Hace tiempo sostuve en un ardorosa conversación de barra de bar, no sé si antes o después de mezclar en demasía el ardor semántico y la copiosidad etílica, alguien nombró a Stendhal y de ahí caimos en el síndrome de marras y en que la inteligencia rinde vasallaje a la belleza, que las palabras o las imágenes se tuercen, se ensanchan, se estiran o se engordan para acercarse a ese ideal de belleza. Sigo pensando en que la belleza es el absoluto sobre el que gira el mundo. He visto gente en apariencia absolutamente incapacitada para la belleza que se ha puesto a llorar al escuchar un aria de Bach o al ver una escena de amor en una película de Douglas Sirk. Gente sensible hasta el desmayo que decide un buen día que su vida va a buscar la belleza por encima de todas las cosas. Incluso por encima del amor. Tal vez la belleza sea una instancia moral superior al amor. Quizá el amor sea una de las extremidades de esa belleza inasible, perfecta, limpia, pura, por encima del tiempo y de las modas, ajena al declinar de las costumbres o a su invención. Lo cantaba Alison Moyet en una estupenda canción de los ochenta: Weak in the presence of beauty, débil ante la presencia de la belleza.
Peter Lorre lo sabía. Sofía Loren es la belleza en esta tarde de abril en la que de pronto las horas se han detenido y hay un extraño remanso de paz en mi espíritu (ultimamente muy baqueteado, muy atropellado, muy dolido por muchas cosas que no tienen nada que ver con la belleza ni con el amor ni con el punk inglés de cepa) mientras afuera ningún señal relevante informa de ninguna belleza escondida, pero basta asomarse a la ventana (ahora pasa la furgoneta del pan, una vecina pregunta a otra sobre la salud, el sol barre una puerta de cochera ocre, una niña con coleta pasea un carrito de bebé con una muñeca gorda dentro) y armarse de ojos hasta que de pronto lo esconcido se revela, la luz se abre paso entre la sombra, la sinfónica de Berlín ofrece una obertura natural de asombro sin administrar para que el oyente desatento, el ajeno al runrún de estos asuntos, sienta la punzada, advierta el dulce dolor en el corazón y presienta que en adelante, por más que desee, por mucho empeño que use en no dejarse llevar, caerá una y otra vez en la trampa.
Y entiende uno que haya quien nunca haya sentido la punzada. Quien se haya manejado en el extrarradio de la belleza, rehusándola, malogrando su influencia benéfica, sorteando el riesgo de afrontarla. Confortablemente insensible, como cantaba Roger Waters. En un búnker de ideas, en un zulo sensorial, en la reserva perfecta de lo que no asombra ni aturde ni hiere. El Arte es herida, es sangre de pronto brotada, manchando. Por eso el gris Peter Lorre ni mira siquiera a la sublime Ava Gardner. Se concentra en el beso en la mano, cerrando los ojos, obligando a que la sangre rotunda circule alegremente por sus adentros, alertando todos los sentidos, haciendo que aspiren el aroma de esa hermosura a la que se ha rendido. El acto de no mirar expresa esa concentración en la que se tiene certeza de lo que está ocurriendo y se exprime con más ahínco, más a conciencia, esa fruta carnosa, limpia, universal y perfecta. O igual es el amor, que siempre merodea a la belleza y se alía con ella a su antojo y aparenta en ocasiones que comparten la misma secreta esencia.

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