Soy de Poe como otros son de una cofradía o de un club de fútbol o de una agrupación en defensa de algún animal en peligro de extinción o de un partido político o de un asociación carnavalesca o de una comunidad religiosa o de una patria. Lo soy a tiempo parcial, que es lo mejor en estas inclinaciones sentimentales. Una pasión vivida sin interrupción malogra la posibilidad de que otras pasiones irrumpan y precisen nuestro ardor en su desempeño. Hay días enteros en los que no se me viene Poe a la cabeza, pero hay otros en los que veo barriles de amontillado, gatos negros o mansiones en ruinas en un risco desde el que se aprecia al mar azotar la costa. Los días en que no estoy con Poe puedo estar con Charlie Parker o con Borges. No hay argumento que razone los motivos que eligieron a Poe y no a otro. Lo bueno es manifestarse, dar a conocer esa intimidad, pronunciarse en público. Soy de Poe un día como otro, si se tercia y cuadra, soy de mí mismo. Esos días, los días en que me siento bien conmigo, no los cambio por nada. Ni por Poe ni por el Espíritu Santo que baje del cielo y me toque el hombro. De esos días hay algunos. Y de verdad que cuando llegan, en su esplendor sin fatiga, el mundo gira y la luz estalla en el cielo como una estrella de cien puntas.
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