19.1.22

19/365 Mario Benedetti



 Uno lee o escucha de quienes saben que Benedetti fue poeta por obligación, pero fue obrero de cien oficios aparte del dudoso de la poesía, que compaginó con el de cuentista o con el activista de la izquierda, la enfrentada contra el poder en Uruguay, la que lo hizo también exiliado. Porque entonces, cuando joven, un país podía ser un infierno y más tarde, cuando mayor, la memoria era otro. Lo eligió la literatura a Benedetti, fue el medio por el que podría ser escuchado. En el fondo, no hay otro propósito de más hondura que ése, el de escribir para que se lea, el de arrimar lo lírico (lo sentimental) a lo terrible de una vida. Porque la vida a veces se pone levantisca y no para hasta que se te pone bien a la contra. Lo del ser poeta es una manera de que la rabia se canalice o una manera de que las palabras sanen lo enfermo o una manera de que la conciencia, cuando se anda en eso de conciliar el sueño, no te amargue la entrevela y puedas irte apagando poquito a poco, hasta que cierras los ojos y dejas que los sueños hagan de las suyas. Porque hacen.  Afuera de esa evidencia casi perogrullesca está todo lo que no es literatura y ahí no está este hombre sencillo, que mira con sencillez y escribe con una sencillez laboriosa, dando la impresión de que te está hablando. No hay vez en que lea sus poemas o sus cuentos y no crea escuchar su voz. No la voz impostada, la que narra un texto que ha sido trabajado y pulido y vuelto a trabajar y pulido de nuevo, sino otra, una que parece improvisar lo que dice. Como si lo dijera al tiempo que lo fuese pensando. Así un poco como ahora se me puede ocurrir que yo no estoy escribiendo y que tú no estás leyendo y estamos los dos, tú y yo, en un café, poniéndonos al día de todo lo que no ha sido vencido por la desgana o por el olvido. Si conoces la voz de Benedetti (yo la tengo ahora en mi cabeza) sus poemas y sus cuentos son recitativos, también su labor de columnista (recuerdo leer sus artículos en El País) junto con los de mi admirado Haro Tecglen, en el bar Platanín, a la vera de la antigua Facultad de Magisterio de Córdoba. 

Suele usar Benedetti el usted para llamar al lector, lo hace sin que suene forzado, no es que ponga  una distancia, ni que le respete más de lo convenido: recurre a ese protocolo porque no sabe mucho, por prudencia, por considerar que lo que escribe camina despacio y necesita su tiempo o por pura timidez. Benedetti tiene una cara de tímido que no admite discusión. De ahí también los versos cortos y hasta los títulos cortos en poemas que a veces son muy largos, pero que en su mayoría son brevedades, como los cuentos, una especie de balance del lugar que le ha tocado ocupar en la vida y desde donde otea y cuenta. Porque Benedetti es un contador, un descreído también en el contar. Que hable del amor no significa que esté enamorado, pero hay mucho amor en sus palabras: amor a la patria (de la que huye, a la que amorosamente trae en su escritura) o amor a Dios, en el que a su manera cree poco o no lo precisa. Su vocación es la de aferrarse fuerte a las cosas, su estremecimiento es el de todos, solo que él tiene el don de festejarlo con la música bendita de las palabras. Este extranjero universal, que recorrió los bulevares de medio mundo como si fuesen desiertos, pensaba en su país con recelo, un país a lo lejos, respirando con fuerza, alarmado, un poco roto, pero con el alivio de la esperanza a ras de calle, en las tiendas de ultramarinos, en los desnudos en las camas de los amantes, en las reuniones en las tabernas, en la pequeña victoria de la luz cuando derrota a la sombra. Quiso que nadie se rindiera: él no lo hizo. Quiso que amásemos por encima de todas las cosas: él amaba a sabiendas de que el amor es siempre un desquiciamiento, un atropello o un desvarío. Fue el que dijo que cuando teníamos todas las respuestas cambiaron todas las preguntas. Ayer me lo recordaba mi amigo Pedro. Fue el poeta de la mirada tirando a triste. Debía ser el desarraigo, que te come por dentro y hace que no tengas la sonrisa a mano. Aún así, Benedetti exultaba amor y alegría. Lo cantó Serrat (un disco homenaje maravilloso que puso a Benedetti en las manos y en los ojos de muchos): defender la alegría como una trinchera (creo recordar), defenderla con entusiasmo, como si fuese una bandera y dentro de ella hiciésemos patria. 


Sentir a corazón abierto, escribía en un poema: cerrado no tiene el corazón con qué hacer de corazón, precisa que el pecho lo airee, que se exponga y hasta que se duela o que se rompa. Un poeta, cuando siente de verdad, escribe sobre el goce o sobre el desconsuelo (recuerdo otro poema, no doy con el título) o sobre la conveniencia de que un hijo suyo (si lo tuviera) respondiese a un nombre corto, un monosílabo, no sé, Blas o Juan o Luz de ser mujer, como la suya propia, la que lo acompañó en el destierro, con la que trasegó y amó, de manera que se le pudiera convocar con tan sólo respirar. Creo que eran así los versos. Cortos, como fogonazos. Fáciles de memorizar y de pensar, de decir, casi de respirar, como él querría. Porque la poesía es más respiratoria que otra cosa. Es aire lo que toma y lo que suelta. Aire para seguir en pie. Por respeto a sí mismo o por latido o por costumbre o por incordiar a los que nos desean el mal, aunque no lo digan y parezca que hasta, por saludarnos, nos tiene afecto o simpatía. Porque vivir no es fácil. Incluso hasta para un poeta reconocido como uno de las personas más importantes de la tribu y agasajado por la cultura y por los que la detentan en los despachos y en las modas. Tal vez, por sensible, la vida de un poeta de los de verdad, de los corazón abierto, es más dolorosa que la de quien no escucha el mundo como un niño y traduce las voces y las pinta con colores. Teníamos las respuestas, pero cambiaron las preguntas. Toca aprender a recitar las palabras. A sentirlas. Quizá sea al pronunciarlas cuando cobre sentido de nuevo el diálogo. 

1 comentario:

Frases Bonitas dijo...

A mi de Benedetti me encantan todos sus poemas.

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