Hay que saber de qué convalecer. Como una especie de ligera enfermedad elegida de la que se salga a voluntad y en la que encontremos algo de lo que se nos contó que sería lo más parecido a una especie de descanso, un receso en la brusca briega de la vigilia. Todo así muy cogido con pinzas, un volunto sin más importancia que, sin embargo, se anhela como despertar cuando un sueño nos ha hecho padecer muchísimo. En la postración, en esa disposición ergonómica del espíritu, invocar a alguna deidad favorable que sea hospitalaria y nos abra los brazos con maternal arrullo y nosotros dejemos que los brazos hagan su labor para que los nuestros se recompongan y con los brazos también lo que no es cuerpo sino puro espíritu. Y no tener nada que hacer ni que nadie espere que hagamos algo, convidarnos de pereza, bendita ella, alejarnos para regresar con brío nuevo.
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