22.1.22

22/365 Tom Waits



Un tren descarrila en mi cabeza

Soy Tom Waits y ahora pago un recibo mensual por la televisión por cable. La única resaca que padece mi cuerpo cada mañana es la de la abstinencia absoluta. Y juro por Dios que lloro al recordar los años gastados en las barras de los bares, las noches eternas contemplando el paraíso en el fondo de una botella de Jack Daniel’s o de ginebra de segunda, qué más da. Anoche vino un periodista a casa. Le ofrecí un te aromático y amenicé la entrevista con un disco de Barry Manilow. Dejé los de Johnny Cash, el viejo Cash, para los días oscuros. Mi mujer sabe el dolor que he sufrido y aprecia en lo que puede la redención a la que me he entregado en cuerpo y en espíritu. Mi manager me pide sangre, pero yo ya  sólo sé darle algodón. Sólo me sale un canto de bonanza. Mi don es naftalina y Disney. No soy capaz de entonar las melodías de perro de antaño, todas esas canciones de dolor puro que compuse en momentos de debilidad. No ladro como sé ladrar, si me esmero, encabronado lo suficiente. Todas las noches descarrila un tren lleno de algodón en mis sueños. Juro que cada mañana me levanto empapado en sudor, gritando como un lobo enjaulado, lejos de la manada, obligado a enseñar los dientes muertos, alimentados con hamburguesas del McDonald's. Soy el lobo recién ingresado en la sociedad civil. El vampiro con nómina. El delincuente súbitamente al corriente de sus fechorías y entregado sin estridencias al bendito tribunal del pueblo. El hombre domesticado. El marido a la mesa camilla, pendiente del Dow Jones y de las huelgas en el metro.


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