Al correveidile se le asigna un mérito que quien ni corre, ni va, ni dice carece: es el de no pensar en la zancada, ni en el trayecto y, mucho menos, en lo que dirá, pero los hay a espuertas, están sin que se les requiera, hasta será normal que se citen o tengan una cofradía en la que conversen y se pongan al día en la intendencia de su oficio. Quienes no nos tenemos como correveidiles, alguna vez habrá habido en la que incurrimos en correr, en ir y en decir, ignoramos qué les mueve, el porqué de su trajín, pero alguno tendrá que haber, qué podemos saber. Algo les quedará cuando cumplan su cometido. Puede ser que el mensaje les cale o que, por precaución o por sabiduría, no se involucren, desprecien el contenido, no vaya a ser que cale y luego les lastime. Estos tiempos propician que abunden los correveidiles. Tienen a huevo prodigarse, les costará poco acometer su empeño. Las redes sociales son la gran autopista de la alcahuetería o del chisme o de la rendición de una realidad que, las más de las veces ajena, servirá a unos y escandalizará. Lo que cuenta es que siempre hay un auditorio que se relame cuando alguien les provee de contenido. Creo que ahí está el quid de la cuestión: en eso que ahora llaman "creadores de contenidos". Se escucha esa nomenclatura nueva de los correveidiles de toda la vida. Que no los creen no les rebaja su condición de maravillosos mensajeros. Si se me preguntara mi aprobación o rechazo de este antiguo oficio, respondería con titubeo. Los veo como esos adlátares, como esas personas subordinadas a otras de la que parecen inseparables, dice el diccionario. Son, en esencia, pobres cumplidores de un vicio, qué podremos saber sobre la pertinencia de que ese vicio exista y los colme de bendiciones y de gozos. Son también acólitos, esbirros, compinches. Recuerdo al grandísimo José María García, aquel locutor vehemente del que luego no ha salido réplica. La usaba con creativa frecuencia. Tanto adlátere, lametraserillos, abrazafarolas, chupópteros en cualquier disciplina de la vida. Mindundis, añadía. Qué hermosa palabra ésa. Con su rebaje semántico, con toda su escasa nombradía, la adoro. Si no fuese por los correveidiles, por los mindudis, qué aburrida existencia, querido amigo Pedro.
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