22.4.24

Palabra

 


No hay modo de saber si uno está muy cerca de Dios o no lo está en absoluto, si ni siquiera tener un buen corazón hará que seamos buenos o hace falta algo más, quizá la fe, la creencia en que hay algo más allá de lo que nos confían los sentidos. No basta con creer: hace falta ser un hombre bueno, le dice la mujer al marido, mientras le toca el pelo y lo mira como si no hubiese ninguna fuerza en el mundo que pudiera hacer que el amor se desvaneciese de pronto. 

Creo que Ordet (La palabra) es la película más austera que he visto. De una austeridad que te hace pensar en la austeridad misma, en la idea pura de austeridad, tan severa y perfecta. Y te traspasa y andas después por la calle pensando en el hombre sin fe y en el hombre creyente, en la beatitud, en el pecado. 

Ah, el pecado, esa invención diabólica. Porque no la inventó Dios y le pasó el hallazgo moral a sus voceros en el mundo: el pecado es una construcción moral de una dureza apabullante. Es propia del hombre, que se arroga un límite para que sus actos no descarríen su alma, para que su corazón no se desfonde y se pierda en el tumulto de la sangre. Al mismo diablo es a quien debemos el pecado, por supuesto. El hombre es un diablo para el hombre. 

En Ordet, la espléndida película de Carl Theodor Dreyer, vista de nuevo, como si fuese nueva cada vez, no hay una advocación directa al mal, aunque está impregnando toda la trama; si es que hay trama, trama tangible, de cosas que van pasando y conducen a otras hasta una última a la que ya no le sigue otra. La trama en La palabra es muy directa, muy cotidiana, de poco asiento en la ficción narrativa clásica. Cuando terminé de ver anoche la película de Dreyer, en la confusión, pensé que era un pecador y que de alguna forma debía expiar mis culpas. Dreyer me conoce mejor. Posee esa facultad: la de saber cómo dar con la parte de mí a la que ni yo accedo. Es posible que hiciese Ordet pensando en una criatura como yo, una fascinada por el misterio. Porque la fe es uno de los misterios más impenetrables. 

Ah, la fe, Dreyer, no hay mejor tema de conversación. La fe es un milagro. En sí misma, la fe es la verdadera dimensión del milagro de que Dios exista o no. Dreyer parece no juzgar, no da indicio de que tenga un criterio con el que pensar a sus personajes, sino que los deja fluir por las palabras y confronta la fe con su ausencia. Ordet es metafísica a última hora de la noche, cuando todos duermen. Te acuestas con una plenitud novedosa: has estado en una catedral y has visto la tiniebla y la luz entablar su antigua liza. Te da igual quién ganara, se alternan. 

Mientras, aquí seguimos. Los milagros son descuidos de Dios, no alarde de su misterio. El amor es un desvarío del que apenas podemos extraer otra enseñanza que la del azar: acude, se posa sobre quien misteriosamente elige y permanece ahí un tiempo maravilloso. Hay amor en Ordet. Fe y amor. No sé por qué hay películas austeras que emocionan como si toda esa terca sequedad (la severidad en el gesto, la parquedad en el diálogo, la dureza del gesto) contribuyera a que todo adquiriese un tono limpio y feliz, a salvo del desatino del tiempo. 

Ordet es la viabilidad tangible de que se pueda practicar la resurrección de los muertos, de que el hombre pueda sobreponerse a la ausencia de los que ama por la convicción de que nadie acaba por irse del todo y algo permanece en el aire o en la memoria o en el modo en que los días se sucederán y el aire será aire en el aire y el cuerpo se doblegará a sus necesidades para que la rutina lo abrace todo. La facultad de Dreyer es la misma que la de los sacerdotes cuando se invisten de divinidad y conversan con lo eterno desde un púlpito. 

El viejo Morten Borgen no es un ser de este mundo, tal vez no lo sea de ninguno. De creer sin traba en la providencia de los milagros, ha pasado a no tener necesidad de que ocurran. Intransigente, sobrio, el anciano declara que el amor es extensión de la fe, se resuelve teólogo para que el dolor no le lacere en demasía, para que la muerte no haga trizas a los vivos. Es de palabras absolutas su elocución, de trascendentalismos, de hacer humano lo sagrado. Es casi obscena esa resolución suya del alma: la advertimos con sobrecogimiento, con el pudor de estar asistiendo a una intimidad que no nos incumbe, de la que deberíamos apartarnos, con la que no tendríamos que establecer conversación alguna. Casi como si fuese una película de pornografía de las creencias. Uno de sus hijos se cree Jesucristo; otr0 le recrimina que no posee la suficiente. Los dos hijos le conminan a que rece, él mismo lo hace, pero la oración no da fruto si no se practica con vehemencia, razona el padre. Asistimos a una plegaria, somos espectadores de una suerte de confesión. No se nos urge paradójicamente a nada, no nos apremian a que creamos, sin embargo. La fe es un cuerpo al que no se le ha instruido en razonarse. De ser pensada, acabaría desbocado, aplastado por el peso de su vesania. 

Ordet es la sublimación de la palabra: a ella se le encomienda que explique el mundo, en ella confiamos para que se restituya el candor de lo sublime, toda la servidumbre de la carne. El espíritu es un ser alado. Se entretiene a su modo, le confiere grandeza la elocuencia de sus alas, es hermoso ver cómo se contiene en un giro y de pronto iza el vuelo para perderse en lo insondable. Así es la mística, así su homilía privada. La fe es realismo mágico, la religión es un constructo anímico, una tentativa de infinito. También es la constatación de que los milagros existen si uno posee la sensibilidad para percibirlos. Que Inger vuelve a la vida es el acto de amor más hermoso, se crea o no en la posibilidad de que esa resurrección suceda en realidad o tan solo se infiera de la naturaleza sobrenatural de la trama, que no es otra que la de una familia campesina a la que abaten las desgracias y de cómo se manejan frente a ellas para que no prospere el dolor o para que la fe los absuelva del martirio de la pérdida. 


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