No sabemos qué ha pasado antes ni tampoco qué después. Tan solo advertimos el momento en que el maestro del suspense mira fijamente una chimenea, una diminuta, casi menos que una chimenea, como si buscase una intriga o como si descansara y se ocupase en perder un poco el tiempo. A mi modo yo también me desocupo así. Está bien desocuparse, desatender las obligaciones, sentarse morosamente en una silla años cincuenta o en un banco de parque o en el borde de la cama y observar algo en lo que en otras circunstancias no repararíamos. El mundo entero está ahí, desamparado, buscando quién lo entienda, en la secreta voluntad de que lo desentrañemos y le entregemos un sentido, el que no tiene, al que no le hemos adjudicado un lugar en el mundo. Cosas que escribo que ni siquiera yo sé razonar después, pero mías, saliendo en tromba, pensadas sin reparar en el alcance, rasgando levemente el significado de lo que secretamente nombran, pero no tenemos tiempo, no hay certezas sólidas que nos aferren a una idea, a todo se le encuentra una fractura, un obstáculo que impide su absoluto provecho, un roto sobre el que justificamos lo innecesario de su uso. Estamos en una cárcel de vértigo y de fiebre, de azar y de zozobra. No sabemos librarnos de lo que nos atenaza. Incluso no sabemos qué nos atenaza. Vivimos bien en esa incertidumbre. Quizá nos eduquen para que no nos duela demasiado esa falta de precisión. Nos gusta que nos agite el viento. Nos gusta que nos duela el aire.
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