Otorgar al verano el único argumento del sofocante calor es un impedimento para disfrutarlo, pero hay veces en que todos los deseos (incluso los más hondos) sólo piden una sombra fresca en un patio o, en su triste defecto, un split, uno de esos mecanismos que el ingenio humano parió a mayor gloria de los cuerpos masacrados por el tórrido aire. No hay poesía en el acto sencillo de colocar una buen sofá debajo de una de esas máquinas. A las silenciosas (la tecnología avanza que es una barbaridad) se las mira con arrobo y gratitud, pero no importaría que atronaran siempre que cumplieran el feliz cometido que se les encomendó: hacernos la vida más llevadera. Porque hay días de poco o ningún asiento en la realidad (si es que los hay en otras circunstancias menos rigurosas) y hoy (perdonad el desatino, el desahogo, el alivio y la tabarra) no ha habido tregua. Por mucha pericia de la que se disponga, por más que el sentido común dicte su obstinada retahíla de placebos y de convencimientos, odio este episodio (que no ola, lo han remarcado bien) de calor infame. Otros tendrán un odio mayor, quién lo discute. Más me entenderán.
10.7.21
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