28.4.24

Argos, Toto y Rodríguez

 El primer perro que me gustó fue el negro del cuarto disco de Led Zeppelin. En casa, sin embargo, nunca tuve ninguno y, en lo que me conozco, no creo que vaya a tenerlo en el futuro, aunque los mire con afecto, sin encariñarme, aceptando que es verdad todo lo bueno que dicen de ellos. No sé la causa por la que separamos nuestros caminos. Debió ser que no entró ninguno en casa en la época en que si lo hacen, ya no salen nunca, unos reemplazando a otros cuando fallecen. Me duele el maltrato que a veces veo que se les inflige. No reconozco a mis semejantes cuando se les daña o abandona. Tampoco si el objeto de sus burlas es un toro o un gato. No reconozco ni siquiera que los perros tengan dueño. Poseemos objetos, los compramos, prestamos, vendemos y hasta rompemos, pero no creo que exista una propiedad sobre un animal.

No tengo perro porque temo que no haré bien mi cometido, el que se me adjudica cuando lo recibo. No tendría la paciencia de sacarlo a diario a que proceda con sus prósperas evacuaciones o a que olisquee a otros de su especie o se arme de arrojo y le suelte unos ladridos a unos gatos en la plaza o vea otro de sexo contrario y lo monte o se deje montar. Lo que sé de los perros lo he aprendido en el cine y en las novelas victorianas. Toto, que no era perro, sino perra de nombre Terry, era la mascota de Dorothy en El mago de Oz. Luego está Argos, el perro de Ulises, al que reconoce cuando regresa, antes de morir. Si yo tuviese un perro le llamaría Toto o Argos, quizá por hacerme pensar en ascendentes nobles de mi chucho doméstico. Hace pocos días, en una calle del pueblo donde trabajo, un anciano llamó con energía a su perro, que marchaba a su antojadizo capricho, ajeno a su voluntad. Vamos, Rodríguez, le dijo. Está bien usar apellidos para nombrarlos. Hace pensar en compañero de oficina o de pupitre. El tal Rodríguez le hizo caso omiso, pero no dejaba de echarle ojo, por ver si se le reprendía o se respetaba su albedrío. Es posible que no tengan otra cosa. Todos los animales lo tienen. Siempre pensé que es esa la cualidad que más admiro de un perro, de una mosca o de una hormiga. Van a lo suyo. Tienen la intemperie entera como morada, todos los caminos les pertenecen, los construyen ellos, se hacen cuando los recorren.
Lo que ofende, lo que duele, la ofensa y el dolor juntamente, es que al perro se le aparte, se le desprecie, se olvide la fascinante vocación de amistad que ofrece, la lealtad con la que se conduce, toda la bondad con la que contamos cuando se le pide que esté cerca, si es que hace falta pedirle nada a un perro, ya que todo lo da a la primera, ciegamente, sin otro oficio que el de obedecer (una obediencia que no ha sido en muchas ocasiones discutida con anterioridad) y el de servir. Ayer mismo, en una calle céntrica, de las que bullen en mi pueblo cuando se suelta el bolsillo y las terrazas (las pocas que tiene) bullen, he visto a uno a la puerta de una tienda, esperando con absoluta paciencia a que alguien saliese y lo llevase a otro lado, como si el animal careciese de voluntad y tan solo cumpliese la ajena, sin un lamento ni un atisbo de enfado. No se enfadan los perros. Cuando ladran, lo hacen porque al mundo hay que ladrarle, pero no les mueve el odio que nos come a nosotros, no están contaminados al modo en que lo estamos nosotros, quienes decimos que somos sus dueños. Del perro, de su naturaleza, admiro la honestidad, que es la que les hace nobles. También el hombre, si honesto, es noble. Entran en el mismo pack esas categorías morales, van juntas, caminan juntas, viven juntas. No sé qué sería del mundo de ser perros. Nos oleríamos más, nos buscaríamos más. No nos olemos, no nos buscamos. Lo de salir a calle y montar o ser montados quedaría de una insolencia absoluta. Nosotros hacemos un cortejo más protocolario y ejercemos esas efusiones de la carne en intimidad, y no siempre eso.

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