Arrasado el jardín, profanados los cálices y las aras, entraron a caballo los hunos en la biblioteca monástica y rompieron los libros incomprensibles y los vituperaron y los quemaron, acaso temerosos de que las letras encubrieran blasfemias contra su dios, que era una cimitarra de hierro. Ardieron palimpsestos y códices, pero en el corazón de la hoguera, entre la ceniza, perduró casi intacto el libro duodécimo de la Civitas Dei, que narra que Platón enseñó en Atenas que, al cabo de los siglos, todas las cosas recuperarán su estado anterior, y él, en Atenas, ante el mismo auditorio, de nuevo enseñará esa doctrina.
(Los teólogos, Jorge Luis Borges)
El bombero Guy Montag no tiene ningún reciedumbre moral, no posee un ideario al que acogerse, apenas muestra algo más que pereza intelectual y tristeza anímica. En Fahrenheit 451, la novela que cierra la esplendorosa trilogía distópica del convulso siglo XX (con 1984 de Orwell y Un mundo feliz de Huxley), Montag es una pieza insulsa en la terrible maquinaria de la aniquilación. Más que bombero, es su reverso. Más que apagar el fuego, lo estimula, hasta lo estima, pero de pronto algo se prende adentro suyo (fuego también, otro tipo de fuego) y decide saber qué quema, cuál es el fondo de la ceniza. Se produce una especie de epifanía poética. Pasa de la sumisión a la rebeldía o pasa de la obediencia a la libertad. El agresor desea saber la naturaleza del agredido. El soldado ha decidido pensar. Lo primero que salva de las llamas es un libro. Luego no hará otra cosa. Será libre.
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