Fotografía: Guillaume Lavrut
Uno tiene una idea de lo que es tumbarse al sol, dar gracias al sol, saber qué es el sol, saber qué es lunes o pájaro o voy a ver si hago útil de una vez por todas.
Alguien ha dicho que debe marcharse. Volverá más tarde. Dejo aquí el periódico. Le estarán esperando. Siempre hay alguien que nos espera. Uno también espera a que alguien acuda, pero la silla ignora la perseverancia de quien la ocupa o su desafecto o esa mosca que de pronto se ha posado en la tinta negra o amarilla y parece que está leyendo con rigor, con absoluta coordinación de sus patitas fluidas, de sus ojos ensismismados.
La felicidad es el verano cuando abrimos la silla y nos sentamos. El sol está mordiendo un limón, está la luz mordiendo un limón y duele la sangre en la cabeza como un enjambre de agujas.
Una música dulce de cámara, una sin nombre a la que se presta una atención sin compromiso aletea torpemente, disimulando su inocencia de cosa volada o de asunto muy pequeño o de brizna de un rumor apenas tangible.
El viento se desdice y ocupa una quietud absorta en su continencia de aire izado y ya ido. El aire tiene compostura de animal precavido. Un grumo de aleteo duro consiente un festín de alas para que se pronuncie el tiempo.
Yo recojo unos libros, abro las ventanas, abro el agua, huelo de pronto a café, siento a lo lejos un vértigo de pájaros tras el patio o una fiebre de alas, una costumbre de voces que no entiendo. Ni a Bach hay que entenderlo. Quizá todos esos pájaros piensen igual de la música de cámara y anticipen todo lo que viene después. Ornitologías de la razón. Si uno cae en la cuenta de la presencia de los pájaros, si se presta a ese ejercicio del corazón, ya no puede dejar de pensar en ellos. Hay que apreciar no solo que existen y encabritan el vuelo y pían fieramente como si el mundo acabase hoy mismo, sino también todo lo que los pájaros traen, todo lo que dicen si damos oído, si percibimos el volumen del cielo y la majestuosa caricia del aire mientras lo profanan con su trama de azul. De haber sido otra cosa, no sé, de haber podido prescindir de ser hombre y de haber podido elegir qué ser, creo que yo hubiese pedido ser pájaro, el tipo de pájaro irrelevante, en cierto modo, el que empeña todo su ardor en batir las alas, en ir de un lado a otro, sobreviviendo, previsible y sin encanto, sin otro cometido, sin metafísica. Cuando veo mis pies lo que contemplo es mi imposibilidad de tener alas. En cuanto entra en escena la metafísica, mueren todos los pájaros que llevamos dentro. Es otro animal el que irrumpe, pero no pájaro. Vamos midiendo los días, contando el espanto, sintiendo el peso del amor venirse un poco abajo, renacer sin que se le espere y caer nuevamente. Estaría bien sentir menos, no ser tan exigente, pensar al modo en que lo harían los pájaros. Con toda la dignidad del pájaro, ir escribiendo la herencia recibida, dejando consignado el aliento, el empeño de sobrevivir a uno mismo, de escribir porque al final te mueres y es bueno, quizá sea bueno, que alguien venga y sepa qué pensaste o cómo lo vertiste. Los pájaros tienen una dignidad antigua, no vulnerada. En lo que le ganamos a los pájaros es en la facultad de subordinarlo todo a la memoria o al olvido.
Yo creo que tenemos a Dios porque no es posible soportar la idea de que existe un fin. Hay una idea de Dios que está en la luz mordiendo el limón o en la sangre, doliendo en la cabeza. Un dios inabarcable e innecesario, una vastedad de dios que no tiene utilidad ninguna, un dios convertido en un páramo que no tenemos que recorrer, pero que nos requiere el paso y nos pide que lo crucemos, por ver si somos capaces, por saber qué hay al otro lado, en su fin, en su horizonte arcano. Un dios con su interior brusco, con su silencio violento, con su blonda de salmos, con su lentitud blanca, pero un Dios hecho racimo, volando, volándose. Dios con su limón, a bocados.
El día no es de verano, no es de este mundo. Hay en la planta de arriba un mover de sillas, afueras siguen los pájaros, la gente al borde de la piscina. Los veo desde aquí, hasta creo oírlos, oler el factor cincuenta de la leche solar cara que han comprado esta mañana en el hotel. El olor a café ya no lo encuentro. La música de cámara no la escucho.
La realidad es un alambique oscuro en un sótano al que se accede al final de una vida.
Guardo un ala de pájaro en un cajón al que no daba utilidad alguna, guardo una palabra a la que no sé dar uso. Lo más triste del mundo es que un objeto no tenga cometido en la coreografía del cosmos. Como un árbol horizontal en un tejado. Como un beso pensado. Como un libro que nadie ha leído. Como un cuerpo que nadie ha amado. Semeja ahora el cajón un féretro obsceno. Me lo dijo alguien hace tiempo: todos los cajones son ataúdes. Acabo de abrir el que está en la mesa en la que escribo y he encontrado un disco duro, un cable USB, el ala rota de un pájaro, un cuadernito pequeño de pastas negras en el que tengo anotado trece aforismos, un llavero con motivos infantiles que me regaló mi sobrina y un mechero. Los objetos nos hablan. Dicen: hoy no nos hicisteis aprecio. La muerte es una obscenidad a poco que se piense. Un olvido del tamaño de un cajón inadvertido. La locuacidad del ala es ahora un ángel yacente. He pensado que en un rato (en un día, en un mes), cuando abra el cajón, si es que no lo condena el olvido, olerá a más no poder a desamparo y a claudicación. Será un anticipo de la ceniza, será un tumulto hueco. Un beso pensado. Un árbol horizontal en un tejado. Uno cree que puede preservar lo que era luz en la intimidad de la sombra, pero al final, una vez que se pudre la belleza, concurren las lágrimas. Me ha perturbado la visión del ala del pájaro en la orfandad del cajón, que es una extensión del infierno o un atributo terrenal del mismo cielo. Los pájaros no creen en la inmortalidad del alma, he creído escuchar mientras la mirada se perdía en el paisaje de la ceniza. Un pájaro no tiene metafísica. Un pájaro muerto es el triunfo de las tinieblas. No he pedido a nadie que me acompañe en el duelo. Está el ala rota y estoy yo. Le concedo la infeliz vigilia de mi asombro. Cuando cierre el cajón, tomaré aire. Mis pulmones cobrarán la vida que les retiro. Sucio, el ojo. También la memoria. No hay cielo para mi pájaro muerto. Ni infierno. Yo también reposo en un cajón del que desconozco sus dimensiones. Árbol, beso, libro, cuerpo. Carezco de la nomenclatura que me permita conceder un dueño. Todos somos ángeles que yacen. Esperan que alguien los pronuncie. La religión siempre es un poema sobre uno mismo. Nos sentamos al borde de la piscina. Vemos nubes correr arriba. Principia lluvia. Nos levantaremos. Dejaremos las sillas, todos esos cajones. Volveremos a lo de siempre. Nadie se percatará de que nos viene ancho un párpado o que llevamos el alma desabrochada. Falta una sintaxis, un heráldica, una especie de linaje de la sombra cuando se reconoce en las acometidas de la lujuria del sol.

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