16.11.23

Una niña en una guerra

 



Uno tiene que inventarse, probar a ser otro, mutar en el prójimo y ver la vida desde afuera, en las vidas que observamos y que no entendemos. Desde que los griegos inventaron el alma, en ese esplendor de las ideas, no ha habido progreso destacable. Seguimos fascinados por la posibilidad de hacer el bien o de hacer el mal, de ser rescatados y merecer el paraíso o de perecer y residir en el infierno. Seguimos abonados a la crueldad, aplicando el mayor esmero en mirar hacia otro lado, en disimular, en hacer ver que no va con nosotros, que el mal que sucede alrededor nuestra no es de incumbencia propia. Todo se ajusta al viejo argumento de pertenecer a un bando; no el argumento de que ningún bando es bueno o es malo enteramente, sino de que lo correcto es estar en uno de los dos, el de ocuparnos en cuerpo y alma (volvemos al territorio arcano) de que ese lado al que nos inclinamos brille, resplandezca incluso, y de que nosotros contribuyamos un poco a ese fulgor. Esta foto es de las más tristes que yo haya visto. No hay sangre, no se exhiben cuerpos rotos por la barbarie de una bomba, no hay una amenaza creíble que pueda anticipar la toma de una vida, pero duele más, hace pensar en el horror, ah el horror, todo ese horror primario de lo que no entendemos y que se aloja en el alma, en ese interior que los griegos descubrieron no sabemos bien cómo y en donde hemos depositado durante tres milenios los miedos y las esperanzas, las victorias y las humillaciones, los dioses y los demonios. 

No vale ser otro: sigue uno siendo el mismo. No lo es desde el momento en que no puede hacer nada por remediar el mal, el mal visible, el inmediato, el que hacen que duelan los ojos al verlo. Y cómo extirparlo, cómo vencer su influencia. No hay forma, no tenemos medios, no podemos cerrarlo. Los griegos lo dijeron antes: el alma es un abismo, un vértigo, una fiebre. Si miras dentro, el mal que la ocupa te mira. Eso es de Nietzsche, que había leído mucho a los griegos y había concluido que el hombre es ante todo un animal que sobrevive siempre. Al precio que sea, siempre sobrevive. Y fascina la supervivencia, los argumentos esgrimidos para justificarla. Pero de eso nada saben los cientos de miles de niños que malviven o hieren o mueren en nombre de cosas que no se pueden entender nunca, por mucho que uno vea las noticias y se ponga en lugar del otro, en el del bárbaro, el que apunta a una niña y se plantea si apretar el gatillo o perdonarla. Ese umbral es el que da el subidón a los estúpidos: el disponer de la gracia del perdón. Imagino que por ahí va la cosa. Las guerras se hacen porque los soldados que las trazan y las despliegan disfrutan con lo que hacen, con ese oficio infame de perdonar o no hacerlo, de sentirse algo verdaderamente importante al portar un arma. 

Hay quien descree de que seamos buenos y a todo le pone un fondo de maldad, quien sostiene que todo lo que hacemos busca un beneficio o que el amor no mueve ni el sol ni las estrellas, como escribía el hechizado Dante, sino el juego sucio o las malas artes. Al amor lo dejan seguir reinando, pero aducen que está ahí para engolosinar al necio, para que baje las defensas o para que las retire definitivamente. Una vez que estamos al descubierto, el mal penetra mejor, quien lo perpetra actúa con más comodidad, llega hasta donde se propone y malogra cuanto gusta. Está el mal así, yendo y viniendo, impregnando incluso todo lo bueno que pueda haber perdurado desde que el ruido del cosmos hizo que empezase la vida, en el estornudo de Dios. No es cosa ahora de fatigar teologías ni de entrar en consideraciones científicas. Lo que cuenta es el triunfo del mal. Porque somos malos. Lo somos de un modo instintivo. Malos solidarios con el mal, malos cómplices suyos. La bondad es la noticia, lo extraordinario, lo que nos alarma sobre el imperio de la maldad. 


Solo hay que ver el mundo, solo hay que comprobar el modo en que da vueltas. No las da igual para todos. Ni siquiera el sol brilla igual para todos. Ni la oscuridad se cierne igual para todos. Hay quien no ha sentido jamás inquietud o zozobra, quien no ha percibido el peso de las sombras y quien, sin descanso, solo ve la pesadumbre, quien aparta a manotazos esas sombras, que le entenebrecen y lo rebajan. El mal siempre triunfa, aunque agazapado, El mal es el cáncer al que no se le ha inventado todavía una terapia fiable de choque. Lleva la filosofía, por no decir la religión, llevando y trayendo teorías, fórmulas, textos que lo recogen y lo argumentan, pero no conducen a nada. Es como hablar sobre el silencio o sobre la lluvia. Existen a pesar de que los amemos o los detestemos. El mal es la estrella, el reclamo principal del reparto de la película que estamos a punto de ver. No hay gran argumento de la misma historia de la Literatura que no le guarde un lugar principal, una parte relevante en el trasegar de la trama. La ficción se vende mejor si el mal la impregna, aunque luego el bien, por voluntad de quien escribe, termina imponiendo su criterio, dejando que todo se amanse y que la bonanza lo acune y lo abrace todo. El mal es admirable. Se abren los ojos, no sabemos los porqués, cuando dos se cosen a hostias en la calle, amenizando el paseo que estamos dando. Reprobamos que se peleen, deseamos que dejen la lucha, pero hay un lugar por ahí adentro que se recrea observando la evolución de la contienda. No nos acercamos más porque podemos ser atrapados por el hechizo ciego de los golpes.


El mal está en esta fotografía. La niña que mira a la cámara cree que es un arma y levanta las manos, rindiéndose, repitiendo el gesto sencillo que ha visto cientos de veces probablemente, creyendo que no va a morir si las levanta lo suficiente. Porque la niña habrá visto morir la gente suficiente como para tener incrustada en su cabeza la idea de la muerte: una idea que no se tiene en una cabeza de cuatro años. Luego vendrá el mal, vendrá el cáncer del mal, extendiéndose, alojando su semilla terrible en los que lo miran sin actuar, pero cómo hacerlo, se pregunta uno, a qué acudir, cómo evitar que una niña de cuatro años, sólo cuatro, no veinte, ni siquiera cincuenta, una edad ya provecta, crea que podrá salvarse si ejecuta ese gesto sencillo, porque no puede ser más sencillo. Un brazo y luego otro o los dos a la vez, con brío, haciendo ver a quien te apunta con un arma que estás decidido a no cometer error alguno y vas a rendirte. Te rindes para salvarte, eso es. La rendición es la puerta que conduce a la salvación. Hay gente que no se rinde, por supuesto. Y no levanta las manos y no desea que se les salve: prefieren la bala en la cabeza antes que la vida que les espera, la traidora a unos ideales, vaya usted a saber si los ideales sirven para sobrevivir o para dormir con la conciencia tranquila o con el estómago lleno, pensando en si merece la pena vivir después de todos los que cayeron por no levantar los brazos, por no temer al miedo, por puro instinto. No sabemos qué será de ella. Queda su rostro sereno, perplejo y roto, su no saber nada expresado en los ojos, sus bracitos subidos, implorando clemencia. Los ojos pronunciando palabras que no conoce: salvación, rendición, mal, bien, clemencia, barbarie, muerte. 


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