Al ojo sólo le incumbe ver, ese anhelo es su único propósito. Lo que lo mirado ahonde no es cosa suya, hasta se declara inhábil para procesar las imágenes, que serán meras herramientas para que su oficio no caiga en el desánimo y todo se difumine o acabe cegado. También el corazón desoye las instrucciones de la razón y se encomienda únicamente el trasiego de la sangre, que es flujo lírico, un poema invisible, el cielo para quien lo sabe. No cae en ese desánimo el corazón: persevera con absoluto afán, se desautoriza a la desobediencia, tan sólo percute, percute y canta. Como un salmo en mitad de la noche.
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