El fuego, al declinar, antes de que el viento pierda en el viento su ceniza, tiene la virtud de la misma vida. Es el principio activo de cualquier atisbo de luz, la semilla que alienta el porvenir. Se anticipa a ella, la esconde, la prefigura, la pule en silencio, sin dar indicio del fulgor que la precede y más tarde la hace estallar. Es el fuego el que custodia la serenidad del aire o su temblor sin consuelo. Fuego bastaron o puro, alquimia, heraldo del tiempo, que le confía la pureza y la degradación, el comercio de las sombras y el esplendor de la esperanza. La verdad está en la luz, en su vago irrumpir y en su lento perderse. El fuego es el misterio de la luz hecho metáfora.
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