al tribunal del mercado. Al alma se la cuestiona, no hay alma incluso. Tener una, aunque sea una pequeña y en construcción, todavía ignorante de las cosas del mundo, sin sosegar la casa ni cuidada, un alma todavía atenta a los primores de lo real, no a la vocación del pensamiento. No se la puede envolver ni puede extraer de ella rendimiento bursátil. Se afana uno en cultivarla, pero todo son obstáculos, hasta suspicacias. como si dedicarse a ella no fuese conveniente o contraviniese alguna otra dedicación de más fuste, más de ahora, puede decirse, pero tampoco se sabe bien qué es lo de ahora, a qué atenerse, con qué quedarse. Extraña que el alma haya sido apartada, no expuesta en la trama, rebajada o sencillamente cancelada su influencia. Interesa que no esté: cuanto más evidencia haya de su existencia. Los tiempos están cambiando. Quién sabrá qué acaecerá mañana. Si en la noche oscura se inflamarán los amores

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