30.11.23

Cadillac Ranch, Antonio Tocornal / La feliz inminencia de lo insólito




Cadillac Ranch es la extensión en quince cuentos de uno solo. Iba a escribir que es un cuento fragmentado en quince. Lo que habría que definir es qué es un cuento. Si le preguntáramos a Kafka, diría que leyéramos este libro. Si se me pregunta a mí, qué podría decir yo, diría que se le pregunte a Kafka. De pronto se ha obrado el milagro de la literatura, de la que (por cierto) tampoco sabremos bien cómo explicarla, pero seguro que alguno de estos cuentos daría respuestas al que formula preguntas. Cadillac Ranch es Kafka, es Borges, es Millás. Es la consecuencia lógica de un escritor que se reconocerá lector de otros escritores. Todos contribuyen a que Tocornal exista, pero lo que se queda cuando Kafka, Borges y Millás se han marchado es Tocornal, un escritor en estado de gracia absoluta, si cien moscas no se personan para desmentirme. El propio autor (cualquier lector atento) no podrá poner objeción alguna a esa consideración anómala. De hecho, lo anómalo (gracias, Antonio) se constituye como hálito primario o como inspiración absoluta. Que suerte la de dar con ellas. No habrá manera de expresar el agradecimiento por la constancia y el primor estilístico del vuelo. Todo será entendido en el último cuento del volumen. 

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Los personajes de Cadillac Ranch son probablemente el mismo personaje. Todos comparten la soledad, todos padecen la enfermedad de la realidad, todos están desamparados. En cierto modo, el asunto que a todos les concierne es el vacío, la nada. Borges refería que a la literatura le gustan unas metáforas más que otras. A Tocornal le parecería que toda la mejor literatura es la insólita repetición de algunas de ellas. La suya es de un realismo que apabulla, pero hay una feliz injerencia de lo surreal, de todo cuanto invita a que miremos de otro modo, de lo que no es lo que se espera y, sin embargo, es cuanto necesitamos para comprender esa realidad por fin. 

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Cadillac Ranch es incoherente desde el momento en que nada de lo que se nos muestra anhela que la razón lo impregne. El acto de escribir es un desacato al acto de vivir, imagino. Nadie cree lo que lee, qué hermosa la incredulidad. Sin embargo, todos acatamos (con regocijo, con gratitud) que se nos muestre la parte de nosotros mismos que nunca a la que nunca hubiéramos dado asiento en nuestra conciencia. Tal vez eso sea el deseo de cualquiera que lea: que se le cuestione, que otro aflore desde el yo ya conocido. 

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La escritura de Tocornal se supedita, más que a las palabras y a su loca danza interna, al propósito de que no se aprecien siquiera y lo contado fluya como una música o como una imagen. A pesar de esa voluntad de músico o de pintor, los cuentos de Cadillac Ranch son un homenaje a la elocuencia que proviene del manejo soberbio de esas palabras. Hay una sencillez intimidatoria en el modo en que el lenguaje se articula. Quizá el armazón de todos estos cuentos precise de esa sencillez para que lo insólito y lo extraordinario (personas que padecen trastornos que no obedecen a ninguna lógica narrativa o emocional) no precisen artificio o forzamiento alguno. Esa irrupción de lo anómalo es invariablemente el momento en que cada cuento da paso al asombro (las piscinas infinitas, las moscas literarias, las piscinas metafísicas) o en el que la contingencia puramente discursiva (las rutinas de todos esos personajes marcados por la locura) deviene sueño, carne despegada de la carne antes firme. 

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Todos los cuentos de Cadillac Ranch están contados en íntima primera persona. Esa elección favorece la sensación de confesión. Es un secreto el que se revela en ellos. Muchos secretos. Se nos agasaja al sernos confiado pero es un veneno esa donación. La literatura es un viaje del que no debe salirse indemne. Cuanto da, por ósmosis, idílicamente, iguala al lector con el autor, los hace sustancias mudables. Igual son las moscas fértiles las que realizan el verdadero trabajo. Uno de los mejores cuentos (ninguno ni siquiera mediocre) sustenta esa atrevida afirmación. 

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Un rasgo común que conforma toda la colección de cuentos es la anuencia de los personajes. No se rebelan ante lo desacostumbrado, no recurren a inventiva alguna para zafarse de las adversidades que se presentan. Son también intensamente tiernos, son de una paz interior que sobrecoge. La solvencia narrativa de Tocornal se explicita en ese convertir lo extraordinario en rutina. Lo literario se sublima en lo real. Hay alguien que se determina a morir y solicita a quien se lo facilita que haga llegar el texto que sobre su muerte acaba de escribir a su editor. Espera tener la suerte de que el cuento recién construido (Lo insólito) pueda todavía incluirse en el libro que está a punto de ser enviado a imprenta. El libro en cuestión se llama Cadillac Ranch. 

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(Cadillac Ranch) Uno de mis cuentos favoritos (por qué habría que hacer eso, elegir) es con el que se inicia la colección y le da título. Es un cuento iniciático, aunque todo confirme que es el final (que se prevé luctuoso) el que lo anima. Contiene imágenes deslumbrantes. Los insectos aplastados contra el parabrisas de un Buick LeSabre del noventa y cuatro tienen la cara de todos los muertos. Luego están el café frío, los paracetamoles machacaditos y arrojados al bourbon, las alitas de pollo fritas, los donuts que un sheriff obeso masca a la sombra, alacranes lentos como una resaca, una ninfa falsa de pelo corto y teñida de verde que hincha unos senos pequeños y picudos liando porros en el asiento del copiloto del Buick que se adentra en el infierno, el pedazo de mamón de Don José Vacanegra, una oreja de toro llena de piojos guardada en un cajón de la niñez, un saxo de jazz untando de melaza el aire, country sucio en la FM, Clara la del sida, Robert arrojándose al tren del metro antes de que lo atrape la KGB, Fran el que muere primero, Vero la leucémica, Manu encomendando a un destornillador que le libere del mono y del trullo, pero él ha sobrevivido y va a cumplir los sueños de sus amigos caídos. La noche de Wisconsin no le verá conducir ni una chica de tejanos ajustados le esperará al final del camino. No se podrá hacer esa foto de todos los buenos chicos del barrio, la que se prometieron cuando eran puros y rozaban las nubes con la yema de los dedos. Los diez Cadillacs con el morro hundido en la tierra, los inmortales, seguirán en Amarillo. Hubiese estado bien abrazarse bajo el sol y tener luego esa imagen hasta que la pudra el tiempo o se pudran ellos. La peregrinación no fue en balde, a pesar de todo. Quien busca encontrarse a veces termina por perderse con más desatino. La vida, si es una mierda, lo es en cualquier sitio. Murcia o Phoenix o West Palm Beach. La maría que le queda da para liar otro canuto. Le levantará el ánimo, hará que la distancia que le separa del desenlace discurra más apaciblemente. Entonces otro insecto del más allá empotrado en el parabrisas. El último será profético. Le mirará a los ojos. Como nos mira un espejo. En la radio sonará Curtis Fuller o Johnny Cash. "Luego nada más". 

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(En el paréntesis del mundo) La casa se tomó a sí misma, decidió contravenir las leyes de la física o de la cordura. Las baldas, vacías. Los armarios, abiertos, exponían la orfandad de las perchas. Vaciaron el frigorífico, lo despojaron de su hospitalidad antigua, le arrebataron la dignidad. A la casa la ocupaba el silencio. Tenía cuerpo el silencio. Para inverosímil que allí bullera la vida y los objetos obedecieran la disposición de quienes los eligieron y les dieron un lugar entre los lugares. Algo que no es ni perverso ni obsceno ocupa los pasillos, el salón, los dormitorios, el cuarto de baño, la cocina, el cuarto de la plancha. No se advierte que una dolencia la aflija. La casa es un fantasma y su único morador es un fantasma. Una casa es una extensión de quienes la habitan. Algunas se expanden como el cielo o como el mar o se contraen como un corazón o como un anhelo. Más que la incertidumbre, lo que apabulla de ella es su insolencia. Se gusta cuando desobedece las más elementales consideraciones arquitectónicas. También transgrede la sensatez. Es caprichosa, es impredecible, es infinita. No permite que se la recorra. Cualquier propósito de navegación es una empresa baldía. Lo que ahora es esta pared en la que acabo de apoyar mi espalda será más tarde la pared lejana que observo allá lejos. La misma idea de lo que está lejos o está cerca es un despropósito. Este techo devendrá cielo. Si esta noche duermo en el salón mañana amanecerá en un dormitorio. Su expansión es una fuente inagotable de entretenimiento. Ignoro qué sucede afuera. Todas las brújulas del mundo, todos los mapas del mundo, son herramientas inútiles aquí dentro. Un día no habrá casa. Sospecho que se confundirá con el mundo. Tal vez esté equivocado. Razono que morir sea una manera de burlarme de ella. A veces finjo que he muerto, pero ella se mueve y el ruido me solivianta. A veces grito. No me oye nadie. 

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(Cuarto cerrado) No saber nada es un modo de sentirse hospitalario con la posibilidad de que de algún modo acabe por saberse todo. El cuarto cerrado es el misterio que no debe resolverse, sino dejarse cautivar por él. Es la cita de Magritte que abre el cuento. La existencia de ese cuarto es la única razón de la existencia de la familia que habita la casa en la que se encuentra. Uno cree que detrás de la puerta permanentemente cerrada no habrá ni siquiera un cuarto. Será la nada. Más que una historia a lo Lovecraft (hay un temor a que adentro moren criaturas pavorosas, de las que se agazapan y reptan viscosamente en la oscuridad y en el silencio), la narración es deudora de la mejor ciencia-ficción. La clausura de esa estancia es un hecho puramente místico en quienes la custodian, que viven en la servidumbre de su oficio antiguo, manteniendo viva la llama del misterio. Podría incluso pensarse que exista una realidad paralela, ya saben. Detrás de la puerta habrá otra casa con otra familia que no codicie su apertura, sino que exista para que nadie perturbe la naturaleza mística del portal. No hay manera de que esa certidumbre, la del cuarto cerrado, pueda desvanecerse. Si la casa se viniese abajo, continuaría en la memoria de los que no perecieron con el derrumbe, imagino. 

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(Hanami. La muerte es amarilla dorado) Este es un cuento que habla de la belleza del dolor o de la belleza de la muerte. Hanami es la palabra a la que se recurre en Japón para expresar el hecho de ver flores. A quien lo practica se le presume una inclinación a cuidarlas, a precaverse ante las adversidades que puedan malograr su esplendor, la restitución de una belleza. También la lozanía y la pujanza de su cuerpo menesteroso, tan expuesto a lo inclemente. No tardará en darse con la palabra que represente la voluntad de que se mustien y adquieran ese amarillo dorado que vaticina su ocaso, el decaimiento del flujo de su savia, El que las observa decide desatenderlas por primera vez (ha hecho lo contrario su entera existencia) y se hace las preguntas que nunca se hizo sobre si mismo con aplomo. Anhela una dignidad singular, la que lo alivie de la claudicación o la que le muestre la imagen de todo ese irse desvaneciendo juntos. De ahí que se encomiende el oficio de la crueldad y la casa que comparten sea la cárcel común. Pero él ha encontrado sentido a la estricta vigilancia, ha sentido la dulzura que todo dolor guarda para quien reconoce los signos de la derrota y los abraza con absoluta entrega. 

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(Tal vez un hogar, Ayúdeme a salir) Hay situaciones inverosímiles que se manejan con normalidad cartesiana, Las hay verosímiles que involucran al caos. Un hombre que de pronto repara en que no puede salir de su automóvil no es algo extraordinario. Lo que fascina no es la vida secreta sobrevenida en su interior (normalizada, expuesta con rigor) sino la que discurre afuera, la pública, sin intervenir en la que avanza (es un decir) adentro. Un hombre sentado en un banco en un parque que escucha a alguien que le pide ayuda para salir. Salir de dónde, se pregunta. Alguien que se ha encontrado a sí mismo cuando ha encontrado su lugar en el mundo, aunque nadie le vea. Como si fuese invisible. Como un fantasma. 

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(Ultramar) La verdadera revolución es la de las cosas inertes. Se tienen las instrucciones de uso, se conoce la certeza de que cumplirán el cometido que se les encomendó, pero hay una fractura, inasible y preciosa, un quiebro inesperado (insólito, lo diré una vez más) desde donde la realidad construye una paradoja interna y se cree (es todo credulidad, fe en lo real maravilloso) que una piscina pueda desdecirse (qué poco sentido tiene eso) y anhelar ser mar. Quien asiste a ese despliegue de recursos tectónicos y paisajísticos consiente el milagro, qué otra podría ser sino un milagro. No sólo lo consiente, sino que se da él mismo un cometido novedoso: el de aprender a convivir con el escenario al que alguna divinidad caprichosa le ha arrojado. Tocornal no recurre a la ficción teológica para hacernos participar de los prodigios habituales con los que la biblia (otro libro de milagros y de revolución colosal) construye su armazón narrativo, su costado metafórico, pero la piscina de Ultramar no es un capricho mesiánico, ni una demostración de poder que pretenda intimidar o adoctrinar a quien la contempla: es una terra incognita (lo tomo del texto) o un ejercicio de literatura de aventuras. Sonarán de fondo Amundsen, Shackleton, Simbad, Magallanes... El protagonista de Ultramar debe vencer a las adversidades. Tendrá que esperar las circunstancias favorables para que su cuerpo de náufrago no termine destrozado en una barrera de arrecifes. La travesía es la vida. Él, al menos, se ha agenciado unos bidones para recoger el agua de la lluvia, una lona para guarecerse del sol y una brújula de latón que le guíe en la singladura

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(Negros literarios, bonus track) Este es el cuento metaliterario, muchos lo son. He aquí la confesión de Antonio Tocornal, su sinceridad tan de agradecer en estos tiempos de impostura y de pavoneo. Admite que no es él quien escribe los cuentos que acabamos de leer. Si la inspiración no acude, hay que buscar un reemplazo útil, un fantasma que ejerza de escribidor, me encanta esa palabra. El método al que recurre el autor es asombroso: se vale de una cantidad generosa de folios rociados con una discreta cantidad de almíbar y dispuesta en el suelo del garaje que ha improvisado como escritorio, de una mochila de fumigar con la que asperjarlos con una solución de agua azucarada, de una ventana entreabierta por la que las moscas engolosinadas puedan penetrar y del milagro del azar. Las industriosas moscas, al posarse sobre el papel, absorberán con su trompa el almíbar, que hará de improvisado lápiz. Ya tenemos el calígrafo, ya hemos comenzado a contar con el dibujo de unas letras que, inusitadamente, darán unas palabras que podrían cincelar una frase. Qué maravilla de método, Antonio. Así escriben "aspa, ajo, ortótropo, timonel, dulzaina, estraperlo, condominio". Son moscas españolas y muy españolas, claro está. El trabajo del autor es mantener la máquina en perfecto estado de revista. También el de cribar. Como un corrector de estilo. Como un maestro que de pronto encuentra el texto espléndido de un alumno y se decide a pulirlo. Algunas de las frases extraídas del libro en formación son las del libro que el lector acaba de leer. "Me ha brotado un pequeño pueblo en la palma de la mano izquierda" (Un pueblo pequeño y pintoresco). La sorpresa de Tocornal es mayor cuando reconoce que esa frase es literaria. Podrían haber escrito una línea de una receta del solomillo al roquefort o una de un prospecto de un bronquiolítico. El humor hace asomo incontenible cuando el autor se siente aliviado al comprobar que las moscas no escriben poesía.  Las moscas más capaces son las mimadas, las exquisitas, las que pueden escribir con el magisterio que a Tocornal, el pobre, le falta. La literatura más sublime quizá provenga de parecidos ejercicios de acrobacia zoológica y las novelas que amamos sean el denodado esfuerzo de un ejército de hormigas, aunque nunca se hable de ellas y el facilitador (así se nombra el autor de Cadillac Ranch) tan sólo urda la logística, cree un ambiente de trabajo. 

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Cadillac Ranch es goce literario puro, un festejo de las letras y de la imaginación. Lo eran Bajamares y Malasanta, que son las novelas suyas que he leído. De Malasanta no me atrevo a escribir nada. Es tal el respeto a volcar algo sobre lo que me fascinó tanto que lo voy dejando. Tendré que leerlo de nuevo. Por ver si doy con el tono, por encontrar la manera de que mi gratitud hacia el autor se plasme en mis palabras. Si esta rendición de impresiones (convertidas en algo íntimo, no en un discurso crítico, Dios me libre) hace que alguien lea Cadillac Ranch (cualquier libro suyo valdría, yo ando ya buscando los que no tengo) daré mi entusiasmo por útil. Porque es entusiasmo puro, delectación sin adjetivos, el placer de encontrarme en todos los personajes perdidos que pueblan las asombrosas historias del libro. Añado, por último, que no se dejen engañar: todo cuanto entrego de mi lectura es una invitación, un pequeño festejo privado, ahora público. La delicia absoluta de la lectura está esperando. Este otoño lector ha tenido varias celebraciones: la de Eloy Tizón con su impagable Plegaria para pirómanos, la de volver (lo hago todos los años) a mis cuentos de Borges (voy en orden cronológico) y esta maravilla de libro con su maravillosa portada. Habrá que ir a Amarillo para fotografiarse junto a los cadillacs semienterrados. Esperemos que el parabrisas permanezca limpio y no aparezcan insectos con la cara de todos los muertos olvidados. 




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