7.8.23

Palabras más, palabras menos

 Yo creo que se puede deambular sin rumbo o callar la boca o ver con los propios ojos o volar por los aires o tener una propia opinión personal porque hay quien deambula a sabiendas del destino y quien calla con gestos o quien ve con la mirada ajena o quien vuela sin levantar un pie del suelo o quien confía en la opinión personal de los demás. El pleonasmo es una figura retórica útil, a poco que se piense. Tiene su predicamento y su mala fama pareja. La información que añade a la ya consignada puede contener un interés mayor que la principal, una pieza clave, oculta, que sólo algunos traducen. Aunque la economía del lenguaje prefiera a veces la elipsis, los hablantes tendemos juguetona o inconscientemente a la perogrullada, que es la declaración de lo obvio, cierta insistencia en remachar lo ya clavado, pero tal vez esa perseverancia no elucida una necedad en quien la dice, sino un anhelo de estilo, una especie de recurso narrativo para que lo dicho se expanda con más lúdico vuelo. Se va por donde se puede y por donde no se puede no se va es una afirmación magnífica. Las posibilidades que da a quien de verdad escucha son extensas. La primera es la de hacer pensar que algo se oculta en lo que, en apariencia, no requiere elucidación mayor que la primeriza y cabal, la de que la verdad no puede mentir y, además, es cierta. En política, abundan las perogrulladas. Hemos escuchado tantas recientemente que ya ni les prestamos atención. Todo lo que está muy visto no asombra, dejó escrito Aleixandre. Dicen los políticos lo obvio y lo apuntalan con colmo para que el exceso en su nomenclatura evite caer en la cuenta de lo que expresa. Es la virtud de lo superfluo vestido de grandilocuencia, es la constatación de la vacuidad de la hipotaxis, es la elongación de lo que no precisa nada más que contención, es la claridad disimulada o rebajada con gran aparato sintáctico. 

A pie de calle, el pleonasmo, la perogrullada o cualquier manifestación de la redundancia funciona mal: quien escucha la canción, prescinde de la melodía, tan sólo aprecia el ruido, la parte menos noble de la música. Hoy escuché a alguien en la cola del súper formular su intranquilidad por la deriva de la situación política con encomiable gracejo: "ellos se lo guisan y ellos se lo comen, pero yo no pillo bocado", a lo que su interlocutora sobrevenida, la mujer que la antecedía en la cola de la charcutería, apostilló que "no hay bellotas para tanto cerdo", tras todo lo cual, atendiendo los parlamentos de las dos señoras, decidí participar con una media sonrisa (algún gesto aprobatorio hubo también), del que pudieron extraer mi aprobación, que rubricaron al momento con sobria elegancia y, al llevar yo poca compra, permitir que se me cobrara y no tuviese que esperar (no esperase, dicho con más desenvoltura y convicción). Con todo, el día ha ido progresando a su antojadizo capricho y las mujeres del súper no se han ido de mi cabeza. Si se lo hubieran propuesto, inconcebible eso, no habrían logrado recabar mi atención con más éxito. He tratado en vano de darle un nombre a la figura retórica (o estilística o meramente discursiva) con que me entusiasmaron. He abdicado en procurarle un lugar al que volver. Palabras que se pierden después. Gestos que no vuelven  



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