29.8.23

Elogio de los madrigales

 Amo los madrigales ingleses de Dowland o de Porter o los italianos de Monteverdi o de Palestrina. No es un amor mantenido a diario, que proceda de la atención minuciosa y cuide de que no se deteriore si la aplazo, pero no hay ocasión en que su comparecencia no me transporte (bucólica y pastorilmente) al Renacimiento y me vea de pronto ataviado con ropajes suntuosos y hablando en inglés antiguo o en italiano en la privada ocupación de mi ocio, agasajado de todos los primores del vivir en esa opulencia del arte y del pensamiento. Mi ignorancia en la materia me impide pronunciarme en lo musical, pero me envalentono cuando mi corazón se embravece y hasta fulge cuando la belleza que contienen se declama con absoluta pulcritud, haciendo que el escuchante participe de esa restitución limpia de la música . Hay tanta por descubrir que es de necios acogerse únicamente a la aprendida, a la que nos acompañó y conócenos. No habrá ahora madrigalistas, se contentarán con interpretar las piezas antiguas, las pronunciadas con absoluto fervor por esas voces celestiales, pero las de entonces eran genuinas, eran la emanación pura de un sentir religioso, no contaminado, no proyectado para otro motivo que no fuese la conversación con Dios, expresándole el agradecimiento por los dones de su gracia. Etimológicamente, el madrigal es un canto a la madre, comprendida como la matriz, como el origen. Su polifonía es profana, a pesar de su inclinación divina. Exalta lo mundano mientras mira de reojo al cielo, reclama los primores de la vida y anhela el goce imperecedero de la eternidad. Al igual que uno se empequeñece cuando entra en una catedral, escuchar madrigales nos depara una fragilidad parecida. Sentimos un arrullo antiguo, como de misterio. Esta mañana de agosto ha sido madrigalesca en casa y cuando las obligaciones me hicieron salir de ella. En la calle, ocupadas mis orejas con los cascos pequeñitos, hasta me extrañé de que hubiera coches y en el cielo se divisaran los rastros blancos del trayecto de los aviones. Me creí fuera de mi tiempo y de mi espacio. Como si acabara de ser transportado del siglo XVII al XXI. La música es una máquina del tiempo. El primero que escuché me sigue haciendo reír: ese es también uno de sus motivos. el de invitar a que la alegría impregne el espíritu. Lo ejecutaban Les Luthiers en su Mastropiero que nunca. El ficticio autor bautizó su madrigal con el primer verso del poema, como era costumbre. Lo llamó "La bella y graciosa moza marchose a lavar la ropa", pero luego "la longitud de este primer verso le pareció inadecuada para un título", de modo que lo rebautizó, llamándolo "La bella y graciosa moza marchose a lavar la ropa, la mojó en el arroyuelo y cantando la lavó, la frotó sobre una piedra, la colgó de un abedul", pieza con la que abren el espectáculo. Lo que hace el grupo argentino es respetar el género y dotarlo de la viveza de lo humorístico. Las voces precisan una mínima instrumentación y, cuando concurre, está al entero servicio de ellas. Es la pintura de las palabras, como recogen los musicólogos. De ahí proviene la ópera, ya en el Barroco, que le hizo declinar. También es un apellido hermoso. 

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