10.12.23

Elogio de pecar y de vivir

 Vivimos en la reprobación del pecado ajeno. El nuestro queda al variable escrutinio de nuestra convicción de que podremos aliviar su falta o cargar sin trauma con su culpa. El hecho de transigir con la idea del pecado acarrea una condonación privada que alienta cierta lenidad espiritual. En esa blandura del espíritu infringimos con alborozo leyes y sufragios universales. Hoy, al consultar los míos, me he sentido súbitamente urgido a no desfallecer en ellos, entiéndase que no son escandalosos, aunque eso debería ser aseverado por los otros, no por mí, que los ejerzo. Así que los pulo, me apropio de su esplendor íntimo y secreto. Los pecados ajenos me afectan en la medida en que no censuren los míos. A algunos, los más flagrantes, podemos renombrarlos, darles carta jurídica. Podemos decir que son delitos. De esos confieso no tener ninguno que, hecho o no, se me atribuya. La memoria sabe apartarlos. Airear los pecados es más lúdico que confesar los delitos. Una vez deslindado ese matiz semántico, la vida transcurre con más entera armonía. La sumisión del poder legal al moral ha sido casi siempre materia resbaladiza y no me tengo por doctor en leyes. Tan expuesto está uno a tanto que no es posible aseverar con rotundidad las faltas, los errores, las injusticias en las que podamos incurrir  

 En cuanto a la vida, dado que se obstina en no defraudarme todavía, admito que la tengo en la consideración más alta. Las veces en que he pensado seriamente en ella he salido más o menos indemne. Todo su fragor es el mío, toda su elocuencia me concierne, también su quebranto cuando flaquea y hace que cueste trasegar con ella. La edad siempre está de mi parte, da igual cuál sea. Vivir es un asunto que no se deja intimidar por avatares frívolos o por dolencias puntuales. Lo que desbarata su esplendor inmarcesible (el adjetivo es perfecto) se palia al ver un nuevo día clarear en el horizonte. Hay días cochambrosos, de poco asiento en la parte feliz de nuestra sensibilidad. No obstante, los días alegres compensan sin doblez. Arriman el vibrante dulzor de la fruta cuando irrumpe en la boca. Hasta la sed y el hambre convienen para que la satisfacción de saciarlas restituyan la armonía, ese equilibrio tan difícil a veces de adquirir. Son los días alegres los que importan: dan alforjas de fe para los grises, para los vacíos, para los comidos por la tragedia. De ella abunda la bibliografía, por desgracia  Este domingo recién abierto es el mejor posible. Ayer fue bueno también. Lo escribo para constatar la rotunda y feliz elocuencia del aserto. Más que para creérmela, hay que ser incrédulo de cuando en cuando, lo escribo para que conste y luego se pueda volver a este momento de inusitada fe en su verdad aprendida, en la que haya que aprender en adelante, en toda la loca danza del tiempo cuando inesperadamente nos halaga con sus esmeros más limpios. Que tengan un día bonito. A ver si el mío no se pone tonto y acabo por borrar el post. 

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