El futuro debe oler a pan recién hecho, a hogaza blanda, a pulcro trigo. El futuro masca hierba que huele a lluvia. Es río vertical, agua sin herrumbre, todo lo que anhela luz, fiable, conjetura, mapa de niebla por trazar, un cielo con un corazón dentro, una dádiva. El futuro es un árbol gigante en un planeta del que solo vemos un pulso de sombras en un sueño. Loco, el futuro danza. Ni la sombra lo acecha, ni la sangre sabe. El futuro es el idioma de los árboles gigantes en los planetas sin música. La niebla del futuro se hace costra fértil, líquido primordial, arrullo de un rumor que crepita en lo hondo. El futuro es un secreto dentro de un secreto. El árbol sin comparecer todavía, erguido en el éter, izándose con obstinado afán, perseverando en su condición de milagro. El futuro son los mármoles y los oros de los regios monumentos que el bardo manuscribe en el ala de un pájaro al festejar el primor del fecundo vuelo.
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