22.2.23

No somos nadie

 Decimos que no somos nadie cuando alguien relevante se muere o, menos trágicamente, cuando advertimos algo que nos restituye nuestro sitio en el mundo, tan pequeño, tan frágil. Lo hemos escuchado muchas veces. Hay en esa frase una contingencia placentera, como de consenso con uno mismo, como de aceptación de que la vida no vale nada, como cantaba Pablo Milanés. El hecho de ser alguien es trabajoso de procesar. También el de no ser algo o, más calamitosamente, el de no tener certeza de que se sea algo. No somos nadie es la evidencia absoluta de que no hemos llegado a lugar alguno o de que el lugar al que hemos llegado no es, ni en la más optimista opinión, el que esperábamos y en el que se confiaba. Cae uno en la cuenta de que no es nadie cuando percibe que no tiene nada claro o que lo tenido en claro no es lo que ahora de repente parece lo razonable y lo exigible. El reverso, ese más luminoso ser alguien, queda para los íntimos. Ellos sí que saben quiénes somos y a qué nos dirigimos, cuál es nuestra senda y el motivo de nuestros pasos. Ellos comprenden y aprecian lo que hemos sido, lo que somos y lo que es predecible que seamos. Al final todo queda en malabarismo semántico o en una ocurrencia de pesimista ingenio. Si al final triunfa la idea de que no somos nadie será porque no lo somos en realidad, podría ocurrir eso. Qué más dará si apremia siempre la sensación de que se está bien y de que los días nos abrazan y, en ocasiones, nos halagan con sus primores. Prefiero pensar que siempre habrá alguien, un elegido, ojalá más de uno, muchos, que sepa quiénes somos o si somos más de uno y a todos nos profesa el mismo desinteresado y materializado amor. La insignificancia final, esa sublimación inversa que consiste en anularse, en borrarse, quedará como perla lingüística para velatorios. Se expresa así lo frágil de la existencia, lo irrelevante de nuestro destino, lo paradójico de no poder gobernar lo único que es enteramente nuestro: el vivir, el querer vivir más, el vivir (en todo caso) mejor de lo que lo hacemos. No somos nadie, en fin. K. me consuela, en lo que puede. Sostiene que somos siempre lo mejor y lo mejor en cada momento, que no hay nadie que pueda invalidar ese hecho mesurable, el de ser uno mismo y ser ambiciosa y poderosamente el mejor de todos los que podríamos ser. A mi amigo Pedro, que suscitó este comentario una vez sin que tuviera empeño, que ayer lo volvió a remarcar, sin saber la sincronía de las frases que se dicen y que se guardan, sin que ahora importe el porqué del arrimo, se le ocurrirá que no somos nadie, pero que tal vez podríamos ser alguien. Al fin y al cabo, por más que rumie la cabeza sus cuitas, ninguna de esas dos posibilidades ontológicas hará que duerma mejor esta noche o que mañana, cuando me levante, me pese el cuerpo o el espíritu con más quebranto que de costumbre. 

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